domingo, 24 de abril de 2011

La resurrección, ¿metáfora o realidad?


Año 7, número 312
Luis-Fernando Valdés

Celebramos el Domingo de Pascua, culminación de la Semana Santa. Conmemoramos que Jesús de Nazaret, que murió crucificado, está vivo. Esta afirmación no deja de ser un gran reto a la razón… y al corazón. ¿De verdad resucitó?

Benedicto XVI durante la Vigilia Pascual,
23 abril 20011. (Foto: L'Avvenire)
La resurrección de Jesús es el hecho clave, que da fundamento a todo el cristianismo. San Pablo lo dice con toda claridad: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana también es la fe de ustedes (…) Si Cristo no ha resucitado, vana es la fe de ustedes, todavía están ustedes en sus pecados” (1 Corintios 15, 14.17).

El mismo Pablo enseña las razones por las cuales cree en la resurrección de Cristo: lo vieron los Apóstoles y luego Jesús mismo se le apareció a él. Afirma que Jesucristo “fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que fue visto por Cefas [San Pedro], y después por los Doce. Posteriormente se dejó ver por más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven todavía, y algunos ya han muerto. Luego le vio Santiago, y después todos los apóstoles. Y en último lugar, como a un abortivo, se me apareció a mí también” (1 Corintios 15, 4-8).

Esta convicción en que Jesús ha vuelto a la vida ha llegado a los cinco continentes. Millones de personas invocan a Cristo como Dios y Salvador, y miles y miles han derramado su sangre por confesar su fe en Jesucristo.

Sin embargo, la resurrección no es un hecho histórico como los demás. De manera que no es tan fácil creer en él. El Evangelio mismo nos relata que, en el grupo que vio al Resucitado, “algunos vacilaron” (Mateo 28, 17). El entonces Card. Ratzinger reconocía que “el mensaje de la resurrección va acompañado una y otra vez por la duda y es discutido, aunque sea un mensaje triunfal que ahuyenta la duda” (“Dios y el mundo”, 2000, p. 317)

Ahora como Benedicto XVI, en su reciente libro “Jesús de Nazaret” (vol. II), retoma con valentía la cuestión. Explica que los creyentes de hoy quisiéramos preguntarle a Jesús resucitado, “¿por qué no les has demostrado [a tus enemigos] con vigor irrefutable que tú eres el Viviente, el Señor de la vida y de la muerte? ¿Por qué te has manifestado sólo a un pequeño grupo de discípulos, de cuyo testimonio tenemos ahora que fiarnos?” (p. 320).

Y la respuesta del Papa-Teólogo es brillante, porque, por una parte, se inserta fielmente en la lógica del texto bíblico, y por otra, entiende y respeta la dificultad de creer en un hecho tan especial como la resurrección de Cristo. Lo atractivo de su propuesta es que pone en primer lugar el amor de Dios al hombre, y el respeto de Dios a la libertad de cada persona para creer o no.

Escribe el Santo Padre: “Es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta. (…) Se hace hombre, pero de tal modo que puede ser ignorado por sus contemporáneos (…). Padece y muere y, como Resucitado, quiere llegar a la humanidad solamente mediante la fe de los suyos, a los que se manifiesta. No cesa de llamar con suavidad a las puertas de nuestro corazón y, si le abrimos, nos hace lentamente capaces de ‘ver’ ” (p. 321).

Y su conclusión es realmente digna de reflexión: “Pero ¿no es éste acaso el estilo divino? No arrollar con el poder exterior, sino dar libertad, ofrecer y suscitar amor” (p. 321). Podríamos añadir que no se trata tanto de esperar una prueba empírica para creer, como de que cada uno confíe en su propia capacidad interior para percibir la verdad de este hecho, no a través de evidencias científicas, sino a través de la invitación al amor.

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domingo, 17 de abril de 2011

Estrategia incompleta


Año 7, número 311
Luis-Fernando Valdés

La crisis social de nuestro País parece que no ha tocado fondo. Siguen los recuentos de cadáveres en fosas clandestinas. Continúan las inculpaciones mutuas entre el Gobierno Federal y los Gobiernos estatales. Se acusan de que las tácticas para combatir la violencia no han sido eficaces. Quizá sea la hora de cuestionarse si esas estrategias son “completas”.

La batalla contra el narcotráfico tiene muchos frentes: policial, militar, legislativo, económico y mediático, entre otros. Cada uno de estos aspectos es claramente importante, y en este momento sería arriesgado prescindir de alguno de ellos. Sin embargo, es necesario insistir en los aspectos relacionados con la educación de los ciudadanos, porque ahí está la raíz del problema.

Hay un factor clave que se pasea desapercibido en nuestra sociedad y que es un importante responsable de la actual crisis social. Se trata del individualismo. La cultura contemporánea nos ha inculcado que nuestro nuestra vida y nuestras acciones personales no tienen nada que ver con los demás; se nos ha enseñado que podemos vivir de cualquier manera, “siempre y cuando no dañemos a un tercero”.

Sin embargo, la realidad misma nos lleva a darnos cuenta que nuestras vidas están interrelacionadas y que, aunque no lo queramos aceptar, nuestras acciones –incluso las más privadas– sí afectan a los demás. Pongamos de ejemplo el tema que hoy nos atañe: cuando una persona decide consumir drogas, aunque lo haga en su casa y sin dar problemas a nadie, ese acto implica “oferta y demanda” de drogas, y esto a su vez requiere de un mercado, de unos productores y de unos distribuidores: ese “consumo privado” requiere de… unos narcotraficantes.

Pero ese “placer privado” provocado por las drogas tiene más consecuencias. Como hay narcotraficantes, hay personas que sufren extorción, tortura y muerte. Como todo eso es delito, hay que perseguir a los criminales, y esto ha generado miles de policías y militares muertos… y esto ha traído miles de viudas y huérfanos.

De manera que esa “acción privada” tiene bastante de responsabilidad en esta crisis social. Y podemos añadirle más agravantes: el dinero con que se pagó un simple cigarrito de marihuana se convirtió en el financiamiento de la bala que ayer mató a un ser humano.

Hay una virtud humana –de la que el cristianismo ha sabido destacar su importancia– que nos ayuda a salir del encerramiento en nosotros mismos, y que nos enseña que somos responsables de mucho de lo que afecta a los demás. Es la solidaridad.

La solidaridad, aunque las incluye, no se reduce a dar limosnas o a acciones de voluntariado. Se trata de la convicción personal de que –por naturaleza– pertenezco una amplia comunidad (familiar, local, nacional e internacional), y que por eso mi vida personal repercute a favor o en contra de los demás, de los que no me puedo desentender.

Hace falta inculcar en cada ciudadano el hábito de pensar en las repercusiones de sus actos. Desde mantener limpias nuestras ciudades, hasta perdonar para mantener unidas las familias. Si realizamos nuestras acciones –incluso las más privadas– con sentido de la solidaridad, notaremos que sí podemos contribuir al mejoramiento de nuestra sociedad.

La estrategia para combatir el narcotráfico (y cualquier otro problema social) nunca estará completa, mientras no se eduque a cada ciudadano para ser solidario, para saberse responsable de la vida y del bienestar de los demás. Si hemos conseguido establecer una “cultura ecológica”, ¿por qué no podemos edificar una “cultura solidaria”?

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domingo, 10 de abril de 2011

Hacia un mundo “transhumano”


Luis-Fernando Valdés

Ateos y creyentes se reunieron recientemente para dialogar, en la sede de la UNESCO en París. El filósofo francés Fabrice Hadjadj expuso la noción de lo “transhumano”, que resultó ser una denuncia de la ideología de la UNESCO y de sus fundadores, precisamente en la sede de la organización y en presencia de sus dirigentes. ¿Qué encierra lo “transhumano”, que puede ser una amenaza para el hombre mismo?

El pasado 24 de marzo, fue inaugurado el primer encuentro entre creyentes y no-creyentes, organizado por la Santa Sede y la UNESCO. Con el título de “Patio de los gentiles”, la reunión fue co-presidida por Irina Bokova, Directora general de esa dependencia de la ONU y por el Cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura.

El escritor y filósofo francés Fabrice Hadjadj
(foto: wikipedia.org).
La conferencia principal corrió a cargo de Fabrice Hadjadj, de origen hebreo, de padres tunecinos (y por eso de apellido árabe), que está casado con la actriz Siffreine Michel y que es padre de cuatro hijos. Tras haber sido ateo y anarquista, y haber sostenido una actitud cultural nihilista, en 1998 se convirtió al catolicismo.

Hadjadj habló de las nociones de “transhumanizar” y de “transhumanismo”, en el sentido de la famosa frase de Pascal: “El hombre supera infinitamente al hombre”. Explicó que estos conceptos se pueden entender de dos maneras opuestas.

Por una parte, el clásico italiano Dante Alighieri, en la “Divina Comedia” emplea el término “transhumanizar” para hablar del mundo sobrenatural en el que reside la alegría que buscamos. Por otra, el biólogo Julian Huxley, hermano de Aldous Huxley y primer director general de la Unesco, acuñó la palabra “transhumanismo” para referirse al eugenismo biológico, buscando la redención del hombre a través de la técnica.

Entonces, el conferencista se cuestiona: “¿Pero cómo se realiza el “trans” de lo transhumano? ¿Con la cultura y la apertura a lo trascendente? ¿O con la técnica y la manipulación genética? (…) Ésta es mi simple pregunta: ¿debemos tomar como guía a Julian Huxley o debemos tomar a Dante? ¿La grandeza del hombre está en la facilidad técnica de vivir? ¿O bien está en esta laceración, en esta apertura que es como un grito hacia el Cielo, en esta apelación hacia lo que nos trasciende realmente?”

De esta manera, Hadjadj toca el punto central de la discusión contemporánea entre la ciencia y la fe: ¿Quién puede llevar al hombre a la verdadera felicidad? Unos dirán que la ciencia y el avance tecnológico pueden aportar tal bienestar que el hombre sería necesariamente feliz. Otros, como Hadjadj, nos hacen ver que, si el ser humano no tiene además una posibilidad de buscar la respuesta en lo espiritual y en lo religioso, el hombre cae en un tremendo drama interior.

Por eso, este pensador subraya que el diálogo entre creyentes y no creyentes consiste en “plantear la cuestión del hombre, reconocer lo que constituye su especificidad, que no es la de ser un súper-animal más poderoso que los demás, sino la de ser este receptáculo que acoge a toda criatura con amor, para devolverla, con la palabra, con la oración y con la poesía hacia su fuente misteriosa”.

Esta reflexiones también son válidas en nuestra cultura. La respuesta a las inquietudes más íntimas del hombre no están en él, sino más allá de él: en lo transhumano. Pero ese “trans” puede acabar con el ser humano mismo, si se enfoca solamente desde la economía o la biología. Por eso, el nuevo mundo de paz que anhelamos deberá estar necesariamente abierto al mundo de la fe.

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domingo, 3 de abril de 2011

El doble legado de Juan Pablo II

Año 7, número 308

Luis-Fernando Valdés

Ayer se cumplieron seis años del fallecimiento de Juan Pablo II. A un escaso mes de que sea beatificado, vale la pena hacer un recuento de su legado a México. Entre los recuerdos que nos suscita este gran Pontífice, ¿hay algo más que emociones?

Fueron cinco inolvidables viajes los que el Papa Wojtyla realizó a nuestro País. En el primero de ellos (enero 1979), el recién elegido y joven Sucesor de Pedro nos mostró su gran presencia y su devoción a la Virgen de Guadalupe. En el último, vimos a un Pontífice enfermo, que vino a canonizar al indio Juan Diego. Millones de personas lo saludamos por las calles, y prácticamente toda la República estuvo pendiente de la televisión, que transmitía este viaje en vivo durante todo el día.

Juan Pablo II con un niño indígena,
durante su primer viaje (1979).
Fue un Papa que vino a nuestra Patria a ganarnos el corazón. Tocó las emociones más íntimas de los mexicanos: “México, siempre fiel” (1979); “México saber rezar… pero sobre todo, México sabe gritar” (1990).  Y su cariño por nuestra Nación se desbordó en su despedida del viaje del 2002: “Al disponerme a dejar esta tierra bendita, yo quiero repetir lo que dice una canción popular en lengua española: ‘Me voy pero no me voy, de corazón me quedo; me voy pero no me ausento, de corazón me quedo’. México, México lindo, que Dios te bendiga.”

Pero Juan Pablo II fue un santo muy completo: muy humano y muy divino; un atleta, un intelectual y un místico. Por eso, supo tocar tanto la fibras del corazón humano como desafiar a la razón y darle argumentos sólidos. Este aspecto intelectual fue el primordial de tarea como Pontífice, porque solamente con carisma no habría podido guiar al Pueblo de Dios que es la Iglesia, ni tampoco habría podido ser “la voz de los que no tienen voz”.

Así descubrimos que la herencia espiritual del Papa Wojtyla para México no sólo estaba en su carisma y su amor, que nos hicieron vibrar, sino también en el contenido de sus homilías, discursos y mensajes.

Aunque nuestros recuerdos “vivenciales” de Juan Pablo II siempre acudirán espontáneamente a nuestra mente, también es muy importante no olvidar sus enseñanzas, pues éstas constituyen el núcleo de lo que él nos quiso legar a los mexicanos.

El contenido de sus mensajes y homilías de los cinco viajes abarca prácticamente todos los temas de la vida personal y social de los cristianos: fidelidad a Dios y a la Iglesia; la necesidad de un encuentro personal con Cristo mediante la conversión; el sentido de la propia existencia que sólo se encuentra en Cristo y el servicio a los demás; el valor sagrado de la vida humana y el gran crimen que es el aborto; la defensa de la familia; la dignidad del trabajo y el respeto que merecen los trabajadores; la atención y respeto a los pobres y a las comunidades indígenas…

¿Cómo se podrían resumir las enseñanzas de Juan Pablo II a México? En una palabra: fidelidad. “El Papa quiere hablaros hoy de algo que es, y debe ser más, una esencia vuestra, cristiana y mariana: la fidelidad a la Iglesia. (…) Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más intimo de la fidelidad. (…) Esa fidelidad que el Papa se complace en descubrir y que espera del pueblo mexicano. De mi Patria se suele decir: Polonia semper fidelis. Yo quiero poder decir también: ¡Mexicum semper fidele, siempre fiel!” (Homilía del 26.I.1979).


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