domingo, 1 de julio de 2012

¿Es ético dejar de votar?


Año 8, número 374
Luis-Fernando Valdés

Llegó el esperado día de las elecciones presidenciales y de legisladores. Después de unas intensas campañas electorales por parte de los partidos políticos, ahora le corresponde a los ciudadanos emitir su voto. En el ambiente electoral flota una nube de escepticismo, y para no pocos la abstención es una opción. Pero, ¿es moralmente correcto no ir a votar?
Hoy 79 millones de mexicanos 
debemos ir a las urnas.
[Foto: www.periodicoabc.mx]

La reflexión de hoy consiste en enfocar muy bien el tema de fondo. Los ciudadanos debemos votar por una razón que no tiene que ver con estar afiliados a un partido o con tener simpatía por uno. Antes que miembros o simpatizantes de un instituto político, somos ciudadanos y tenemos las obligaciones propias que conlleva ser miembros de una nación.

De esta manera, ya tenemos claro el punto de referencia. Tenemos que votar porque es la manera como hoy por hoy ejercemos uno de los principales deberes como ciudadanos, es decir, como miembros activos de un País (por ser mayores de edad, y por no tener ninguna condena penal que limite nuestros derechos).

Una comparación puede ayudar. Así como un padre de familia no puede dejar de dar de comer a su prole, porque es una obligación que nace del hecho de tener hijos; de igual manera, un ciudadano debe votar, porque es una obligación que surge del hecho de ser mexicano.

Y así como un padre de familia no le puede negar los alimentos a sus hijos, aunque éstos sean malos estudiantes; de igual manera los ciudadanos no podemos abstenernos de votar, aunque no nos terminaran de convencer los políticos o sus propuestas.

Entonces, la clave es ésta: la obligación de ir a las urnas radica en que votar es el modo como cada mexicano mayor de edad expresa su condición de ciudadano. Abstenerse de votar es faltar contra los deberes que tenemos como miembros activos de México.

Veamos esto mismo desde la óptica de los símbolos. Cuando un ciudadano se abstiene de votar, muchas veces lo que desea es “expresar” su inconformidad ya sea contra el sistema político ya sea contra los candidatos. Pero se trata de un “signo” equivocado, porque el no votar significa “no soy ciudadano”.

En cambio, si algún ciudadano desea expresar su inconformidad, tiene que recurrir a otro símbolo: ir a votar y anular la boleta. Este gesto de “anular” (no confundir con “abstenerse”) significa claramente dos cosas: “soy ciudadano” y “no estoy de acuerdo”. En cambio, no votar da a entender algo distinto: “no soy ciudadano”.

En otras palabras, el no estar de acuerdo con el sistema o el no tener un candidato según nuestras preferencias no es una razón ética para dejar de votar. Y es que siempre será éticamente malo renunciar a nuestra condición de ciudadanos.

La obligación de votar es fruto de nuestra condición de mexicanos, y nada ni nadie (ni siquiera las condiciones políticas actuales) nos puede empujar a renunciar a ella. Esto es similar al caso de una madre, la cual no puede renunciar a su papel de madre, aunque sus hijos no sean lo que ella soñó.

Además, ejercitar el voto es un modo concreto de servir a México. Los creyentes —aunque esto es válido para todo ciudadano, sin importar su credo— “de ningún modo pueden abdicar de la participación en la ‘política’; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común. Su compromiso político es una expresión cualificada y exigente del empeño cristiano al servicio de los demás” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 41).


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