domingo, 5 de noviembre de 2006

Oaxaca y la aspiración de paz

Luis-Fernando Valdés

Llevamos una semana al pendiente de los eventos de Oaxaca. Aunque el conflicto violento está claramente delimitado a unas calles de esa ciudad, todos tenemos la impresión de que esas escaramuzas afectan a todo el País. Tanto las pedradas como los gases lacrimógenos saca a la luz una gran carencia de nuestra Nación: la ausencia de una cultura de la paz. ¿Se podrá construir un duradero clima pacífico en nuestra Patria?
Los mexicanos no hemos sido educados para construir la paz. Quizá se nos ha formado para desearla, pero no nos han dado las herramientas para alcanzarla. ¿Cuántas personas tendrán claro lo que significa este valor? Si no hay un concepto de paz desde el cual partir, será difícil obtenerla.
La paz no es simplemente la ausencia de violencia. Tampoco es el mero equilibrio estable entre los diversos bandos que buscan el poder, o el control. Más bien la paz, se funda sobre una correcta concepción de quién es el ser humano. En efecto, se requiere en primer lugar reconocer que la persona humana tiene una variedad de dimensiones: espiritual, familiar, social, laboral, económica, etc. Cuando no se respeta alguno de estos ámbitos, se pone en gran peligro la paz. De ahí surge el famoso adagio: «la paz es fruto de la justicia», es decir, del respeto al equilibrio de todas estos aspectos de cada ser humano.
Quizá el primer punto que se suele atropellar es la dimensión espiritual del hombre. En todos los humanos hay un gran «deseo de paz», que alguno cuantos violentos tratan de perturbar, para conseguir sus fines personales. Sin restarle importancia a los otros aspectos, quisiera destacar que solemos pasar por alto el deseo religioso de paz. Y, sin embargo, solamente cuando tengamos una aspiración espiritual a la paz, podremos encontrar consenso entre los hombres para construir una cultura de la paz. Si el fundamento de la paz se busca en el bien económico o político, probablemente nunca lleguemos a encontrar esa «tranquilidad en el orden» (San Agustín), es decir, aquella situación que permite en definitiva respetar y realizar por completo la verdad del hombre.
Para formar una cultura de la paz, es indispensable retomar y fomentar el sentido espiritual de este valor. Y este modo de ver la vida no nos lo proporciona el Estado –pues no es ésa su función–, sino la parte religiosa del ser humano. De ahí la importancia de fomentar la práctica religiosa de los ciudadanos. Benedicto XVI explica que «Dios, sólo Dios, hace eficaz cada obra de bien y de paz» y que, en cambio, «la historia ha demostrado con creces que luchar contra Dios para extirparlo del corazón de los hombres lleva a la humanidad, temerosa y empobrecida, hacia opciones que no tienen futuro» (Mensaje 1.I.2006).
La paz es uno de los valores centrales del cristianismo. En la Escritura, cuando se anuncia de la llegada del Mesías, se le llama «Príncipe de la paz» (Isaías 9, 7), cuya época se caracterizará por que las naciones «forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas podaderas» (Isaías 2, 4). Y Jesús, el Mesías considera bienaventurados a los que trabajan por la paz, y enseña que éstos «serán llamados hijos de Dios» (cfr. Mateo 5, 9). Jesucristo propone una ética de la convivencia, que se mueve por la dinámica del amor y no por la dialéctica de la lucha.
Cuando aparezcan hoy, en nuestras pantallas de televisión, las bombas molotov y los escudos antimotines de Oaxaca, no dejemos de reflexionar si no ha llegado el momento de cultivar, en serio, nuestros deseos espirituales que nos permitan ser auténticos sembradores de paz.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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