domingo, 11 de noviembre de 2012

La caída de los dioses


Año 8, número 393
Luis-Fernando Valdés

Un Papa anciano ante un mundo que se aleja de Dios. Frente al creciente abandono de la Iglesia en muchos países occidentales, el Pontífice empuña un arma forjada hace 50 años, que parece no haber funcionado: los documentos del Vaticano II. ¿Hacia dónde va ahora el Pontificado de Benedicto XVI?

Los nuevos dioses: el capital anónimo, la violencia,
la droga, el modo de vida dirigido por la propaganda.
(Foto: gárgola de Notre Dame de París).
El pasado 11 de octubre, Benedicto XVI inauguró el “Año de la fe”, con la finalidad de invitar al hombre de hoy a creer en Dios. El Papa Ratzinger, que participó como perito conciliar cuando era un joven teólogo, propone como su gran estrategia la lectura y la comprensión del Concilio, que Juan XXIII convocó para hablar del papel de la Iglesia “en el mundo de hoy”.

El Vaticano II fue inaugurado con gran júbilo: por fin la Iglesia se pondría al día. El objetivo era claro: explicar al hombre de hoy la fe católica de siempre, y hacerle ver que ahí estaban las respuestas a las cuestiones suscitadas por la posguerra mundial.

Pero la historia tomó otro rumbo, que muchos llamaron el “posconcilio”. A nombre del Concilio, muchos sembraron confusión, que dio un resultado inverso al buscado: el hombre de hoy ya no tenía la fe católica de siempre, sino “novedades” doctrinales totalmente diferentes.

El vaticanista Sandro Magister compara la crisis actual de la Iglesia con aquella otra que ocurrió en el siglo IV.  Después del Concilio de Nicea la situación del catolicismo era como el de “una batalla naval en medio de la oscuridad de la tempestad”. (S. Magister, 1.XI.2012)

La respuesta de Nicea a la crisis fue la proposición del Credo, en la versión que seguimos recitando en la Misa dominical. Y la Iglesia salió adelante. Por eso, Benedicto XVI ha propuesto como respuesta “la fe de siempre”, el Credo, con la confianza de que así se pasará la crisis eclesial actual.

El hombre está hecho para creer. Si no cree en el Dios de la religión, entonces hace actos de fe en dioses de este mundo, fabricados por los humanos. Y el Papa alemán les ha puesto nombres a las “divinidades” contemporáneas, que son “las grandes potencias de la historia de hoy” (Meditación, 11.XI.2010).

 1) “Los capitales anónimos que esclavizan al hombre”, que son “un poder anónimo al que sirven los hombres, por el que los hombres son atormentados e incluso asesinados”. 2) “Las ideologías terroristas”: son la violencia cometida “en nombre de Dios, pero no es Dios: son falsas divinidades a las que es preciso desenmascarar”.

3) “La droga”, “una bestia feroz extiende sus manos sobre todos los lugares de la tierra y destruye”, es “una divinidad falsa, que debe caer”. Y 4) “La forma de vivir propagada por la opinión pública”, que dicta “hoy se hace así: el matrimonio ya no cuenta, la castidad ya no es una virtud, etcétera”.

El Papa explica la entera Historia bíblica como una gran batalla para ser liberados del politeísmo, de los dioses de este mundo, como un proceso que “no ha terminado nunca”, ya que se “realiza en los diversos períodos de la historia con formas siempre nuevas”.

Sin embargo, es la fe auténtica –la que cree en Dios, la que tiene sentido sobrenatural, la que busca algo más que dioses creados por intereses humanos– la va a destronar a los potencias que dominan y destruyen al hombre de hoy.

Por eso, Benedicto como sabio guía de la Iglesia ha empuñado una espada forjada hace dos mil años: el Credo, la fe de siempre. Morirá seguramente sin ver los resultados; pero la estocada que ha infligido a los dioses de hoy es mortal. “Los que parecían dioses no son dioses y pierden el carácter divino, caen a tierra”.

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