domingo, 8 de marzo de 2015

Suicidio asistido, ¿verdadera solución?

Año 11, número 513
Luis-Fernando Valdés

Canadá acaba de legalizar el suicidio asistido, aduciendo que es conforme a la dignidad del enfermo. Pero, ¿ayudar a un enfermo terminal a quitarse la vida es la solución más adecuada al problema del dolor humano?

Linda Jarret, promotora del
suicidio asistido en Canadá.
El máximo tribunal de Canadá revocó por unanimidad una prohibición sobre el suicidio asistido por médicos para aquellos pacientes mentalmente competentes con enfermedades terminales, y dio un año de plazo para redactar una nueva ley que lo permita.

La legislación revocada se remonta a 1983, que permitía solicitar a los enfermos terminales medios que acortaran su vida (sedación paliativa, rechazar alimentación e hidratación artificial, o solicitar el retiro de equipo médico de soporte vital), pero negaba el derecho a solicitar la asistencia de un médico para morir. (AP, 6 febrero 2015)

Para Grace Pastine, directora de litigios de la asociación de derechos civiles de Columbia Británica, y para Linda Jarret, de la entidad “Muriendo con dignidad” (Dying with Dignity), se trata de un momento exitoso para la sociedad canadiense. ¿Por qué el suicidio asistido es considerado un triunfo cívico?

Primero, pongámonos por un momento en los zapatos de quienes piensan así. Ellos parten de la postura de que la libertad (entendida como poder elegir lo que sea, sin más restricciones que el daño a terceros) es el bien principal del ser humano (incluso por encima de la vida).

Con esta ley, celebran que una persona que no se puede valer por sí misma, pueda recibir ayuda para poner en práctica una decisión que por ella misma no puede ejecutar: dejar de vivir; y que pueda realizarlo de un modo no violento. Si la libertad fuera el valor objetivo supremo, sin duda habría que celebrar esta ley. Pero, el verdadero valor supremo es la vida, que da origen a la libertad.

Cuando Linda Garret argumenta que se busca “morir con dignidad”, seguramente no tiene en cuenta que ha reducido toda la dignidad humana al hecho de decidir si seguir viviendo o morir.

Además, detrás de esa visión, se encierra una concepción del hombre llena de pesimismo y de falta de esperanza. Ante la realidad del dolor físico y moral de los enfermos terminales, quienes sostienen el suicidio legal, afirman de modo implícito que le pueden ofrecer ya nada más al paciente, como si los recursos médicos fueran la única salida.

El núcleo de la cuestión es que un paciente terminal pasa por muchas fases de estado de ánimo, incluso llega a fases depresiva, que hacen que su decisión de quitarse la vida no esté libre de condicionamiento, que no sea plenamente libre.

El médico y sacerdote español, Luis de Moya, que desde 1991 quedó tetrapléjico, sostiene que lo que humilla o hace sentirse digno a la persona no es la propia enfermedad, sino la actitud de los que rodean y cuidan al enfermo; con un gesto, con el modo de mirar o de tocar, con la actitud, se reafirma al enfermo en su identidad, es decir, se le afirma en su propia dignidad o se le hace sentir que ya no es más que un objeto desagradable y molesto. “Una persona que se siente querida no puede desear la muerte en ninguna circunstancia”, afirma en su portal Muerte digna.

En lugar de presionar para establecer una legislación que permita a los pacientes terminales el suicido asistido, se debería hacer un esfuerzo serio para eliminar las razones que pueden llevar a algunos a pedir que se les mate: es más difícil, pero ahí está el verdadero progreso de la sociedad.


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