domingo, 2 de septiembre de 2007

Los contrasentidos del mes patrio

Luis-Fernando Valdés
Publicado el 2 de septiembre de 2007

Iniciamos el mes de la Patria, con una expectativa inusual sobre el llamado “ritual” del Informe del Presidente de la República. Lo demás sigue igual: vendedores de banderitas y rehiletes tricolores, preparativos de verbenas populares en las plazas… Pero ¿qué es lo que festejamos? ¿un lugar? ¿un evento? ¿unos héroes? Todos afirmamos con entusiasmo que somos mexicanos, pero quizá pocos nos detenemos a reflexionar qué significa celebrar a nuestra Patria.
Los humanos manifestamos nuestro amor hacia alguien realizando una fiesta. Tratamos de mostrar así que una persona tiene especial importancia para nosotros. Celebrar el cumpleaños con un sencillo pastel o con una fiesta de quince años, le expresamos a nuestro ser querido un mensaje muy claro: “es muy importante para mí que existas”. Festejamos a quien amamos. (Quizá por eso los “colados” a las fiestas caen bastante mal: a ellos no les importa la persona festejada, sino sólo el alcohol y la música).
Y si celebramos a la patria, es señal de que es una realidad muy especial para todos los que hemos nacido o hemos vivida en ella. Los clásicos relacionaban el amor a la patria con los vínculos familiares, y los expresaban juntos en una sola virtud: la piedad. Cicerón la definía como “aquella por la que se ofrece un servicio y culto diligente a quienes nos están unidos en la sangre y en el amor a la patria”. Y un gran Pensador medieval enseñaba que “así como pertenece a la religión mostrar el culto a Dios, en segundo grado pertenece a la piedad mostrar el culto a los padres y a la patria”.
El amor a la patria tiene sentido, ya que es similar al amor a los propios padres. En cierto modo, la patria es principio de nuestra existencia. Haber nacido y haber vivido en un lugar, haber sido acogidos y cuidados por determinadas personas nos marcan para siempre. Ese conjunto de vivencias forman parte de nuestra definición como humanos, de nuestra identidad, de nuestro modo de ser, de nuestro retrato interior. Son nuestro punto de referencia para toda la vida. Por eso, patria y padre tienen la misma raíz etimológica. Por eso, festejamos a nuestros padres y a la tierra donde nacimos.
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Tiene sentido hacer fiesta por la patria, porque es principio de nuestras experiencias vitales. En otras palabras, marco que encuadra las celebraciones de una nación es orden ético, que mira a que seamos mejores ciudadanos. Sin embargo, nuestro mes de celebraciones suele olvidar este punto de referencia. En la práctica, muchas de nuestros eventos septembrinos son más bien la exaltación de una preferencia política, o una ocasión de consumo y turismo.
Tomar ocasión de la patria para hacer publicidad político-partidista, sólo lleva la división y a un nacionalismo fanático. Se trata de una falsedad, porque las experiencias vitales no nos las han dado nuestras preferencias políticas, sino que nos han venido por tener comunión en historia, cultura, costumbres, lengua y, en ocasiones también, en religión.
Celebrar a nuestra Patria significa honrarla como se honra a los propios padres, respetarla como se respeta los propios progenitores. Es decir, sentirnos mexicanos sólo tiene sentido si nos comprometemos a respetar y honrar nuestras raíces comunes. Pero, ¿cuántos de los que irán a “dar el grito” se sentirán auténtica comprometidos a hablar mejor nuestra lengua castellana, a erradicar la corrupción, a respetar las leyes, a trabajar con eficacia, a estudiar con honradez, a conservar su familia unida?
Correo: lfvaldes@prodigy.net.mx
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