domingo, 15 de enero de 2012

Un derecho “incómodo”


Año 8, número 349
Luis-Fernando Valdés

El pasado 2011 fue también importante año para los derechos humanos: basta pensar en la “Primavera Árabe”. Y en esa misma línea, la libertad religiosa estuvo muy presente en los medios. Sin embargo, ¿por qué para algunos no es fácil aceptar que esta libertad sea un “derecho humano”?
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Shabhaz Bhatti, icono
de la libertad religiosa.

El año anterior estuvo lleno de noticias de atropellos a la libertad del ejercicio de la propia religión. Entre otros eventos, tuvimos conocimiento del asesinato del Ministro de minorías de Paquistán, Shabhaz Bhatti (2.III.11; noticia); de los atentados a Iglesias cristianas, tanto católicas como evangélicas en Nigeria, durante la pasada Navidad (noticia); e incluso de ataques a Mezquitas, como la de Kabul (Afganistán) (6.XII.11; noticia).

Ante los hechos violentos, las reacciones internacionales fueron inmediatas y unánimes condenando estos actos de barbarie. De sobra fueron conocidas las declaraciones de la Secretaria de Estado de EUA, Hillary Clinton ante el asesinato de Shabhaz: “esto fue un ataque no sólo contra un hombre sino contra los valores de todas las religiones” (2.III.11; noticia).

Sin embargo, en Madrid durante la Jornada Mundial de la Juventud (15-21.VIII.11), presidida por Benedicto XVI, las voces de unos cuantos “indignados” acusando falsamente al Papa de financiar su visita con dinero del Estado español sonaron mucho en la prensa (noticia). Y nuestro País, actualmente la reacción de algunos ha sido fuerte, ante la modificación del art. 24 constitucional que consagra el “derecho a la libertad religiosa” y, por tanto, garantiza el derecho a las expresiones públicas de fe.

Observemos un fenómeno curioso: ante la violencia contra la religión hubo condenas, pero ante el reconocimiento y el ejercicio de la manifestaciones públicas de religiosidad hay protestas. ¿Qué quiere decir esto?

Esta situación de reacciones desiguales manifiesta que no hay un criterio unificado ante la libertad religiosa. En concreto, no se ve esta libertad como un derecho humano fundamental del ser humano, por el mero hecho de ser persona.

En el primer caso, se condena la violencia porque ésta atenta contra la vida, pero no siempre se reconoce además que esa violencia ha lesionado este derecho humano natural. En el segundo, se juzga esta libertad desde la dialéctica del antagonismo entre el Estado y la Iglesia: como si fuera una cuestión de equilibrios, y no de derechos fundamentales.

Se requiere un nuevo enfoque para entender que el libre ejercicio de la religión es un derecho humano. Para lograr este cambio de paradigma puede resultar útil pensarlo así: es un derecho que tienen los tibetanos, los iraníes, los bolivianos y los maorís, no por ser mayorías ni minorías, ni porque sus religiones sean verdaderas o falsas… sino por el hecho mismo de que son personas libres, y tienen la capacidad natural de elegir sus creencias y de manifestarlas públicamente.

La libertad religiosa debe ser defendida por todos porque es un derecho humano, no porque estemos acuerdo con un credo. No es mera retórica que recientemente Benedicto XVI haya afirmado sobre esta libertad que “se trata del primer derecho del hombre, porque expresa la realidad más fundamental de la persona” (Discurso, 9.I.12).

Mientras haya quienes vean el ejercicio público de la religión como una concesión de la ley, como un elemento para equilibrar la balanza entre el Estado y las diversas confesiones, la libertad religiosa será un derecho incómodo. Este 2012 es buen tiempo para superar este paradigma.

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