domingo, 5 de febrero de 2006

Un contraveneno para el amor

Luis-Fernando Valdés

En la mitología griega encontramos una fina descripción de la psicología humana. Los dioses griegos eran una representación muy apegada de las virtudes y los vicios humanos. Uno de los más dioses más conocidos es «Eros» («Cupido» para los romanos).
En la iconografía, Eros aparece como un niño alado, con una venda en los ojos, y con un arco en las manos. A ciegas, lanza la flecha del amor. De modo que el herido por esa flecha se enamora de la persona que tenga más cerca, con independencia de que sea guapa o inteligente. El amor es ciego.
Los antiguos dieron el nombre «eros» al amor entre varón y mujer, que no nace del pensamiento o por la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano. Los griegos —al igual que otras culturas— consideraban el «eros» como un arrebato, como una «locura divina» que prevalece sobre la razón, ya que tiene la capacidad de arrancar al hombre de la limitación de su existencia, y así experimentar una dicha muy alta.
En cierto modo, al estudiar el amor humano como «eros», vemos que está ligado a la espontaneidad y a la libertad. Por eso, en nuestra cultura es mal visto poner límites al amor erótico. Y se considera poco humano, o tal vez se le ve como enemigo, al que se atreve a hablar de un amor con límites.
Y esa es la visión muy difundida que tienen muchos sobre la religión católica. Consideran que la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, convierte en amargo lo más hermoso de la vida. La crítica es profunda: si Dios nos ha creado con la capacidad de amar eróticamente, ¿por qué la Iglesia poner prohibiciones precisamente ahí donde la alegría nos ofrece una felicidad que pregusta algo de los divino?
En el fondo, estos comentarios son un eco de la crítica de Frederich Nietzsche al cristianismo. Según este pensador alemán, la religión cristiana, al considerar el amor como donación, habría dado de beber un veneno al «eros» que, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio. Es decir, el ser humano no dejo de sentir la atracción por el otro sexo, pero ahora lo haría con remordimiento.
Sin duda, cuando el cristianismo no le dio un papel central al «eros» y al expresar el amor con otra palabra, «agapé», estaba introduciendo una nueva concepción del amor. Pero no se trata de un rechazo del «eros», sino de evitar su desviación destructora. Cuando el amor erótico se degrada a puro sexo, priva al ser humano de su dignidad divina y lo deshumaniza, porque lo convierte en un mero objeto, como mercancía que se puede comprar y vender.
Resulta bastante razonable considerar que el «eros» necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino llevarlo a pregustar en cierto modo la felicidad.
¿Cómo se purifica el «eros»? El amor erótico adquiere su verdadero significado sólo cuando el hombre toma conciencia de que él mismo es la unidad íntima de cuerpo y alma. Porque ni la carne («eros») ni el espíritu («agapé») aman: es el hombre, la persona, la que ama en cuerpo y alma. Se requiere un antídoto, que es el combate contra el instinto ciego de amar sólo con el cuerpo.
El cristianismo no ha dado cicuta al amor. Al contrario, al enseñar a amar en la unidad de cuerpo y alma, la Iglesia le ha dado un contraveneno al intoxicado amor de nuestra cultura occidental.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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