domingo, 25 de septiembre de 2005

Solidaridad a prueba de Huracanes

Luis-Fernando Valdés

La época de huracanes en el sur de nuestro País nos ha hecho ver que hay un gran vínculo de interdependencia entre todos los mexicanos. En «tiempo real» fuimos testigos de los efectos devastadores de los fenómenos atmosféricos.
Sin duda, la reacción de todos fue de tristeza ante el dolor ajeno. ¿Quién puede dormir tranquilo, después de haber sido testigo de la perdida de casas, coches, ropa y alimentos, que dejaron a miles de compatriotas totalmente indigentes?
Y, seguramente, todos hemos colaborado con víveres, medicinas, dinero y oraciones por las víctimas. Quizá hemos colaborado en campañas de ayuda realizadas por las escuelas. Pero surge una pregunta de fondo: ¿somos realmente solidarios?
Este cuestionamiento tiene más profundidad de lo que parece. De entrada casi todos contestaríamos que sí somos solidarios, porque colaboramos con ayuda para los damnificados. Y éste es el punto: ¿nos podemos llamar solidarios por el hecho de cooperar solamente cuando ocurren catástrofes?
Un gran pensador griego acuñó la conocida frase «una golondrina no hace primavera». Aristóteles quería expresar así que un hecho aislado no forma un hábito. Enseñaba que, para conseguir una virtud, se requiere de una disposición estable que lleve a repetir una acción buena una vez y otra.
De igual modo sucede con la solidaridad. Colaborar de un modo aislado, sólo cuando ocurren tragedias, es señal de buena voluntad, y para los cristianos es un signo de caridad. Pero la solidaridad no es un mero sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Se trata más bien de una verdadera y propia virtud moral.
Juan Pablo II predicaba que la solidaridad «es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (Sollicitudo rei sociales, 38).
Esto quiere decir que, para ser realmente solidarios, se requiere que nos limitemos a ayudar sólo en situaciones extraordinarias. Se necesita que en la vida cotidiana ejercitemos la costumbre diaria de pensar en los demás, de ayudar a los que están cerca, de ser serviciales con los que nos rodean.
Así como se ha hecho una reducción muy grande del concepto de «caridad», cuando se ha reducido a dar limosnas, hoy día estamos en peligro de empequeñecer la solidaridad, limitándola a la colaboración en caso de tragedias naturales.
Nuestra solidaridad no se puede extinguir cuando acaba la época de huracanes. Debemos manifestarla establemente en nuestra vida cotidiana, hasta adquirir el hábito de pensar en los demás. Cuando unos padres de familia hace el esfuerzo diario de trabajar mucho y bien para conseguir el sustento de su familia, es solidario. Cuando papá y mamá dedican tiempo a escuchar a sus hijos, son solidarios. Cuando los profesores no buscan poder, sino educar en la verdad y el bien, son solidarios. Cuando el policía busca defender el orden y no extorsionar, es solidario. Cuando el comerciante busca ayudar al cliente y no engañarlo, es solidario.
Como se puede ver, todos soñamos con un país solidario, donde todos busquen el bien de los demás. Pero vivimos a diario lo contrario: corrupción, violencia, mentira. Y seguiremos así, mientras no nos decidamos a hacer de la solidaridad, una virtud diaria. No esperemos al siguiente huracán. Seamos solidarios en la vida cotidiana.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
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