domingo, 28 de agosto de 2005

Benedicto XVI y los musulmanes

Luis-Fernando Valdés

Hoy día es frecuente constatar que muchas personas asocian el terrorismo a la religión islámica. Y además también es bastante usual considerar a los musulmanes como «fanáticos». Se trata de una generalización injusta. Este prejuicio quizá tardará tiempo en desaparecer.
¿Qué piensa Benedicto XVI sobre los islámicos? ¿Comparte este prejuicio? Lejos de tener una opinión peyorativa sobre esta religión, el Papa ha mostrada una actitud abierta. El pasado 20 de agosto, en Colonia, tuvo un encuentro con los representantes de las algunas comunidades musulmanes. En esta reunión el Papa mostró su apertura y comprensión hacia los creyentes del Islam. Esta actitud del Pontífice sirve de orientación para los que deseamos ser personas abiertas respecto a las creencias de los demás.
En primer lugar llama la atención que el Santo Padre los llama «queridos amigos». Y de inmediato les hace ver que no se trata de palabras huecas, de protocolo. Como es propio de los amigos, el Romano Pontífice les cuenta algunas de sus inquietudes. El Papa expresa que desea «compartir con vosotros mis esperanzas y haceros partícipes de mis preocupaciones, en estos momentos particularmente difíciles de la historia de nuestro tiempo».
Una de esas inquietudes es el terrorismo. En este tema, Benedicto XVI da muestra de tener un exquisito tacto hacia la sensibilidad de los musulmanes practicantes. Les comunica que el Papa reconoce que el terrorismo no se puede atribuir a la religión musulmana. Dirigiéndose a los líderes de las comunidades islámicas de Alemania, les dice: «sé que muchos de vosotros habéis rechazado con firmeza, y también públicamente, en particular cualquier conexión de vuestra fe con el terrorismo y lo habéis condenado claramente».
Es importante resaltar esta actitud de Benedicto XVI. El Papa manifiesta que el terrorismo no es un problema religioso. Es decir, no es la religión la que provoca la violencia. Son, más bien, algunos cuantos que, para su provecho personal o de pequeños grupos, usan la fe como tapadera de su fanatismo.
El Santo Padre se detiene en un aspecto que, pocas veces, se toma en cuenta: que los terrorista, lejos de desear un beneficio espiritual, en el fondo buscan destruir la convivencia entre las diferentes religiones. Su Santidad explica que «los que idean y programan estos atentados demuestran querer envenenar nuestras relaciones y destruir la confianza, recurriendo a todos los medios, incluso a la religión, para oponerse a los esfuerzos de convivencia pacífica y serena».
Pero Benedicto XVI no se conforma con manifestar su convicción de que el Islam no fomenta el terrorismo. Va más adelante. El Santo Padre desea fomentar la paz, tal como lo venía haciendo Juan Pablo II. Y en este esfuerzo el Papa Benedicto invita a los musulmanes, para que juntos busquen esa paz.
El punto de contacto propuesto por el Papa es el valor de la vida humana. Tanto la fe católica como las creencias islámicas profesan la convicción de que solamente Dios es el dueño de la vida. Sólo Dios puede otorgar la vida humana y, por lo tanto, sólo Él puede disponer de ella. Y a continuación hace una invitación a los musulmanes: «Si juntos conseguimos extirpar de los corazones el sentimiento de rencor, contrastar toda forma de intolerancia y oponernos a cada manifestación de violencia, frenaremos la oleada de fanatismo cruel, que pone en peligro la vida de tantas personas, obstaculizando el progreso de la paz en el mundo».
Qué gran ejemplo de apertura y concordia nos da Benedicto XVI. Podemos constatar que el nuevo Papa sigue de cerca el camino trazado por el gran Juan Pablo II.

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domingo, 21 de agosto de 2005

Benedicto XVI y los judíos

Luis-Fernando Valdés

Benedicto XVI sigue derribando con los hechos, los mitos que se le habían intentado atribuir. Una de esas invenciones afirmaba que durante su juventud, Joseph Ratzinger era antisemita. Hace dos semanas, durante la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa visitó la sinagoga de Colonia y mostró su aprecio y buena relación con el pueblo judío. Qué lejos de la realidad estaba aquel bulo.
El discurso que pronunció el Papa en esa ocasión, es un punto de referencia para entender cuál ha de ser la actitud de los católicos hacia los judíos. Esta actitud consiste en la solidaridad con el Pueblo de Israel ante el Holocausto sufrido durante la Segunda Guerra mundial, en reconocer la raíz judía del cristianismo, en la condena del antisemitismo y en la búsqueda del diálogo sincero entre católicos y judíos sobre cuestiones históricas aún discutidas.
Además, las palabras del Romano Pontífice señalan los motivos profundos de esa conducta amable y abierta de los católicos hacia el pueblo hebreo. Es muy importante subrayar este aspecto de su mensaje, porque aporta unas razones que son válidas para todo tiempo y lugar, de modo que garantizan que esa actitud favorable hacia los judíos no se interprete como una exigencia del momento actual o se limite sólo a lo que hoy se pudiera considerar «políticamente correcto». Se trata de argumentos que sirven tanto para releer el pasado como para tener en cuenta en el futuro.
Por razones de espacio, me limitaré a comentar sólo dos aspectos del discurso del Santo Padre: el Holocausto y el antisemitismo. Respecto a la Shoá, Benedicto XVI lamentó el intento, planeado y realizado sistemáticamente por el régimen nacionalsocialista, de exterminar el judaísmo europeo. Manifestó su profundo respeto por los «millones de judíos —hombres, mujeres y niños— [que] fueron llevados a la muerte en las cámaras de gas e incinerados en hornos crematorios» (Discurso, 19.VIII.2005).
Luego, el Papa expuso las razones profundas que guían la condena del Holocausto. El régimen nazi cometió este gran crimen porque era «una demencial ideología racista, de matriz neopagana». Este lamentable intento de exterminio del Pueblo judío tuvo su origen en el ateísmo. Cuando no se reconoce a Dios, inevitablemente se desconoce al hombre. Ésta es la dura enseñanza de la Shoá: «No se reconocía la santidad de Dios, y por eso se menospreció también el carácter sagrado de la vida humana» (ibidem).
Benedicto XVI continuó su discurso y —haciendo suyas las palabras del Concilio Vaticano II (Declaración Nostra aetate, n. 4)— deploró «los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona».
Esta actitud de respeto debe estar presente en la conducta de todo católico y de toda persona, porque todo ser humano ha sido creado a imagen de Dios (cfr. Génesis 1, 27). Ser imagen de Dios significa que todo hombre tiene una dignidad trascendente, que debe ser respetada por todos. Por ello, el Santo Padre afirma que «ante Dios, todos los hombres tienen la misma dignidad, independientemente del pueblo, cultura o la religión a que pertenezcan» (ibidem).
Con gran alegría hemos observado que Benedicto XVI guarda unas relaciones muy cordiales con el pueblo judío, y que con valentía denuncia las atrocidades perpetradas contra los hebreos. Y con admiración hemos visto que esta actitud del Papa es fruto de vivir coherentemente las enseñanzas del Evangelio y no un producto de la presión cultural.

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domingo, 14 de agosto de 2005

Necesitamos reformadores

Luis-Fernando Valdés

Nuestro País naufraga en el mar de la inseguridad y de la pobreza. Nuestra sociedad sufre continuamente frustraciones, y anhela nuevas esperanzas. Las compra al primero que las ofrece. Pero seguimos con los mismos problemas sociales y morales, junto con la pobreza y la inseguridad. Se necesita un cambio con urgencia. Necesitamos reformadores.
La historia del último siglo es un desfile de reformas fracasadas. ¿Acaso no les prometía Hitler a los alemanes una nación mejor, rica, con liderazgo? ¿Acaso no se comprometió Stalin a promover la libertad y a emancipar a los proletarios de su pobreza? Ni el nazismo ni el comunismo consiguieron la riqueza para su pueblo y, en cambio, llevaron a la esclavitud y a la muerte a millones de personas.
Ambas ideologías se presentaron como una esperanza, pero fallaron. Fracasaron porque pretendían constituirse como revoluciones verdaderas, pero en realidad eran sistemas totalitaristas. Benedicto XVI, con mucha agudeza, describe el fondo de todo totalitarismo, al explicar que éstos surgen cuando se toma un punto de vista humano y parcial como un criterio absoluto de orientación.
El Papa enseña que «la absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que le priva de su dignidad y lo esclaviza» (Discurso, 20.VIII.05). Ni la raza, ni la economía son absolutas, por eso fracasaron el nazismo y el comunismo.
¿Qué es lo que sí libera al hombre? «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico», explica el Romano Pontífice.
Y añade: «La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos, si no es el amor?» (ibidem).
Dios libera al hombre. Pero estas palabras no deben ser interpretadas como un «teocratismo», que es otro totalitarismo. Cuando la religión se absolutiza también cae en un totalitarismo, y en vez de dar una esperanza al hombre, termina por destruirlo.
La religión libera sólo cuando conocemos el verdadero rostro de Dios. Debemos cambiar nuestra idea sobre Dios. Sólo así lo aceptaremos. En este mundo, Dios no le hace competencia a las formas terrenales de poder. Dios es diferente. Y esto significa que para aceptarlo cada uno debe cambiar, y aprender el estilo de Dios, que no busca poder temporal.
Y ¿cómo se lleva a la práctica este cambio? Esto se consigue cuando aprendemos a acomodarnos al modo divino de ejercer el poder: Jesús ejerce su poder divino sirviendo a los demás. Hemos de convertirnos en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia, de la solidaridad.
¿No será un poco pretenciosa esta propuesta para el ciudadano de a pie? No lo es. Y la señal de que es una proposición viable la tenemos en la vida de quienes han logrado llevar una vida del modo justo y verdaderamente libre, siguiendo ese estilo de Dios. Ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas.
En todas las crisis de la historia, estas personas han sido los reformadores, que con su vida han ayudado a la humanidad a no caer en la desesperanza. Pensemos en Juan Pablo II. «Los santos son los verdaderos reformadores», afirma Benedicto XVI. Sólo de hombre y mujeres como ellos provendrá la verdadera revolución, porque sólo de Dios proviene el cambio decisivo del mundo.
Necesitamos reformadores, con urgencia.

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domingo, 7 de agosto de 2005

El Papa y los jóvenes

Luis-Fernando Valdés

Hoy concluye la Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Colonia. Nos ha dejado una grata impresión de Benedicto XVI, quien mostró una gran capacidad de penetrar tanto en las alegrías y esperanzas como en las preocupaciones e inquietudes de millares de jóvenes.
Quizá para algunos, este evento sería una prueba para el carisma del Papa. Deseaban comprobar si las cualidades de Benedicto XVI tendrían la misma capacidad de convocatoria que la personalidad de Juan Pablo II. Pero lo que hemos visto en la televisión y hemos leído en los medios impresos nos ha llevado a otra concepción de la Jornada de la Juventud. En efecto, hemos contemplado que los jóvenes han ido a Alemania, no a buscar un líder carismático, sino una respuesta para sus vidas.
El Papa es consciente de que hoy día la religión católica tiene una imagen deformada ante la juventud. Y lejos de ser un motivo de esperanza, para muchas personas la fe se presenta como una carga muy pesada. Por eso, el Romano Pontífice se propuso mostrar, durante estas Jornadas de la Juventud, el rostro amable del cristianismo.
Tres días antes de viajar a Alemania, Benedicto XVI declaró: «Quisiera mostrarles [a los jóvenes reunidos en Colonia] lo bonito que es ser cristianos, ya que existe la idea difundida de que los cristianos deben observar un inmenso número de mandamientos, prohibiciones, principios, etc., y que por lo tanto, el cristianismo es, según esta idea, algo que cansa y oprime la vida y que se es más libre sin todos esos lastres» (Entrevista, 15.VIII.05).
¿Cómo respondió el Santo Padre a esta inquietud profunda de los jóvenes? ¿Qué posibilidades ofreció para que cada joven pueda responder a los problemas profundos de su vida, sin sentir la religión como un peso difícil de llevar?
La respuesta de Benedicto XVI consistió en llamar al corazón de los jóvenes. Para acceder a ese centro íntimo de cada persona, el Romano Pontífice invitó a los participantes de la Jornada Mundial a plantearse las cuestiones fundamentales de sus vidas. El Papa les animó a preguntarse con valentía: «¿dónde encuentro los criterios para mi vida? ¿De quién puedo fiarme; a quién confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos de mi corazón?» (Mensaje, 18.VIII.05).
Una vez sembrada esta inquietud, les explicó que «hacerse estas preguntas significa buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso, también morir por ella» (ibidem). Para dar una respuesta a las preguntas más importantes de nuestra vida, es necesario abrirnos a un Ser superior.
¿Y quién es ese Alguien, capaz de llenar las aspiraciones del corazón? El Papa respondió: «Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho a saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad» (ibidem).
Y de inmediato salió al paso del natural temor de abrir la propia vida a Dios. Nuestra época ve a Dios como a un intruso que nos quiere arrancar la propia personalidad. Y por eso, el Santo Padre añadió: «Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada —absolutamente nada— de lo que hace la vida libre, bella y grande. (...) Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo» (ibidem).

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