sábado, 4 de junio de 2016

Dignidad rapada

Año 12, número 577
Luis-Fernando Valdés

Seis profesores fueron públicamente ultrajados y humillados en México, por no apoyar la huelga de un Sindicato de maestros. A primera vista, lo usual sería pensar: “es una pena, pero ¿qué tiene que ver esto conmigo?” Sin embargo, este suceso nos interpela y nos urge a una reflexión.

CNTE, de la protesta al atropello de la dignidad humana.  (Foto: www.gacetamexicana.com)


1. El hecho. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) lleva más de dos semanas en huelga, más de tipo político que propiamente laboral, pues se trata de una protesta contra la reforma educativa federal.
Como parte de esa huelga, el pasado 31 de mayo miembros del CNTE tomaron 82 alcaldías en Chiapas mismo y 70 en Michoacan [noticia]. Y el 1º de junio, integrantes de ese sindicato y de la Organización Proletaria Independiente Emiliano Zapata agredieron y le cortaron el cabello a rape a un grupo de seis profesores que se dirigía a Tuxtla Gutiérrez a entregar documentación para poder cobrar su quincena.
Los maestros fueron bajados de sus autos, los obligaron a caminar descalzos y les colgaron cartulinas con leyendas de “Traidores a la patria”, “Charros”, y “Me pelonean por estar de acuerdo con la Reforma Educativa”. (Excelsior, 1 junio 2016)

2. Claves de lectura. Este suceso se puede analizar desde varios ángulos. Son muy importantes las diversas perspectivas, como la política, sobre el papel de los sindicatos en la educación mexicana; o la civil, como fue la protesta efectuada de la Comisión Nacional de Derechos Humanos; o la del derecho penal, como el crimen cometido y el proceso legal contra los agresores.
Pero hay óptica más profunda, que es la dignidad de la persona. Cuando se agrede a una persona de la manera como hicieron esos miembros de la CNTE, se envía un mensaje al resto de la sociedad: que los intereses de un grupo de presión están por encima de la inviolabilidad y del respeto a los ciudadanos.
Y no podemos permanecer indiferentes ante este mensaje. Permanecer pasivos significaría aceptar que se atropelle el principio que sostiene a toda la sociedad: la dignidad inalienable de cada persona.

3. Una valoración más allá de la política. El respeto incondicionado a cada individuo, tanto en su cuerpo como en su mente, junto con sus bienes físicos y morales, no es una cuestión religiosa, aunque sean las religiones cristianas algunas de sus defensoras más incondicionales.
Protestar contra estas agresiones tampoco significa tomar partido por alguna de las facciones en conflicto. Más bien el sentido es otro: proteger y pedir que se respete el fundamento de la convivencia civil.
La Declaración universal de los Derechos humanos dice en su artículo 1: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”
No podemos ser testigos pasivos de los atropellos a esa dignidad con la que cada ciudadano nace, porque nos haríamos cómplices de la degradación de nuestra sociedad. Nadie puede quedar indiferente cuando de destruye la base de la convivencia cívica.

Acostumbrarnos a las falsas protestas, que pasan por encima de los derechos de las personas y de los pueblos, nos llevará a ser testigos mudos de la decadencia de las instituciones y de la justicia. ¿No esto lo que les pasó a millares de ciudadanos que, en su momento, permanecieron indiferentes ante los atropellos de los nazis?
La indiferencia ante las injusticias que otros padecen nos deshumaniza. Y por eso protestamos, ya que cuando esos seis profesores fueron rapados, la dignidad de todos los demás ciudadanos también quedó trasquilada.

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