domingo, 7 de enero de 2007

Hussein y los otros ahorcados

Luis-Fernando Valdés

Cerramos el año 2006 con el macabro espectáculo de la muerte del ex dictador iraquí Sadam Hussein. Ciertamente fue juzgado por un tribunal local, y fue encontrado culpable de duros cargos, como el homicidio, pero la legalidad de la ejecución de este hombre no responde a todas las cuestiones que el castigo capital suscita. ¿Se justifica la pena de muerte por el hecho de ser emanada de una sentencia de un tribunal legítimamente constituido? ¿Se vale matar porque lo autoriza un juez?
Es probable que algunas personas consideren que la pena capital aplicada a Hussein está justificada. Seguramente se basan en que se trató de un juicio legal y en que se estaba castigando una serie de verdaderos delitos contra inocentes. Sin embargo, el punto central de discusión no consiste en la “legalidad” del proceso judicial, sino en el “origen de la vida”.
La vida humana es el fundamento de todos los derechos humanos. Hoy día, a veces resulta difícil entender que la autonomía del ser humano tiene límites. Y la vida es uno de ellos, porque el hombre no se da la vida a sí mismo, sino que la recibe sin ser consultado. La vida es un don, un regalo, que –paradójicamente– se “tiene que” recibir, y se debe conservar hasta el último momento de su ocaso natural. Quizá no es sencillo comprenderlo, pero el hombre no tiene derecho sobre la vida de nadie: ni la suya, ni la de un inocente… ni la de un culpable.
Por eso, a un reo se le puede condenar con la confiscación de sus bienes económicos e inmuebles, se le puede privar del ejercicio de algunos de sus derechos civiles, como la libertad de movimiento. Pero no se puede ordenar que un culpable sea privado de algo que está por encima de él, como es su propia vida. Cuando un tribunal se adjudica el derecho de disponer de la vida humana, se está poniendo en el papel que sólo le corresponde a Dios. Sólo Dios es el dueño de la vida.
La Iglesia se opone a la pena de muerte. Juan Pablo II tanto en su Magisterio, como la Encíclica “Evangelium vitae” (nn. 27 y 56), aboga por el “respeto de toda vida, incluida la del reo y la del agresor injusto”. Y un día antes de que Sadam Hussein fuera llevado a la horca, el Cardenal Renato Martino, Prefecto del organismo vaticano que promueve la Justicia y la Paz, declaró que esta ejecución castigaría “un crimen con otro crimen”, y añadió que “la pena de muerte no es una muerte natural. Y nadie puede dar muerte, ni siquiera el estado”.
Por otra parte, la muerte de Hussein tomó un rol mediático. En tiempo casi real, empezaron a circular imágenes del ex dictador en el patíbulo. Rápidamente se triavializó un homicidio. Pensemos en cuántos niños vieron las fotos y los videos de su muerte. Esto fue un paso atrás en la instauración de una “cultura de la vida”: ver a un ejecutado ya es algo casi sin importancia, y eso es lo que se transmite a las nuevas generaciones.
Además, Iraq está sufriendo por la división del país, entre partidarios y opositores a Hussein. Esta grave separación impide la pacificación de esa nación. Castigar de esta manera al ex mandatario, lejos de fomentar la unidad y la paz, sembró más violencia y más rencor.
Nada justifica los crímenes cometidos por Hussein. Nadie devolverá la vida a las víctimas asesinadas durante la dictadura del ex mandatario iraquí. Pero tampoco la pena capital arregla la situación. La horca es un efímero sustitutivo de la verdadera justicia. En la misma la soga que quitó la vida a Hussein quedó colgada la reconciliación de los iraquíes. Junto con el tirano fue ahorcada la cultura de la vida.

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