domingo, 18 de septiembre de 2005

Por una muerte digna

Luis-Fernando Valdés

Los mexicanos somos un pueblo que sabe convivir con la muerte, y hasta hacemos bromas y chistes sobre ella. Sin embargo, es apenas ahora cuando se ha empezado a tratar sobre el «momento de morir». Es decir, es reciente que los «tanatólogos» y los juristas se han planteado el debate sobre el bien morir.
Es muy importante en la vida de cada uno plantearse que llegará el momento final de nuestra existencia. A veces, por el temor a lo desconocido, por miedo al más allá, o por la falta de esperanza en el Premio eterno, no nos atrevemos a pensar en nuestra propia muerte. Ha llegado el momento de abordar con seriedad la realidad del momento de nuestra propia muerte y la de nuestros seres queridos. Lejos de toda morbosidad, pensar en este tema nos permitirá desarrollar, como nación, la cultura de una «muerte digna».
Por muerte digna nos referimos al derecho a una atención médica, psicológica y espiritual de las personas que están cercanas a su desenlace final, debido a una enfermedad terminal o a la vejez. En efecto, los agonizantes tienen derecho a una ayuda para morir con menos dolor, rodeados de la comprensión de sus familiares y de sus médicos, y animados con la esperanza de la Vida eterna.
Pero no va a ser fácil llegar a una cultura que permita establecer las condiciones de atención hospitalaria, de apoyo psicológico y, en muchos casos, de subsidio económico, necesarios para que cada uno pueda tener una muerte digna. Hay un gran obstáculo que lo va a impedir. Se trata de la confusión de términos y conceptos, que va a generar un debate ético, que retrasará esa cultura más humana.
La confusión proviene de que usamos una misma palabra —«eutanasia»— para designar hechos diferentes. En primer lugar, «eutanasia» significa provocar o adelantar la muerte, con el fin de suprimir el dolor de un paciente terminal o de una persona totalmente paralítica. Se trata de un verdadero homicidio, porque consiste en quitarle la vida antes de tiempo a una persona. Es un acto homicida, aunque se haga de buena fe. En sentido estricto, la palabra «eutanasia» se debería reservar sólo para este caso
Hay un segundo significado, que señala la interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados por obtener. Es lógico y legítimo negarse a tratamientos que, en realidad, sólo prolongan la agonía, y que constituyen un «encarnizamiento terapéutico». Con esta interrupción no se pretende provocar la muerte; más bien, se acepta no poder impedirla. En este segundo caso, en realidad no se debería hablar de «eutanasia» sino de «respetar el límite natural de la vida».
Y en tercer lugar, se entiende el uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, sin buscar la muerte del paciente, ni como fin ni como medio, sino solamente se acepta como prevista y se tolera como inevitable. A esta situación tampoco se le debería llamar «eutanasia», sino «cuidados paliativos». Para los cristianos, estos cuidados constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Y por esta razón deben ser alentados.
Entonces, para facilitar una muerte digna, es necesario no prolongar la vida más allá de su límite natural y, en cambio, hace falta dar mucha información sobre los cuidados paliativos, ya por temor a ser sometidos a sufrimientos innecesarios, algunos piden la «eutanasia». Si muchos supieran que se puede evitar tanto dolor, seguramente no hablarían de eutanasia.
Es lícito pedir morir dignamente, pero no solicitar que se adelante nuestra muerte.

Correo: lfvaldes@gmail.com
http://columnafeyrazon.blogspot.com
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