viernes, 26 de enero de 2007

Los niños ante los medios de comunicación

Luis-Fernando Valdés

Los medios de comunicación, que son la gran maravilla de nuestro tiempo, junto con grandes oportunidades de formación académica y cultural de las familias, conllevan también ciertos dilemas morales para los padres de familia, debido al contenido de algunos programas, libros o video juegos. En ocasiones, las familias no saben con claridad qué criterios seguir cuando tienen que decidir si sus hijos deben acceder o no a esos contenidos. ¿Qué parámetros se pueden considerar para elegir correctamente?
Lo primero es considerar que hay una relación entre los niños, los medios de comunicación y la educación que se puede considerar desde dos perspectivas. Por una parte, los medios forman a los niños, y por eso se le puede exigir a los medios como industria que asuman su responsabilidad en la elaboración de contenidos. Por otra parte, los padres de familia y los educadores deben formar a los niños para responder adecuadamente a los medios, es decir, deben ayudarlos a participar de manera crítica y activa como lectores, televidentes o radioescuchas.
El papel de los padres es de vital importancia para conseguir que se despierte en los niños –y también en los jóvenes– el sano sentido crítico ante los contenidos de los medios. El uso prudente de los medios se consigue cuando los padres de familia educan la conciencia de sus hijos, es decir, cuando los forman para que sean capaces de expresar juicios serenos y objetivos sobre la bondad o malicia del contenido de los programas o de las lecturas. Y estos juicios servirán después como punto de referencia en la elección o rechazo de los programas propuestos por los medios.
La educación para el recto uso de los medios debe ser positiva. No basta enseñar lo que es malo y porqué se debe evitar. Ahí no acaba la recta formación. Hace falta presentar a los niños lo que es bello y lo que es moralmente excelente, para ayudarles a desarrollar la apreciación estética, la prudencia y la capacidad de discernimiento. En este punto, es importante reconocer el valor fundamental del ejemplo de los padres y el beneficio de introducir a los jóvenes en los clásicos de la literatura infantil, las bellas artes y la música selecta.
Hoy muchos medios privilegian la acción, lo vertiginoso, lo excitante. Y hay que retomar un parámetro fundamental, la belleza, que es como un espejo de lo divino, que inspira y vivifica los corazones y mentes jóvenes. En cambio, la experiencia muestra que la fealdad y la tosquedad tienen un impacto deprimente en las actitudes y comportamientos.
Además, la educación para el recto uso de los medios, como toda labor educativa, requiere la formación del ejercicio de la libertad. Se trata de una tarea exigente. Muy a menudo la libertad se presenta como la búsqueda frenética del placer o de nuevas experiencias. Pero más que de una liberación se trata de una condena, pues se condiciona a los jóvenes a que consuman experiencias cada vez más fuertes, orillándolos incluso a la violencia, a la degradación sexual o las drogas.
Finalmente, un argumento clave para evitar contenidos –en libros, películas, dibujos animados o video juegos– que exaltan la violencia y reflejan comportamientos antisociales o que, en nombre del entretenimiento, trivializan la sexualidad humana, consiste en vivir la solidaridad con los que sufren. ¿Cómo se podría explicar este "entretenimiento" a los innumerables jóvenes inocentes que son víctimas realmente de la violencia, de la explotación y del abuso?

Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 21 de enero de 2007

El corazón de la paz

Luis-Fernando Valdés

En este año, que apenas comenzamos, todos hemos deseado que venga la paz. Ya no queremos más guerras, ni ejecuciones, ni una mujer asesinada más, ni hogares destruidos por la violencia. Pero, ¿cuál es el camino que lleva a la paz? Más aún, ¿qué podemos hacer los ciudadanos de a pie por la paz? Ésta es la vía: entender que el respeto a la persona humana es el «corazón de la paz».
Aunque parece algo muy teórico, muchas veces la paz no es respetada, porque algunas personas piensan que no ellas no están sometidas a ningún orden universal, y por eso atropellan a los demás. Sin embargo, así como el cosmos tiene unas leyes naturales, como la de la gravitación universal, de igual manera los humanos también están sometidos a una ley moral natural. Por eso, las normas éticas no han de considerarse como directrices que se imponen desde fuera, como si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario, deben ser acogidas como una manifestación del proyecto divino universal inscrito en la naturaleza humana. Cuando los hombres reconocemos estas reglas, encontramos el sentido de respetarnos unos a otros. Aceptar estas reglas naturales que rigen la convivencia es un presupuesto fundamental para una paz auténtica.
Por otra parte, para buscar la paz, cada uno debemos respetar la dignidad de todo ser humano. Porque cada persona es libre, por su capacidad de conocer y de amar, nadie puede disponer libremente de ella, como si fuera un objeto. Así, por ejemplo, quien tiene mayor poder político, tecnológico o económico, no puede aprovecharlo para violar los derechos de los otros menos afortunados. Por eso, la paz se basa en el respeto de todos, especialmente de su derecho a la vida.
El respeto del derecho a la vida en todas sus fases establece un punto firme de importancia decisiva: la vida es un don que el sujeto no tiene a su entera disposición. La afirmación de este derecho, pone de manifiesto que existe una relación del ser humano con un Principio trascendente, que lo libera de la arbitrariedad del hombre mismo. El derecho a la vida no está sometidos al poder del hombre. La paz necesita que se establezca un límite claro entre lo que es y no es disponible: así se evitarán intromisiones inaceptables en los derechos humanos.
Sin embargo, en nuestra sociedad no se respira paz, porque nos hemos acostumbrado a ver las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de diversas formas de violencia, y porque no queremos reconocer que hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz? El respeto a la vida es indispensable para establecer relaciones de paz duraderas.
Además, en el origen de frecuentes tensiones que amenazan la paz se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas que, trágicamente, subsisten en nuestra sociedad, como las que se refieren al acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la vivienda o la salud. Pero las peores son las desigualdades entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales.
Ante este panorama de relativismo que no reconoce leyes morales naturales, de falta de respeto a la vida y de desigualdad, hay que gritar que el «corazón de la paz» es el respeto de la dignidad de las personas. Hago mía la enseñanza de Benedicto XVI de que sólo respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones.

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domingo, 14 de enero de 2007

¿Cómo está el mundo hoy?

Luis-Fernando Valdés

A veces nos preguntamos cómo es el mundo donde vivimos. Deseamos saber cuáles son los gozos que lo hacen más habitable, y conocer los problemas que lo afligen. Con motivo del nuevo año, hemos visto y leído resúmenes muy completos. Benedicto XVI también ofreció una visión completa de los problemas políticos y éticos del mundo de hoy. Les presento un resumen parcial del análisis realizado por el Papa.
El cuadro que el Pontífice presenta es rico en luces y sombras, aunque desafortunadamente lo obscuro abarca un parte grande del panorama. Entre los aspectos positivos del año que culminó, el Santo Padre destaca la creciente toma de conciencia sobre la importancia del diálogo entre las culturas y entre las religiones. Este diálogo es importante, porque «se trata de una necesidad vital, concretamente ante los retos comunes que afectan a la familia y a la sociedad». Otro elemento importante es el esfuerzo común de muchos países para la erradicación de la miseria, aunque –señala el Papa– se requiere que estos programas se amplíen, y que haya una «toma de conciencia sobre la importancia de la lucha contra la corrupción y la promoción de la buena administración».
Entre los retos que presenta el nuevo año, Benedicto XVI invita a mirar a los millones de personas, especialmente mujeres y niños, que carecen de agua, comida y vivienda. Expresa que «el escándalo del hambre, que tiende a agravarse, es inaceptable en un mundo que dispone de bienes, de conocimientos y de medios para subsanarlo». Por eso, nos recuerda «la urgencia de corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente y un desarrollo humano integral para hoy y sobre todo para el futuro».
En cuanto a los países pobres, el Papa invita «a los Responsables de las Naciones más ricas a tomar las iniciativas necesarias para que los países pobres puedan beneficiarse de los frutos de sus propios bienes». Y exhorta a la continuación y la aceleración del proceso de anulación y reducción de la deuda de los países más pobres, sin imponer medidas perjudiciales para las poblaciones más vulnerables.
Luego el Santo Padre denuncia los continuos atentados a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural. Así, en África, se intenta trivializar el aborto por medio del Protocolo de Maputo. Añade el Romano Pontífice que hay amenazas contra la estructura natural de la familia, fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, así como los intentos de relativizarla dándole el mismo estatuto que a otras formas de unión radicalmente diferentes. Explica que «todo esto ofende la familia y contribuye a desestabilizarla, violando su carácter específico y su papel social único».
Y entre las crisis humanitarias, el Pontífice señala la migración. Explica que «es ilusorio pensar que los fenómenos migratorios puedan ser bloqueados o controlados simplemente por la fuerza. Las migraciones y los problemas que crean deben afrontarse con humanidad, justicia y compasión».
Esta visión del mundo actual que presenta el Papa es importante no sólo por la autoridad moral de su Autor, sino también porque muestra el interés de la Iglesia por los grandes problemas sociales, y ofrece unas pautas éticas para que se negocien las posibles soluciones. Este informe es una clara muestra de que los cristianos están llamados no sólo a la vida eterna, sino también a transformar activamente el mundo en que vivimos, para que sea un lugar de verdadero amor, de justicia, de solidaridad y de paz.

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domingo, 7 de enero de 2007

Hussein y los otros ahorcados

Luis-Fernando Valdés

Cerramos el año 2006 con el macabro espectáculo de la muerte del ex dictador iraquí Sadam Hussein. Ciertamente fue juzgado por un tribunal local, y fue encontrado culpable de duros cargos, como el homicidio, pero la legalidad de la ejecución de este hombre no responde a todas las cuestiones que el castigo capital suscita. ¿Se justifica la pena de muerte por el hecho de ser emanada de una sentencia de un tribunal legítimamente constituido? ¿Se vale matar porque lo autoriza un juez?
Es probable que algunas personas consideren que la pena capital aplicada a Hussein está justificada. Seguramente se basan en que se trató de un juicio legal y en que se estaba castigando una serie de verdaderos delitos contra inocentes. Sin embargo, el punto central de discusión no consiste en la “legalidad” del proceso judicial, sino en el “origen de la vida”.
La vida humana es el fundamento de todos los derechos humanos. Hoy día, a veces resulta difícil entender que la autonomía del ser humano tiene límites. Y la vida es uno de ellos, porque el hombre no se da la vida a sí mismo, sino que la recibe sin ser consultado. La vida es un don, un regalo, que –paradójicamente– se “tiene que” recibir, y se debe conservar hasta el último momento de su ocaso natural. Quizá no es sencillo comprenderlo, pero el hombre no tiene derecho sobre la vida de nadie: ni la suya, ni la de un inocente… ni la de un culpable.
Por eso, a un reo se le puede condenar con la confiscación de sus bienes económicos e inmuebles, se le puede privar del ejercicio de algunos de sus derechos civiles, como la libertad de movimiento. Pero no se puede ordenar que un culpable sea privado de algo que está por encima de él, como es su propia vida. Cuando un tribunal se adjudica el derecho de disponer de la vida humana, se está poniendo en el papel que sólo le corresponde a Dios. Sólo Dios es el dueño de la vida.
La Iglesia se opone a la pena de muerte. Juan Pablo II tanto en su Magisterio, como la Encíclica “Evangelium vitae” (nn. 27 y 56), aboga por el “respeto de toda vida, incluida la del reo y la del agresor injusto”. Y un día antes de que Sadam Hussein fuera llevado a la horca, el Cardenal Renato Martino, Prefecto del organismo vaticano que promueve la Justicia y la Paz, declaró que esta ejecución castigaría “un crimen con otro crimen”, y añadió que “la pena de muerte no es una muerte natural. Y nadie puede dar muerte, ni siquiera el estado”.
Por otra parte, la muerte de Hussein tomó un rol mediático. En tiempo casi real, empezaron a circular imágenes del ex dictador en el patíbulo. Rápidamente se triavializó un homicidio. Pensemos en cuántos niños vieron las fotos y los videos de su muerte. Esto fue un paso atrás en la instauración de una “cultura de la vida”: ver a un ejecutado ya es algo casi sin importancia, y eso es lo que se transmite a las nuevas generaciones.
Además, Iraq está sufriendo por la división del país, entre partidarios y opositores a Hussein. Esta grave separación impide la pacificación de esa nación. Castigar de esta manera al ex mandatario, lejos de fomentar la unidad y la paz, sembró más violencia y más rencor.
Nada justifica los crímenes cometidos por Hussein. Nadie devolverá la vida a las víctimas asesinadas durante la dictadura del ex mandatario iraquí. Pero tampoco la pena capital arregla la situación. La horca es un efímero sustitutivo de la verdadera justicia. En la misma la soga que quitó la vida a Hussein quedó colgada la reconciliación de los iraquíes. Junto con el tirano fue ahorcada la cultura de la vida.

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