domingo, 22 de enero de 2006

El arte de poseer

Luis-Fernando Valdés

Estamos remontando la «cuesta de enero». Entre festejos, regalos y viajes, probablemente nuestra economía familiar se ha visto un poco afectada. Y, entre un gasto y otro, quizá ha aparecido fugazmente en nuestra mente, el pensamiento de que lo importante de la vida no consiste en tener cosas.
Ciertamente, lo esencial para el hombre es su vida espiritual. Pero, incluso lo más espiritual del ser humano está hondamente enraizado en el mundo material. No podemos caer en un dualismo, en el que la carne y el espíritu se vean como antagonistas.
Como los seres humanos somos alma y cuerpo, vivimos rodeados de «cosas» y necesitamos utilizarlas para vivir; las almacenamos para garantizar el futuro; nos rodeamos de cosas amables y cómodas para construir nuestro hogar, e incluso requerimos de ellas para cultivar la vida espiritual. Por esa razón, debemos aprender a relacionarnos con las cosas.
Aunque toda la vida hemos estado rodeados por ellas, a veces no tenemos tan claro cómo debe ser esa convivencia. Caben, al menos, tres relaciones con las cosas que poseemos. Hay un modo de poseer que desprecia las cosas, otro que las aprecia y uno más, que consiste en ser poseído por ellas.
La primera de esas modalidades se caracteriza por no atender a la individualidad de las cosas. Se trata de una persona a la que le da lo mismo usar un coche que otro, con tal de que sea coche, y así le sucede con todo: con un reloj, con un casa, con un árbol... y como si todos fueran fabricados en serie.
Como consecuencia, una persona así no se preocupa por las cosas, y no le importa si se estropean, porque las puede sustituir por otras semejantes que hacen el mismo papel. Esa mentalidad trae como consecuencia el descuido y el despilfarro. Así, las cosas no se cuidan, no se protegen, no se reparan a tiempo; se maltratan, se decomponen, hasta convertirse en basura.
Cuando se tiene un cierto nivel de vida, el despilfarro suele ser un velo que encubre la negligencia, porque se sustituyen pronto las cosas que se estropearon por no saberlas cuidar. Incluso se da una mentalidad consumista, que cambia las cosas sin llegar a aprovecharlas ni a gastarlas, por el simple afán de usar artículos nuevos.
La segunda actitud ante las cosas consiste en respetarlas. Para esto se requiere saber contemplarlas, para superar la mirada puramente utilitarista, y descubrir que son cosas antes que instrumentos a mi servicio, p. ej. a un árbol, hay que saber admirarlo, antes que considerarlo como madera o materia prima para producir papel.
Respetar las cosas quiere decir tratarlas de acuerdo con lo que son, ya sea como seres creados, ya sea como artículos elaborados por el hombre para su servicio. Y en este caso, el respeto consiste en utilizar los instrumentos para lo que sirven, y en cuidar las cosas que se usan: procurar que las casa, los coches, la ropa, los muebles, etcétera, estén en buen estado y con una apariencia digna.
Hay un tercer modo de relacionarse con las cosas, que más bien consiste en ser poseído por ellas. Se trata de la avaricia, que es un afán desordenado de tener por tener, sin que se sepa para qué. Cuando desaparece la actitud de contemplar las cosas, y sólo hay deseo de poseerlas, resulta que el hombre deja de ser poseedor de ellas, y las cosas pasan a dominarlo. Se desean más cosas de las que se pueden disfrutar, o se acumulan más cosas de las que se pueden usar.
Esta triple actitud hacia las cosas, nos plantea la necesidad de aprender el «arte de poseer», que nos permita usar las cosas para vivir con dignidad, que nos ayude a apreciar la naturaleza y a respetar los objetos construidos por el hombre y —sobretodo— que nos libre de la avaricia.

Correo: lfvaldes@gmail.com
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