domingo, 4 de marzo de 2012

Rusia ante la libertad religiosa


Año 8, número 356.
Luis-Fernando Valdés

Antes de la caída del Muro de Berlín (1989), la Rusia comunista tenía como principio constitucional el ateísmo, y combatía cualquier religión especialmente el cristianismo. Sin embargo, hoy día, la Rusia de Putin reconoce la libertad religiosa. ¿Qué ha pasado?

La antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se estableció bajo los principios ideológicos de Karl Marx que afirmaba que la religión era el “opio del Pueblo”, porque impedía la lucha de clases y así no podía haber una revolución de los proletarios.
El Patriarca Kirill y el Presidente Putin

Por esta razón, desde la Revolución bolchevique, en octubre de 1917, la URSS combatió duramente la religión, encarcelando y/o ejecutando a miles y miles de fieles, confiscando las propiedades de las Iglesias y prohibiendo la enseñanza religiosa, entre otras medidas.

Cuando el comunismo fracaso y se desbarató la Unión Soviética, el nuevo Gobierno ruso se fue abriendo poco a poco hacia el reconocimiento de las libertades fundamentales del ser humano, que incluyen la libertad de conciencia y la religiosa.

Hay unos hechos que llaman la atención, porque implican el paso de un régimen totalitario y ateo hacia un sistema de derechos humanos… ¡en tan solo 22 años! El primero de esos eventos fue la devolución, por parte del Premier Vladimir Putin, en enero de 2009, de muchos edificios, templos y piezas de arte religioso que habían sido confiscados a la Iglesia ortodoxa, durante la dictadura del régimen soviético. [Noticia]

Un capellán militar ruso.
En ese mismo año, el Presidente Medvedev ordenó la atención religiosa a los militares rusos, que se efectuaría mediante una estructura eclesiástica. Y en julio del 2011, el responsable de Asuntos Religiosos de las Fuerzas Armadas, Boris Lukichev, anunció que antes del final de ese año el antiguo Ejército Rojo volvería a contar con una de sus instituciones más antiguas y veneradas, la de los capellanes militares. [Noticia]

Quizá el acontecimiento más significativo es la reciente apertura a la enseñanza religiosa. A partir de septiembre de este 2012, el país que durante 70 años exportó comunismo y ateísmo institucionalizará la clase de religión obligatoria en todas sus escuelas.

Durante 2010 y 2011, este tipo de enseñanza se probó de forma experimental. En las clases de religión, el Ministerio ruso de Educación permite elegir entre 6 opciones: Ortodoxia, Judaísmo, Budismo, Islam, “Fundamentos de la Cultura Religiosa” y “Fundamentos de la Ética Pública” (una alternativa no-religiosa a la asignatura). [Noticia]

¿Cuál es la explicación de este cambio tan profundo y radical en Rusia? La clave de la respuesta radica en no interpretar estos hechos desde la dialéctica Iglesia-Estado, como si durante 70 años el Estado hubiera dominado y ahora la Iglesia tomara el poder. Esto no es así, pues la apertura rusa es hacia cualquier religión.

El enfoque correcto consiste en reconocer que la religión es un derecho humano, aunque este reconocimiento por parte del Estado se haga por motivos pragmáticos, como motivar al ejército o a los jóvenes.

Al contemplar la apertura religiosa de la ex-nación comunista, es imposible no pensar en el debate suscitado en nuestro País, con motivo de la modificación del Art. 24 constitucional. El discurso de los que se oponen se estancó en un paradigma anterior, pues temen que la Iglesia domine al Estado si se imparte educación religiosa en las escuelas. Ojalá que el ejemplo ruso nos enseñe la gran lección: la libertad religiosa es un derecho humano, no una victoria de la Iglesia, ni tampoco una derrota del Estado laico.

Un estudiante brillante


Conoce al Papa, n. 4.
Pbro. Luis-Fernando Valdés

Cuando el Card. Joseph Ratzinger fue elegido Papa, era un personaje muy conocido tanto por su cercanía con Juan Pablo II, como por su gran prestigio académico. Hoy presentaremos una semblanza breve de sus estudios, para mostrar cómo se forjó el talante intelecual de Benedicto XVI.

El joven Joseph Ratzinger,
en su época de estudiante.
En 1932, los Ratzinger dejan el pequeño poblado de Marktl y se cambian a Aschau. Ahí, a los 5 años de edad, Joseph Alois comienzó sus estudios. De ese mismo año es el recuerdo de su hermano mayor, Georg, sobre una visita del cardenal Faulhaber. Joseph declaró que también él quería ser cardenal:  “No fue tanto por el coche –explica Georg–, pues a nosotros tampoco nos impresionaba la tecnología. Fue la manera en qué se presentó el cardenal: su porte, sus vestiduras; fue eso mismo lo que nos impresionó” (L’Avvenire, 19.IV.2005).

En 1937, la familia Ratzinger se establece en un poblado cercano a Traunstein llamado Hufschlag. En la secundaria de Traunstein, el pequeño Joseph continúa con sus estudios durante dos años. En ese período, Joseph hace buena amistad con el párroco, quien lo convence de entrar al Seminario de St. Michael.

Así, en 1939, Joseph ingresa al Seminario. Según cuenta él mismo, este género de vida no le fue fácil, pues “soy de esa clase de personas que no están hechas para la vida en un internado. En casa había vivido y estudiado en gran libertad, tal como me gustaba […]. Ahora, encontrarme metido en una sala de estudio, con cerca de sesenta compañeros más, era para mí una tortura; me parecía casi imposible estudiar, algo que antes me había resultado muy sencillo. Lo que más me fastidiaba era que […] estaban previstas cada día dos horas de deporte. Esta circunstancia llegó a ser para mí un verdadero suplicio, ya que no estoy lo que se dice especialmente dotado para el deporte” (“Mi vida”, p. 39).

Pocos meses después, el Seminario fue tomado por el ejército alemán y habilitado como hospital militar, y los seminarista se cambiaron de sede. Esto facilitó la estancia de Joseph, porque “no había un campo deportivo y, en lugar de deporte, caminábamos juntos por las tardes por los bosques de los alrededores y jugábamos en el cercano lago de montaña […]. Verdaderamente era una vida feliz para un muchacho. Me reconcilié con el seminario y viví un periodo muy bello” (Ibid., p. 40).

En 1945, a los 18 años, el joven Ratzinger se gradúa como bachiller en el Instituto de enseñanza secundaria de Traunstein. Meses después Ratzinger entra a la Facultad de Filosofía y Teología de Frisinga. En 1947 Joseph cambia de Universidad, y se va a estudiar a Munich.

En 1951, Joseph recibe la Ordenación sacerdotal y en julio de 1953, obtiene el doctorado en Teología. Como él mismo recuerda: “En ese entonces era una prueba que absorbía mucho tiempo: se nos examinaba de ocho disciplinas, cada una con un examen oral de una hora y un examen escrito; todo era coronado con un debate público […]. Fue una gran alegría, sobre todo para mi padre y para mi madre, cuando en julio de 1953 tuvo lugar este acto y obtuve el título de doctor en teología” (Ibid., p. 78).

Joseph Ratzinger cultivó las humanidades. Además de filosofía y teología, sabía de literatura y música. Leyó a los grandes autores alemanes, como Johann Wolfgang von Goethe, y a pensadores que influyeron en su generación, como Hermann Hesse. Todo esto será la base de su actividad intelectual, primero como Profesor de Teología y luego como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

sábado, 3 de marzo de 2012

“Señales divinas” en la vida del Papa


Conoce al Papa, n. 3.
Luis-Fernando Valdés

Joseph Ratzinger ha afirmado varias veces que no cree en las supersticiones. En cambio, no duda en afirmar que en su vida han ocurrido algunas intervenciones divinas. Se trata de sucesos que le han mostrado el camino que debía seguir para cumplir el Plan de Dios.

La primera de estas “señales divinas”, y que el mismo Ratzinger interpreta como el primer llamado divino, es el día de su nacimiento, el 16 de abril de 1927, que cayó en Sábado Santo, en la víspera de la Pascua de Resurrección, lo cual –comenta– “ha sido frecuentemente recordado por mi familia”.

Además, fue bautizado al día siguiente con el agua bendecida en la Vigilia pascual. Evocaba el futuro Papa que “ser el primer bautizado con la nueva agua se consideraba como un importante signo premonitorio”. Por eso, considera que este suceso marcó su vida: “Siempre ha sido muy grato para mí el hecho que, de este modo, mi vida estuviese ya desde un principio inmersa en el misterio pascual, lo que no podía ser más que un signo de bendición” (“Mi vida. Recuerdos (1927-1977)”, p. 22).

Otra muestra de la especial ayuda divina en su vida, ocurrió justo al desertar del ejército alemán, en 1945, pues en aquellos momentos, los desertores eran considerados traidores a la patria y debían ser fusilados. Así intervino Dios para salvar la vida de Joseph:

“[…] tomé la decisión de marcharme a casa. Sabía que la ciudad estaba rodeada de soldados que tenían la orden de fusilar en el acto a desertores. Por eso tomé, para salir de la ciudad, un camino secundario, con la esperanza de pasar desapercibido. Pero a la salida de un túnel estaban apostados dos soldados y, por un momento, la situación pareció sumamente crítica para mí. Por fortuna eran de aquellos que estaban hartos de guerra y no querían transformarse en asesinos. Obviamente debían buscar una excusa para dejarme pasar. Debido a una lesión, llevaba el brazo vendado y enlazado al cuello. Entonces dijeron: ‘Camarada, estás herido. ¡Pasa pues!’ De este modo conseguí llegar a casa incólume” (Ibid., pp. 48-49).

Los hermanos Ratzinger,
Georg (izquierda) y Joseph (derecha)
el día de su Ordenación sacerdotal.
El día de su Ordenación sacerdotal, 29 de junio de 1951, Dios le dio otra señal a Joseph Ratzinger, que le confirmaría que su vida debía estar totalmente entregada al servicio de la Iglesia. Así lo cuenta él mismo: “No se debe ser supersticioso, pero en el momento en que el anciano arzobispo [Mons. Michael Faulhaber] impuso sus manos sobre las mías, un pajarillo –tal vez una alondra– se elevó del altar mayor de la catedral y entonó un breve canto gozoso; para mí fue como si una voz de lo alto me dijese: ‘va bien así, estás en el camino justo’.” (Ibid., p. 75).

Estas señales en los momentos importantes de la vida de Joseph Ratzinger fueron forjando al futuro Pontífice, que de esta manera iba cobrando conciencia de que su vida estaba totalmente al servicio del Plan divino, el cual lo llamaba a una misión eclesial. Y esto fue especial visible en sus primeras palabras como Papa, en las que muestra su convicción de ser escogido por Dios como instrumento para cuidar su Iglesia:

“Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un sencillo y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela pensar que el Señor trabaja sirviéndose de instrumentos insuficientes. Confío en vuestras oraciones. Con la alegría del Señor resucitado y su constante ayuda, trabajaremos junto con María, su Madre Santísima, que está a nuestro lado. Gracias” (19.IV.2005).

viernes, 2 de marzo de 2012

Soldado alemán y prisionero de guerra


Conoce al Papa, n. 2.
Luis-Fernando Valdés

Cuando fue elegido Benedicto XVI, de inmediato se puso en marcha la búsqueda de su pasado; muchos buscaban conocerlo mejor, pero no faltaron los que deseaban encontrar alguna mancha en su expediente, como los que propalaron que Joseph Ratzinger apoyó a Hitler. ¿Cuál es la verdadera historia?

Joseph Alois Raztinger,
durante el servicio militar obligatorio.
La realidad es que al adolescente Ratzinger le tocó sufrir los excesos de los nazis y las carencias de un país destrozado por el conflicto bélico y por la derrota sufrida. En 1943, Alemania necesitaba más reclutas y empezaron a ser alistados los menores de edad. A sus 16 años, Joseph ya edad suficiente para pertenecer a las “Juventudes Hitlerianas”, que no era otra cosa que el servicio militar, en el que a los jóvenes se les permitía salir a tomar clases, mientras que los soldados profesionales estaban de tiempo completo dedicados a la guerra.

En 1944, Joseph terminó su servicio militar en las bases antiaéreas alemanas, pero al volver a casa, le avisaron que debía presentarse en el “servicio laboral del Reich”. En esta etapa, los jefes militares eran viejos afiliados al partido nazi, crueles, violentos y que buscaban intimidar a los jóvenes soldados para reclutarlos en la “SS, la sanguinaria estructura paramilitar del Tercer Reich.

Así lo recuerda el mismo Ratzinger en sus memorias: “Una noche nos sacaron de la cama y nos hicieron formar filas, medio dormidos, vestidos de chándal [=pants]. Un oficial de la SS nos llamó uno a uno fuera de la fila y trató de inducirnos a enrolarnos como ‘voluntarios’ en el cuerpo de la SS, aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delante del grupo reunido”.

Y en esta situación de tortura psicológica se manifestará un importante rasgo de la personalidad del futuro Papa: la valentía de no ceder ante lo que amenazaba su fe religiosa. Así lo relata él mismo: “Junto con algunos otros, yo tuve la fortuna de decir que tenía la intención de ser sacerdote católico. Fuimos cubiertos de escarnio e insultos, pero aquellas humillaciones nos supieron a gloria, porque sabíamos que nos librábamos de la amenaza de este enrolamiento falsamente ‘voluntario’ y de todas sus consecuencias” (“Mi vida”, p. 46).

En 1945, Ratzinger estaba asignado al cuartel de Infantería de Traunstein. El fin de la guerra se tornaba cada vez más inminente. Pero los reclutas alemanes no podían abandonar las trincheras, ya que eso equivalía a desertar. Sin embargo, Joseph, que siempre estuvo en contra de la contienda bélica, decidió no seguir en la guerra, costara lo que costara. Escribirá en sus memorias: “Tomé la decisión de marcharme a casa. Sabía que la ciudad estaba rodeada de soldados que tenían la orden de fusilar en el acto a desertores. Por eso tomé, para salir de la ciudad, un camino secundario, con la esperanza de pasar desapercibido” (Ibid., pp. 48-49).

En junio de 1945, el soldado Ratzinger volvió a su casa, pero esta alegría duró poco tiempo, pues el ejército norteamericano que ya había tomado Alemania, y en Traunstein las tropas aliadas arrestaron a los reclutas bávaros. De esta experiencia como prisionero de guerra, Joseph recuerda que la ración de alimento era un cucharón de sopa y un trozo de pan diario. Finalmente, fue liberados cerca de Múnich.

Despejados los prejuicios sobre el pasado nazi, vemos el temple del futuro Pontífice: estudioso, valiente, de convicciones firmes. Esta experiencia forjó su personalidad, pues en estas difíciles circunstancias Joseph Alois Ratzinger maduró su vocación.

jueves, 1 de marzo de 2012

La infancia de Joseph Ratzinger


Conoce al Papa, n. 1.
Pbro. Luis-Fernando Valdés

Joseph Alois Ratzinger nace el 16 de abril de 1927, que ese año coincidía con el Sábado Santo, en la región de Baviera, Alemania. Vio la luz en Marktl am Inn, un pueblecito delimitado los ríos Eno y Salzach, así como por los Alpes, que fue fundado en 1422, cuando el duque Enrique VII otorga los derechos de celebrar mercados con el nombre Marktl (= mercadito), y más tarde se le dio el privilegio de llevar un escudo y de construir de iglesias y un puente sobre el río Inn.

El futuro Papa vino al mundo y se crió en una zona fervientemente católica, evangelizada por los santos Ruperto, Corbiniano y Bonifacio. De ahí que Baviera también suele ser conocida como la “Terra benedicta” (= tierra bendita): esto será  posiblemente un motivo por el cual Joseph Ratzinger elegirá el nombre de Benedicto al ser elegido Pontífice (P. Blanco, “El Papa alemán”, p. 337). Al respecto, él mismo comentaría en una Audiencia que “San Benito es también muy venerado en Alemania y, particularmente, en Baviera, mi tierra natal” (Audiencia,  27.4.2005).

La familia de Benedicto XVI.
El joven Joseph aparece sentado.
La familia Ratzinger era de gran raigambre católica. Estuvo conformada por el señor Joseph Ratzinger y su esposa María Rieger. El cabeza de esta familia nació el día 6 de marzo de 1877 en Baviera. Joseph Ratzinger padre se ganaba la vida como comisario de gendarmería. Se dice que era un hombre muy inteligente, pues siempre sabía quién era el verdadero culpable cuando se cometía un delito.

El Sr. Ratzinger era afín a la corriente política bávaro-austriaca, como solían serlo muchos católicos de esa zona. Además tenía la música por pasatiempo, pues tocaba la cítara. Quizá este sea un antecedente de la gran afición del Papa Benedicto a la música.

El Sr. Ratzinger se casó hasta los 43 años con María Rieger, en 1920. María nació el 8 de enero de 1884 en Tirol, un pueblo situado en lo que actualmente es el norte de Italia. Era una buena cocinera, lo que le ayudó para encontrar buenos trabajos en el servicio de algunos hoteles. También aplicó sus conocimientos culinarios trabajando en la panadería de su padre. María era una mujer de carácter muy italiano, que se reflejaba en su alegría y en su gusto por cantar.

El mismo Joseph Alois recuerda que su madre además era una mujer muy creativa, pues aunque a veces la austeridad reinaba en casa, ella usaba su ingenio para que la comida siempre fuera deliciosa; otras veces, utilizaba su ingenio para cuidar la economía del hogar. Además confeccionaba, desde jabones para usarlos en el hogar, hasta ropa que vestían sus hijos.

De este matrimonio nació María Theogona, en 1921. Ella será el ama de llaves de su Joseph hasta su muerte, en 1991. Tres años más tarde, en 1924, nacerá Georg, que será sacerdote y además tendrá una gran afición por la música; de hecho, se graduará en 1964 como Músico Eclesial y Compositor, y asumirá el cargo de Director del Coro de la Catedral de Ratisbona que tendrá hasta 1994.

Con estas pinceladas de su vida familiar podemos ver algunos aspectos de la personalidad del futuro Benedicto XVI. Su espíritu es profundamente católico tanto por su familia como por el entorno bávaro. Además, siguiendo el pensamiento de su  padre, el joven Ratzinger se opuso siempre al régimen de Hitler y al conflicto bélico conocido como Segunda Guerra Mundial. Y el cultivo de la música en su hogar le dará un talante muy especial en su pensamiento, de manera que será conocido como el “Mozart de la Teología”, según la expresión de Joachim Meinsner, arzobispo de Colonia [Ver].