sábado, 4 de abril de 2015

Dignidad encarcelada

Año 11, número 517
Luis-Fernando Valdés

Presenciamos otro Jueves Santo en el que el Santo Padre lava los pies a doce encarcelados. ¿Por qué el Papa Francisco tiene ese gesto de humildad con quienes ha cometido crímenes y dañado a inocentes?

El Pontífice argentino realizó el lavatorio de pies a 12 detenidos, hombres y mujeres, de la cárcel de Rebibbia, a las afueras de Roma. Habías dos mujeres nigerianas, una congoleña, dos italianas, una ecuatoriana y al hijo de una de ellas. También a un hombre de nacionalidad brasileña, a otro nigeriano y a cuatro italianos. [noticia aquí]

¿Qué significado tiene esta acción? De entrada, nos puede parecer un signo desproporcionado que el Vicario de Cristo tenga esta deferencia hacia unas personas que han cometido delitos. ¿Los está premiando por sus crímenes?

No. En realidad, el Santo Padre les está “devolviendo” la dignidad a los presos. En efecto, las personas que han cometido un delito se han dañado a sí mismas; en cierto modo, han renunciado a ser plenamente humanas. Y con este gesto, el Papa les dice que esa dignidad sigue en ellos, aunque ahora ellos mismos no la sepan reconocer.

No pocos de los sistemas carcelarios actuales suelen tratar a los delincuentes (y también a los “presuntos” criminales) como a seres sin dignidad. Desafortunadamente, en muchos casos, cuando una persona ingresa en un centro penitenciario, es considerada como si ya fuera un humano inferior, sin dignidad ni derechos; y así se justifican los malos tratos.

Con esta celebración del Jueves Santo en una prisión romana, el Pontífice les envía un mensaje a todos los encarcelados del mundo: que aunque sus crímenes no tienen justificación, su dignidad personal no ha desaparecido.

Francisco lleva el Evangelio a las periferias existenciales, a esos lugares donde la dignidad humana se ve comprometida, como las villas miserias, el desempleo… y también las cárceles. Y, a lavar los pies de los presos, está predicando el Evangelio de la misericordia, que se dirige a todas las personas, empezando por los más necesitados de perdón y de comprensión.

Pero este mensaje del Papa no se dirige sólo a los que trabajan en las cárceles, más bien va dirigido a toda la sociedad, porque nuestra mentalidad contemporánea considera casi siempre a los criminales como seres indeseables que no merecen perdón ni respeto.

Pero esto no es así. Los reos ante todo son personas y tienen dignidad, aunque ellos mismos hayan renunciado a ella, incluso aunque ellos se la hayan despojado a los inocentes. Por eso, los criminales no pueden ser tratados como seres sin derechos fundamentales.

Cuando en la Semana Santa hablamos de “redención”, nos referimos al hecho de que Jesús se somete a la injusticia y se deja tratar con un ser sin dignidad, precisamente para devolver la dignidad a los pecadores, a los delincuentes. Con la Cruz, Jesucristo nos dice que, por los méritos de sus sufrimientos, cada criminal puede volver a vivir de acuerdo a su dignidad original.

Y eso es lo que debe saber todo culpable: que mediante el arrepentimiento puede dejar su antigua vida errada, porque su propia dignidad lo está esperando. Lo que el delincuente necesita es esta redención: la oportunidad de recuperar su estado originario.

Sin esta noción de redención, que devuelve al culpable su dignidad, las cárceles son un infierno; sin esta redención, la sociedad no se vuelve más justa sino injusta, ya que institucionaliza la venganza hacia el criminal. El Papa Francisco lavó los pies de los criminales para que la dignidad humana no quede encarcelada.

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