domingo, 2 de diciembre de 2007

La Encíclica de la Esperanza

Luis-Fernando Valdés

Cuando hacemos un análisis de los problemas de nuestra época, desde el punto de vista intelectual, irremediablemente nos encontramos con el relativismo. Mucha gente ya no cree en la capacidad de la razón para conocer la verdad, y piensan que nadie puede imponer ninguna regla de conducta. Además, la razón se muestra impotente para explicar la presencia del mal y la injusticia en el mundo. El hombre aparece como abandonado en un destino trágico y ciego. Ante este panorama desolador, Benedicto XVI propone una salida real: volver a la esperanza cristiana.
El pasado viernes 30 de noviembre, el Papa firmó su segunda Encíclica, titulada “Spe salvi”, tomando las palabras de un pasaje de la Epístola a los Romanos: “En esperanza fuimos salvados” (Rom 8, 24). En ella, el Romano Pontífice explica que “se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente”, porque podemos estar seguros de que el presente lleva a una meta tan grande que justifica el esfuerzo del camino. El cristiano sabe que “su vida no acaba en el vacío" (n. 1).
El documento pontificio consta de dos partes. En la primera, Benedicto XVI concluye que todos “tenemos necesidad de las esperanzas, pequeñas y grandes, que día a día nos mantienen en el camino de la vida. Pero sin la gran esperanza, que debe superarlo todo, éstas no bastan”. La gran esperanza es Dios. “Dios es el fundamento de la esperanza. No cualquier Dios, sino aquel Dios con rostro humano que nos ha amado hasta el final. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día sin perder el ánimo de la esperanza” (n. 31).
Pero el Santo Padre no se queda sólo en una exposición teórica de esta virtud cristiana. En la segunda parte de la Encíclica, propone unos “lugares” para aprendizaje y el ejercicio de la esperanza. El primero es la oración: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios” (n. 32). Recuerda el testimonio del cardenal Nguyen Van Thuan, quien durante trece años estuvo en las cárceles vietnamitas, nueve de ellos en aislamiento: «en una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza” (ibid.).
El sufrimiento es otro lugar de aprendizaje: “Conviene ciertamente hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento”, sin embargo, “lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (nn. 36-39).
 Un “lugar” más es el Juicio de Dios. La modernidad niega que exista Dios porque no es razonable un Dios que sea responsable de un mundo en el que hay tanta injusticia y tanto sufrimiento de los inocentes. Y si Dios no establece la justicia, entonces el hombre es el que se siente llamado a crear esa justicia. Pero “un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo que se queda sin esperanza”, contesta el Papa (n. 42). “Sólo Dios puede crear justicia”, y eso lo hará en el Juicio final, lo cual nos llena de esperanza (n. 44).
Así el Papa nos ofrece una vía para recuperar el sentido de la vida, porque ni crear unas condiciones económicas favorables, ni la ciencia redimen al hombre. Es el amor de Dios lo que redime al hombre y en este amor sí se puede apoyar nuestra esperanza.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
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