domingo, 26 de septiembre de 2010

Card. Newman: ciencia y fe en armonía

John Henry Newman (1801-1890), Fellow de Oxford, anglicano converso al catolicismo, fue beatificado por Benedicto XVI, el pasado 19 de septiembre.

Luis-Fernando Valdés

No puedo dejar de escribir sobre un personaje que me es especialmente grato: John Henry Newman (1801-1890); ni tampoco puedo desaprovechar que su figura ha aparecido en los medios para hacer un comentario sobre el tema que más me apasiona: la relación entre la razón y la fe.
El Cardenal Newman, beatificado el pasado 19 de septiembre por Benedicto XVI, es un modelo de intelectual de alto nivel, que se empeñó en buscar y encontrar la armonía entre el conocimiento científico y la revelación, que el pensamiento moderno perdió.
En la homilía de la ceremonia de beatificación del gran intelectual inglés, el Papa destacó que las intuiciones de Newman “sobre la relación entre fe y razón, sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad civilizada (…)  fueron de gran importancia”, y “hoy también siguen inspirando e iluminando a muchos en todo el mundo”.
En nuestros días, al igual que durante la vida del Cardenal inglés, la oposición entre ciencia y fe es un tema que exige buscar soluciones, porque sin armonía entre la razón que busca certeza y el corazón que anhela a Dios es difícil ser feliz.
Newman explicaba que no puede haber conflicto entre ciencia y fe, porque tanto la Naturaleza como la Revelación son obra del mismo Autor. Cuando surge un conflicto entre ambas, éste procede más bien de las personas.
En un discurso titulado “Cristianismo y Ciencia Física”, el Card. Newman buscó la conciliación entre estos dos tipos de saberes. Explica que hay dos mundos, el natural, cognoscible a través de los medios naturales, y el sobrenatural, conocido gracias a la Revelación. Aunque coinciden en algunos aspectos, son dos mundos separados y, por eso, no pueden entrar en contradicción.
La teología, como “filosofía del mundo sobrenatural” y la ciencia, como “filosofía del mundo natural”, resultan incomunicables y, por eso, no pueden entrar en colisión en sus ideas y respectivos campos. Entonces habría que encontrar formas de conexión en lugar de necesidad de conciliación.
El Profesor de Oxford explica que los conflictos aparentes entre ciencia y doctrina católica tienen un carácter puramente aparente y temporal, y esto lo expresa en tres sentencias: 1) la verdad no puede estar en contradicción con la verdad; 2) con frecuencia la verdad parece estar en contradicción con la verdad; y 3) es necesario ser paciente con estas apariencias y no precipitarse en el juicio. De este modo no cabe sorprenderse que, al comparar los datos científicos y los datos de fe, aparezcan discrepancias en algunos momentos.
Otra enseñanza muy actual de John Henry Newman consiste en superar la tentación del fideísmo. Se daba cuenta que bastantes personas que se entusiasmaban excesivamente por el progreso de la técnica y querían a seguir siendo hombres devotos, terminaban por caer en el refugio cómodo del fideísmo.
Ante esa disyuntiva, Newman consideró una cobardía optar por una fe que no buscara la armonía con las realidades que la ciencia explicaba de manera contundente. Lo difícil era dialogar, y ése fue el camino que siguió.
Hoy día necesitamos seguir este ejemplo. Nuestro México Bicentenario se ha constituido sobre la base de la disyuntiva: la fe o la razón, la utopía social o la praxis política; y muchos cristianos parecen haber optado por la fe y la caridad, renunciando a la razón y al compromiso social. La vida y el pensamiento del Beato Newman nos empujan a no ceder ante el dilema y entablar con gran esfuerzo el diálogo que lleve a la armonía.
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domingo, 19 de septiembre de 2010

Nuevos tiempos para el laicismo

 Luis-Fernando Valdés

Benedicto XVI acaba de realizar una importante visita de Estado a Gran Bretaña, invitado por la Reina Isabel II. En 1533, el Rey Enrique VIII se proclamó cabeza de la Iglesia de Inglaterra y rompió con Roma. Ahora el Papa fue recibido con honores de Jefe de Estado, pero ¿qué significado tiene para el resto del mundo la visita pontificia a Inglaterra y Escocia?
El Papa Ratzinger viaja pocas veces al año, pero cada visita papal está cargada de significado, como una especie de “parábola”, porque los encuentros y reuniones que ahí se realizan encierran un mensaje profundo.
En este viaje a gran Bretaña, el Papa busca consolidar el ecumenismo, y también hacerse escuchar por quienes proponen el laicismo como condición de vida social. Pretende mostrar que la sed de Dios sigue presente en toda persona, incluso en las que viven en países de elevado nivel cultural y económico.
El laicismo sostiene que Dios ya no está más en la vida de la sociedad occidental. No pocos medios de comunicación respaldan esta tesis, dejando sin transmitir noticias de este viaje. Pero la presencia de Benedicto XVI se impuso a las especulaciones. El Pontífice fue recibido por decenas de miles de personas. “El Papa abraza a Londres”, fue el titular de The Times; “Multitudes reciben al Papa”, publicó la BBC. De manera que los hechos muestran que hoy sigue habiendo interés por escuchar sobre la fe.
 Portada del rotativo londinense "The Times": "El Papa abraza a Londres".

El viernes 17, segunda jornada del viaje, el Santo Padre reflexionó sobre “el lugar apropiado de las creencias religiosas en el proceso político”. Expresó que “el papel de la religión en el debate político (…) ayuda a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos”.
Añadió que “sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías”, y citó los casos de la trata de esclavos y de las tiranías del s. XX.
Animó a que el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas dejen de lado el “miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización”. Y afirmó que “la religión no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribución vital al debate nacional”.
Benedicto XVI externó su preocupación por “la creciente marginación de la religión, especialmente del cristianismo, en algunas partes, incluso en naciones que otorgan un gran énfasis a la tolerancia”, y denunció que “hay algunos que desean que la voz de la religión se silencie, o al menos que se relegue a la esfera meramente privada”.
De esta manera, el Papa envía un mensaje al mundo: cuando la religión está en armonía con la razón, y cuando la razón está iluminada por la fe, ambas son un factor decisivo para hacer más humano la mundo, y para tutelar la dignidad de cada persona.
Y casi como una respuesta “ante litteram” a esta propuesta de Bendicto XVI, el Primer Ministro británico, David Cameron, en un artículo publicado un día antes, afirmó: “Quizás no siempre estemos de acuerdo con la Santa Sede, pero eso no debe impedir que reconozcamos que el mensaje general de ésta puede ayudar a plantearnos preguntas sobre nuestra sociedad y la forma en que nos tratamos nosotros mismos y a los demás”. [Ver artículo del Premier Cameron]
Se auguran así nuevos tiempos, en los que la propuesta ética y social de las religiones –en este caso de la Iglesia católica– sea considerada como parte de la riqueza de una nación y tenga acogida en los foros políticos, que realmente buscan la realización de cada hombre.
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domingo, 12 de septiembre de 2010

200 años de ¿esperanza?

Luis-Fernando Valdés

Hace doscientos años sonaron las campanas de la Iglesia de Dolores, Guanajuato. Pero hoy la esperanza ya no resuena tanto en los corazones de los mexicanos. Daremos “el grito” y acudiremos al desfile, pero ¿por qué no hay una profunda alegría en el ánimo de todos?
 
La Campana de Dolores Hidalgo, considerada un símbolo patrio. En la imagen: una réplica fiel.

Con motivo de este Bicentenario, hay una pregunta que da cierto temor formular: ¿nos sentimos plenamente orgullosos de ser mexicanos? La respuesta puede ser tan profunda como se guste, pero vayamos a lo que indica el sentido común.
Una persona está contenta con su nación, cuando ésta le brinda raíces, de manera que  esa persona se sabe y se siente parte de una historia, de una tradición, de una lengua, de unas creencias.
Pero en México hemos crecido con raíces deficientes, porque nos han enseñado la historia según la ideología dominante de turno, y no tenemos claro nuestro pasado. Por eso, ¿quién se siente heredero de los mexicanos del siglo XVIII?
Las personas están orgullosas de su país cuando tienen un ideal común, que los une y les da sentido de pertenencia, que les da un sentido de misión compartida por todos. Pero en nuestra patria, hoy no está claro lo que nos une, pues no hay un proyecto de nación, por el que todos los mexicanos vibremos.
Vemos, en cambio, un abismo entre los políticos y los ciudadanos de a pie. La estructura familiar ya no es un valor común, ni tampoco lo son las virtudes humanas básicas: la justicia, la veracidad, la honestidad. Es duro afirmar, en ese sentido, que hay “muchos Méxicos”, porque no hay un México común.
Por estas razones –raíces desconocidas y falta de unidad– y otras más, es difícil que los mexicanos estemos plenamente felices, y es complicado que tengamos certeza sobre nuestro futuro.
¿Qué se puede hacer ante este panorama? –Debemos fomentar la esperanza.
La esperanza verdadera proviene de una visión trascendente de la historia, es decir, de la convicción de que la historia tiene una explicación que permite superar lo efímero de los acontecimientos diarios.
Esa explicación de la historia se apoya en dos elementos: en una visión sobrenatural de la historia (“este mundo no se explica a sí mismo, sino que Dios debe estar detrás, y Él hará justicia y nos dará la paz”), y en un sentido de misión común (“nuestra Patria juega un importante papel moral en el conjunto de las naciones”).
Curiosamente, ésa era la visión de los mexicanos de finales del s. XVIII; ésa era la mentalidad de Hidalgo, Morelos, Guerrero e Iturbide. Creían en que Dios, mediante la aparición de la Virgen de Guadalupe, le había dado a México un papel singular entre el resto de los países (una especie de “destino manifiesto”). Se sentían orgullosos de su País, y ese espíritu los llevó a realizar la gesta que celebramos.
Cada 16 de septiembre debería ser la ocasión para conectarnos de la mentalidad de los fundadores de nuestra Nación (incluidos los del s. XVI), de renovarnos en la misión común de nuestro Pueblo, para sentirnos orgullosos de ser hijos de este País.
Por eso, este Bicentenario nos deja con una tarea muy ardua, que la debemos sacar adelante los ciudadanos, no sólo los gobernantes: conocer nuestra historia penta-centenaria y reconciliarnos con ella; retomar los valores morales profundamente humanos y cristianos que la han iluminado; y, desde nuestro presente plural, iniciar un proyecto de nación común a todos. Ojalá que el repique de las campanas del próximo día 16 nos enlace con aquella visión de la historia de los Padres de la Patria, pues eso sí nos llenará de esperanza.
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domingo, 5 de septiembre de 2010

Heridas bicentenarias

Luis-Fernando Valdés

Una de las voces que no se había pronunciado oficialmente sobre el Bicentenario es la Iglesia Católica. Recientemente lo acaba de hacer, mediante una Carta Pastoral, el pasado día 1 de septiembre. En un País plural como México, ¿qué puede aportar la Iglesia para todos los mexicanos en este aniversario ? 

Esta Carta del episcopado puede ser una sorpresa para quienes miran aún a la Iglesia con los paradigmas del s. XIX, como si esta Institución buscara retornar a la época Virreinal. Pero este documento no habla de volver al pasado (tradicionalismo), que sino que busca discernir cuál fue la participación de la Iglesia en la Independencia y la Revolución, cuál ha sido su servicio a la Nación, para retomar con vigor los retos y desafíos de hoy, con una firme esperanza en el futuro (cfr. nn. 6 y 139).
Para la elaboración de la Carta, se contó con la opinión de historiadores profesionales, y así se pudo ofrecer una visión de la historia muy equilibrada, en la que se observa el papel positivo de la Iglesia (cfr. nn. 8-58), y se destaca con respeto el papel del Cura Hidalgo y del Padre Morelos y se aclara el tema de sus excomuniones (cfr. nn. 15-16 y 33-38).
El escrito pastoral tiene una excelente cimentación histórica, antropológica y teológica. Y desde ahí aborda los temas del presente de nuestro País (cfr. nn. 60-90), con un gran sentido de la pluralidad, pues la Iglesia entiende que en nuestra Patria, hoy día, convivimos personas de diversos credos y convicciones.
Entre las múltiples aportaciones para afrontar la actual crisis social, destaca una, en la que brilla el espíritu cristiano: la reconciliación nacional (cfr 129-135). Disculpar nunca es fácil, pero como la fe cristiana está fundada en la reconciliación del hombre con Dios y de los hombres entre sí, la doctrina católica puede ser un elemento catalizador de la reconciliación nacional.
La propuesta del documento del episcopado incluye la reconciliación de nuestras raíces tanto indígenas como españolas; la reconciliación de las diversas etapas de nuestra historia (sin excluir ni el Virreinato, ni el momento actual de transición hacia una mayor democracia) (cfr. n. 129).
A la vez, este escrito propone la “reconciliación entre las distintas formas de pensar, erradicando fundamentalismos laicistas o las intolerancias religiosas de cualquier signo”. También propone la “reconciliación entre las diversas clases sociales, superando el desprecio y la desconfianza de unos y otros para buscar el desarrollo de todos, sin injusticias ni discriminaciones” (cfr. n. 130).
El documento señala que después de la Independencia ha habido una gran enfrentamiento ideológico que “dividió al País y nos llevó a rencores casi insuperables”, y que ese mismo fenómeno sucede en la política actual: “por la intolerancia política de unos y la falta de compromiso de otros” ha vuelto a resurgir la discordia que paraliza el progreso. Por eso, “sin una reconciliación política basada en el diálogo, el reconocimiento de los adversarios ideológicos y el respeto de las instituciones, no hay progreso posible” (cfr. n. 130).
Esta Carta Pastoral puede significar un nuevo hito en la historia de la Iglesia en México, porque se reconcilia con la historia y aporta los elementos específicamente cristianos que pueden ayudar a la sociedad. Si se estudia el contenido del documento –que es realista e incluyente–, desde ahora la Iglesia católica puede ser una voz importante, en el diálogo por la reconciliación nacional.
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