domingo, 1 de febrero de 2015

Dios decapitado

Año 11, número 508
Luis-Fernando Valdés

Vivimos una gran consternación internacional, porque los terroristas islámicos decapitaron a un periodista japonés. Pero esta violencia fanática no sólo acaba con la vida de inocentes, sino también empaña la verdadera función social de las religiones.

Descanse en paz, el periodista japonés,
Kenji Goto.
El pasado día 20 de enero, coincidiendo con el viaje del primer ministro nipón, Shinzo Abe, a Oriente Próximo, el grupo islamista “Estado Islámico” envió amenazó a Tokio para que pagara 200 millones de dólares a cambio de no asesinar al rehén Kenji Goto, capturado en octubre, y a otro ciudadano japonés, Haruna Yukawa, que fue ejecutado el pasado sábado 24.

Según la agencia AFP, en el video de la ejecución de Goto, el secuestrador –con claro acento inglés– afirma: “ustedes, como sus estúpidos aliados de la coalición satánica, no han entendido aún que somos un Califato islámico, con autoridad y poder por la gracia de Dios, un ejército entero sediento de su sangre”. (Noticias24.com, 31 enero 2015)

En esas palabras, encontramos la raíz del problema de los extremistas religiosos. Los líderes islamistas convocan a una lucha social y política, que es la de fundar un nueva nación (un califato). La motivación que dan a sus seguidores es de tipo religioso: afirman cumplir un mandato divino.

Y la razón inmediata para invadir y destruir es “defender el nombre de Dios”. Es decir, acusan de “blasfemos” a los ciudadanos de los lugares que buscan conquistar. Es decir, que el pretexto para atacar y destruir es aplicar un castigo a los que –según ellos– ofenden a Dios.

Paradójicamente, debido a esas acciones terroristas ellos son los verdaderos blasfemos, porque utilizan –más bien, manipulan– el nombre de Dios, para matar. La más grande de las blasfemias es matar a nombre de Dios.

Y además de cometer esta gran blasfemia, los terroristas islámicos –y cualquier otro grupo o persona que utilice la religión para matar y destruir– hacen un gran daño a la causa de Dios, porque el fundamentalismo eclipsa la verdad sobre las religiones.

En efecto, las religiones deben ser ocasión de paz y comunión, ya que Dios es la fuente de la paz y de la unión entre los humanos. De esta manera, la condena al terrorismo fundamentalista es doble: por atentar contra la vida y la integridad de inocentes, y por desfigurar el papel de las religiones.

Por eso, esta crisis de seguridad internacional requiere dos tipos de respuesta. Por una parte, de una acción militar internacional que sea capaz de proteger a países y localidades de los actos terroristas. Y por otra, la clara condena por parte de los líderes religiosos, especialmente de los seguidores del Islam.

Entendemos que en su reciente viaje a Sri Lanka, el Papa Francisco haya pedido una vez más que las religiones se desliguen de los extremistas. “Por el bien de la paz, nunca se debe permitir que las creencias religiosas sean utilizadas para justificar la violencia y la guerra. Tenemos que exigir a nuestras comunidades, con claridad y sin equívocos, que vivan plenamente los principios de la paz y la convivencia que se encuentran en cada religión, y denunciar los actos de violencia que se cometan” (Discurso, 13 enero 2015).

Hoy todos Japón, todos somos Nigeria, y somos cada víctima del fanatismo religioso. Cada vez que los islamistas asesinan a una persona en nombre de Dios, en realidad, “decapitan” la verdadera imagen de Dios, del Dios bondadoso que es Padre de todos los seres humanos.

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