domingo, 12 de noviembre de 2006

Aporías de la Ley de Convivencia

Luis-Fernando Valdés

La Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó el jueves pasado el dictamen de la Ley de Sociedades de Convivencia, que equipara a las de parejas del mismo sexo con la figura del concubinato, y les otorga derechos sucesorios, de pensión alimenticia y el reconocimiento de que forman un hogar ante la ley. Aparente victoria de la democracia, pero que encierra unos problemas éticos y jurídicos que ponen en aprietos nuestra concepción misma del Derecho.
El Derecho tiene como finalidad ordenar las relaciones entres personas. Y para conseguirlo, el Derecho busca dar «lo justo» a cada uno. Lo justo es lo suyo de cada uno, lo que le corresponde, lo que les es debido: su derecho. Hay cosas que son justas «por naturaleza», como el derecho de los padres a educar a sus hijos. También hay cosas justas por un acto de la voluntad humana, por parte de los legisladores, como establecer la circulación de los coches por la derecha. De este modo, hay derechos naturales y derechos puestos por el hombre, (estos últimos son también conocidos como «lo justo positivo»). El «derecho positivo» depende de la voluntad humana. Pero ¿qué pasa cuando la voluntad humana establece una ley (derecho positivo) que va en contra de la naturaleza de las cosas o de las instituciones? ¿Se convierten en justas? En el caso que hoy comentamos, ¿la unión homosexual se convierte en buena o en natural por el hecho de que unos legisladores la hayan aprobado?
Entonces, el problema cambia del terreno jurídico pasa al ámbito ético. La Ética busca establecer cuáles son las acciones buenas, porque el hombre sólo es feliz cuando obra el bien. Y desde Aristóteles (s. IV. a. C.), los pensadores han visto que las acciones buenas son las que se realizan en conformidad con la naturaleza humana. La pregunta inicial se complica: ¿es natural la unión sexual y la convivencia sexual habitual entre personas del mismo género?
El centro de la cuestión está en qué entendemos por «naturaleza», por lo natural al hombre. Hoy día lo natural se reduce a lo cultural, de modo que la naturaleza humana sería lo que determinen las personas de cada época. Desde este punto de vista, lo natural serían sólo datos físicos, biológicos y sociológicos, que se pueden manipular mediante la técnica, según los intereses de cada quien. Y así, la cultura queda sin fundamento, pues no se podría apoyar en la naturaleza, y está a merced del poder. Esto es lo que acaba de suceder con la Ley de Convivencia, que niega que el matrimonio entre un varón y una mujer sea lo natural del ser humano.
Respeto la libertad de las conciencias, y a todos los que se definan a sí mismos como homosexuales, pero, como afirmó Aristóteles, «soy más amigo de la verdad que de Platón» (Ética a Nicómaco, I). No basta que los legisladores aprueben una ley para que lo aprobado sea verdadero. Por el honor de la Verdad, del Derecho y de la Ética, antes de aceptar la Ley de Convivencia se debe responder a las preguntas centrales del debate: si estas uniones homosexuales son lo justo, si son lo natural al ser humano, si son éticamente buenas, si son lo correcto. Afirmar que es cuestión de gustos, o de que cada quién haga lo que quiera, sería una respuesta muy superficial.
Gayo, el gran jurista clásico, enseñaba que «la ley civil puede corromper o alterar los derechos civiles, pero no los derechos naturales» (Inst., I, 158). Además de aprobar la Ley de Convivencia, la Asamblea Legislativa del DF ahora tiene el problema de definir no sólo qué es el matrimonio sino también qué son el derecho y la ética.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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