domingo, 6 de mayo de 2007

Aborto y religión: ¿dónde quedó la caridad?

Luis-Fernando Valdés
Publicado en el periódico «A.M.» (Quéretaro), 6.V.2007, sec. B, p. 9.

El debate reciente sobre la despenalización del aborto llevó a varias simplificaciones peligrosas. Una fue dividir las opiniones en dos bandos: los “fascistas de extrema derecha” y los “asesinos de inocentes”. Y en esa marea de estiquetas naufragó un grupo necesitado de ayuda y comprensión: las mujeres que han abortado. La gente se pregunta: ¿Es que la Iglesia y las instituciones que defienden la vida no tienen una palabra de aliento para quienes han pasado por esta situación?
Estoy totalmente a favor de la vida desde el instante mismo de la concepción. Pero la misma razón que me lleva a defender la vida, me mueve igualmente a ayudar a las mujeres que han abortado. Y es que el motivo para proteger al no nacido y comprender a la mujer que abortó es el mismo: la caridad de Cristo.
Desafortunadamente, algunos medios a favor de la vida no han tenido el tino para tratar con esta caridad a las mujeres que han tomado la fatal decisión sobre su embarazo. Simplemente se les etiqueta como “asesinas”. Ciertamente han cometido un gran error, pero en el Evangelio no encuentro ningún pasaje de agresión hacia quienes pecan. En la narración de la mujer que iba a ser apedreada por haber sido sorprendida en adulterio (Juan 8, 3-11), Jesús no pide que se le quite la condena, ni dice que ella es inocente; solamente indica que el que esté sin pecado sea el primero en arrojar las piedras. Y nadie se atrevió a lapidarla. Al final, cuando los acusadores se habían retirado, Jesús se limitó a preguntarle si todavía alguien la condenaba. Ella respondió que no. El Maestro contestó: “Pues tampoco yo te condeno. Ve y no peques más”. Me llama mucho la atención que Cristo no le dijo a la mujer “eres una adúltera”, o “eres una mala mujer”. Jesús entendió que ella se dio cuenta de su error, y le mostró la misericordia divina: un Amor que comprende y perdona todas las debilidades humanas.
Para defender el derecho a la vida del recién engendrado no hace falta tildar de nada a la madre que tiene dudas sobre si continuar o no su embarazo. En este sentido, a algunos católicos les ha faltado ser más moderados en sus intervenciones ante los medios de comunicación. ¿No habríamos ganado más si hubiéramos expuesto nuestra postura cristiana de modo integral, es decir, tanto a favor del no nato como de la mujer con problemas?
Juan Pablo II enseñó, desde el principio de su pontificado, que los católicos debemos practicar la misericordia, como el principal distintivo de los creyentes. Señalaba que no habrá una auténtica fraternidad entre los hombres si actuamos con la justicia sola, sino que es necesario que la justicia venga acompañada de la misericordia, que es comprensión y benignidad (cfr. “Dives in misericordia”, n. 14). En justicia se le podría llamar “asesina” a quien abortó; pero en cristiano, movidos por la misericordia, les debemos decir “una hermana con necesidad de ayuda”, porque tiene un problema muy profundo, cuyo único remedio es el perdón.
Ojalá los cristianos cobráramos conciencia de que tenemos la única medicina capaz de ayudar a las personas que han cometido un aborto: la misericordia divina. Para que una mujer que ha cortado la vida de su bebé se pueda perdonar a sí misma, lo primero que necesita es saber que Dios ha dado su vida en la Cruz para perdonarla. Y el camino para descubrir al Dios que perdona somos los católicos, cuando actuamos con entrañas de comprensión. Ojalá que la actitud y las palabras de los creyentes no impidan a estas mujeres descubrir el rostro de este Dios que las perdona.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
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