domingo, 20 de septiembre de 2009

Bicentenario: ¿cabe la religión?

Luis-Fernando Valdés

Hemos celebrado con gusto y patriotismo el día de la Independencia. Iniciamos la cuenta regresiva para el Bicentenario. El año que deberá transcurrir hasta el 16 de septiembre de 2010 nos da tiempo para preparar los festejos, y también para reflexionar sobre nuestra identidad nacional. Ahí cabe esta pregunta: ¿qué papel debe tener la religión en la vida de nuestro País?
Sin duda el rol de la fe ha cambiado mucho desde 1810 a nuestros días. En aquella época, todos los ciudadanos eran católicos, y la religión era un factor de unidad del pueblo. Había una cierta simbiosis entre sociedad civil y sociedad eclesiástica, que tenías ventajas y también bastantes desventajas.
En el devenir del s. XIX, se dio una separación entre la Iglesia y el Estado, que en el s. XX se agudizó hasta llegar la Guerra Cristera. Así la religión dejó de formar parte de la vida civil del País. Además, durante la centuria pasada muchos ciudadanos mexicanos han abrazado otras confesiones distintas a la católica, de modo que la religión católica ya no puede ser factor de unidad de la nación, pues eso iría en detrimento de la libertad de culto de los demás.
Desde estos hechos, el papel de la Iglesia y de los católicos en la vida de México debe repensarse. Hay que dejar atrás tanto la visión del virreinato (Iglesia y Estado en simbiosis) como el jacobinismo anticlerical. Un punto de referencia reciente es la propuesta del Concilio Vaticano II, que consiste en un cambio de paradigma en la visión que la Iglesia tiene de sí misma. Lo hace con una imagen: la del peregrino. Se afirma que “la Iglesia peregrina en la historia”, para indicar que la misión de esta Institución no consiste en ganar poder temporal, aunque en otra época lo haya tenido. Su finalidad es ayudar a la “comunión” de los hombres con Dios y de los hombres entre sí (cfr. Constitución “Lumen Gentium”, nn. 8 y 1).
Esta comunión entre los hombres no significa uniformar a todos en un mismo credo, sino que es una labor de diálogo basado en el respeto a la dignidad de la persona. Fue precisamente este Concilio el que propuso que se respetará universalmente la libertad religiosa (incluso en los países de mayoría católica), porque esta libertad “se funda realmente en la dignidad misma de la persona humana” y pertenece al bien común y a los derechos inalienables del hombre (cfr. Declaración “Nostra Aetate”, nn. 1 y 6).
A doscientos años del inicio de la Independencia, la religión católica deja de ser un signo de identidad nacional, pero tiene la oportunidad histórica de ser –junto con las otras religiones– un factor moral que ayude a los ciudadanos a buscar la justicia, la armonía, la solidaridad y la paz que consoliden la unión entre ellos.
A la luz del Vaticano II, se puede proponer que las religiones –en plural– sean un factor ético que eleve el nivel moral del País. La identidad nacional no puede fundarse ya pertenecer a una religión concreta, sino en vivir valores humanos perennes, en los que además suelen coincidir las diversas religiones: el amor y respeto a Dios, a los propios padres, a la familia, al prójimo; el amor a la vida, a la verdad y a la libertad, etc.
Por aquí hay una buena vía para reconciliar la religiosidad de los mexicanos con la vida pública, sin interferir en la autonomía del Estado. La Iglesia católica y las demás confesiones tendrán un papel importante en el futuro de nuestro País, porque México siempre va a estar necesitado de ciudadanos de una elevada calidad ética.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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