domingo, 4 de noviembre de 2007

El otro cambio climático

Luis-Fernando Valdés

En esta semana nos hemos conmovido por las terribles inundaciones que han dejado sin hogar a miles de tabasqueños. Todos los mexicanos nos hemos solidarizado con ayuda económica, víveres y nuestras oraciones. Ante estos fenómenos atmosféricos que tanto nos apenan, algunos intentan dar una respuesta a la tragedia: “fue por el cambio climático”. Puede ser. Pero en nuestros días se está gestando un cambio de otro orden: se está dando un cambio en nuestro clima moral y cultural, y sus efectos pueden ser, en ocasiones, tan devastadores como las inundaciones.
En la vida humana hay principios naturales que rigen la conducta humana, que encausan la libertad, que protegen el amor, que sostienen nuestra identidad familiar y nacional. Estos aspectos de la vida humana con frecuencia son atropellados, a nombre de la libertad, de la democracia o de la tolerancia. Pero ¿qué ocurre cuando no se respetan estos principios naturales de la vida ética del hombre? Al igual que como sucede con los ecosistemas, puede venir una catástrofe moral.
Cuando no se siguen los principios que sustentan el amor humano, sobreviene una de las peores tragedias de la “ecología humana”. El amor tiene diversas manifestaciones, como la relación esponsal, el cariño entre los padres y sus hijos, la amistad, el afecto de los novios, el respeto por la Patria y sus tradiciones. Cada tipo de amor se expresa de una manera propia, y las costumbres morales tienen como finalidad que cada una de esas manifestaciones conserve su autenticidad.
Hoy vemos que esas manifestaciones están perdiendo claridad, y lejos de hacernos más humanos, nos están llenando de confusión. Sí: de confusión. Y como prueba de ello, tenemos que ya casi nadie se atreve a decir de alguna expresión de amor desviada está mal. Por ejemplo, el maravilloso amor de los cónyuges reclama fidelidad, pero lejos de favorecer un clima de lealtad, nuestras telenovelas y nuestras canciones alaban la ruptura matrimonial, porque “se acabó el amor”. ¿No será más bien que deberíamos fomentar la “tarea” diaria de la fidelidad en el amor?
El amor de los esposos es el ámbito natural de la transmisión de la vida. Pero el cambio climático aquí es más acentuado. Se ha establecido un consenso amplio que aprueba que desligar la sexualidad de la fecundidad. En un principio se justificaba esta situación argumentando que era en beneficio de los propios hijos: si eran menos hijos les tocarían más recursos económicos, educativos y afectivos. Pero el costo fue más alto de lo esperado, pues conllevó separar el amor y la sexualidad.
Entonces nos encontramos que cada vez más personas llevan una vida sexual activa, pero sin importarles la dimensión afectiva. Fue un cambio muy gradual en el clima moral, como si se derritieran los polos de la tierra sin darnos cuenta. En las lenguas clásicas, ejercitar la capacidad sexual sin amor tiene un nombre “porneias” (en griego), “prostitutio” (latín). Pero hoy las sustituimos como si fueran un servicio comercial: “sexoservicio”, “sexoservidores”. Más aún, se habla del “turismo sexual” como si fuera un rubro de la economía. De modo que la economía de un lugar puede depender de que el sexo y el amor no tengan nada que ver. Y para rematar, ya se empieza a ver bien que el sexo se ejercite entre amigos (¿para qué contratar a alguien? ¿para qué hacer el trámite de un noviazgo?). ¿No será el momento propicio para considerar que hay cambio climático en la moralidad, que no nos favorecerá? Sólo la ética nos librará de la tragedia ecológica humana.
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
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