miércoles, 29 de abril de 2009

Luces contra la pena de muerte

Luis-Fernando Valdés

Desde hace años, el Coliseo romano se ilumina cada vez que se deroga la pena capital en algún lugar o se evita una ejecución en el mundo, así como cada 30 de noviembre, cuando se celebra la Jornada Internacional contra la Pena de Muerte. La noche del pasado Miércoles Santo (15 de abril), las luces del célebre monumento fueron encendidas porque el estado de Nuevo México (EUA) abolió este tipo de condena.
El 13 abril pasado, el Senado de Nuevo México votó por la derogación de la pena capital, después de que la cámara baja votara a favor de esa propuesta de ley. Cinco días más tarde, Bill Richardson, gobernador de ese estado anuló la pena de muerte. La Conferencia Episcopal de Estados Unidos expresó que esta medida “ayudaría a construir la cultura de la vida en nuestro país”. Además, el gobernador fue recibido por el Papa Benedicto XVI, el día de la ceremonia de iluminación del Coliseo.
En ese país de América del Norte, la pena de muerte se viene practicando, desde que fue vuelta a autorizar por la Corte Suprema en 1976. Por eso, la decisión de abolir la pena de muerte en Nuevo México, es una importante señal del creciente rechazo a la violencia como medio para frenar el crimen.
Ha sido muy largo el proceso que ha seguido la cultura occidental para oponerse a la pena capital. Ésta ya estaba presente en el derecho romano y, por eso, los cristianos podían hacer poco para erradicarla. Con el paso del tiempo, la Iglesia llegó a un cierto compromiso con el Estado, con el llamado “derecho de intercesión”, mediante el cual, por oficio, el Papa o el obispo del lugar intercedían por el reo de muerte, para que se le conmutara la pena. Este “abolicionismo pastoral” funcionó hasta la edad media.
Federico Barbarroja (1122-1190), fue el primero que rompió definitivamente este pacto. Esta situación fue justificada por teólogos y canonistas con una fórmula más bien hipócrita, que afirmaba que la Iglesia no puede –pero el Estado sí– instituir y eventualmente aplicar la pena de muerte. Desde entonces y hasta muy avanzado el siglo XX, la Teología católica daba por hecho que el Estado tenía derecho castigar con pena de muerte los casos extremos. Incluso en la primera versión (1992) del “Catecismo de la Iglesia Católica” (n. 2266), se aceptaba que el Estado tenía la autoridad para aplicar esta pena, en caso de gravedad extrema, aunque se pedía ya que sólo se dieran penas conformes a la dignidad de la persona.
Fue hasta 1995, cuando la Iglesia dio un giro a la posición anterior, con la publicación de la Encíclica “Evangelium Vitae” de Juan Pablo II. En el n. 56, el Papa Wojtyla explica que en la sociedad de hoy son prácticamente inexistente los casos en que fuera necesario eliminar al reo, para preservar la paz de la sociedad. Con esta doctrina, se modificaron los nn. 2266 y 2267 del “Catecismo”, que ahora dice que si bastan los medios incruentos para defender a la sociedad del agresor, o para volverlo inofensivo, ya no hace falta quitarle la vida al criminal peligroso.
Promover hoy la pena de muerte en nuestro País carece de sentido. Por una parte, es promovida como una especie de “venganza legal”, la cual atropellaría el derecho humano a la vida, aunque sea la de un criminal; y además envilecería a quienes la pidan para los agresores de sus familiares, pues la venganza deshumaniza al hombre, y se opone frontalmente al principio cristiano que afirma que el amor no excluye a los enemigos (cfr. Mateo 5,43-48).
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domingo, 26 de abril de 2009

Discriminación

Luis-Fernando Valdés

El escándalo provocado por el Presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, el pasado 20 de abril, en Ginebra, dio la vuelta al mundo. Durante la Conferencia de examen de la Declaración de Durban de 2001 contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y la relativa intolerancia, organizada por Naciones Unidas, Ahmadineyad calificó de racista a la política de Israel en los territorios palestinos. De inmediato, la reunión fue boicoteada, pero el problema de la discriminación sigue ahí. ¿Cómo eliminarla o reducirla?
La Declaración de Durban reconoce que “todos los pueblos y las personas forman una familia humana, rica en diversidad, que han contribuido al progreso de la civilización y de las culturas que constituyen el patrimonio común de la humanidad. La promoción de la tolerancia, del pluralismo y del respeto puede conducir a una sociedad más inclusiva”.
Tristemente, es un hecho que el racismo y la intolerancia actualmente afectan todavía a niños, mujeres, afro-descendientes, emigrantes y a poblaciones indígenas, en todo el mundo. Los extranjeros son rechazados con demasiada frecuencia, hasta el extremo de que se cometen actos bárbaros contra ellos, que van desde la negación del empleo hasta el genocidio y la llamada “limpieza étnica”.
Pero las antiguas formas de discriminación han dado lugar a otras nuevas: mujeres y niños son víctimas del tráfico, el cual es una forma moderna de esclavitud. Además, se abusa de los inmigrantes ilegales, pues son infra-remunerados por un jornadas laborales superiores a las 8 horas, y con frecuencia son excluidos de servicios básicos de salud, educación, etc.
Otra forma reciente de discriminación es la “eugenesia”, que puede llevar a la eliminación de seres humanos –desde embriones hasta ancianos–, por el simple hecho de que no corresponden a las características de salud, de raza o de cualidades meramente físicas, que una determinada sociedad les imponga como parámetro.
La historia nos enseña que, si no se pone un freno a la discriminación y al racismo, se puede llegar a institucionalizar la esclavitud (como sucedió con el tráfico de africanos a América), a arrasar a pueblos casi enteros (como la masacre de los armenos en Turquía, a principios del s. XX; o el genocidio de los hutu en Ruanda, en 1994; o la guerra de los Balcanes, 1992-1995), y a exterminar a una raza con medios tecnológicos e industriales, como lo fue el Holocausto.
Por eso, es urgente adoptar medidas de diversos tipos. Desde la prohibición de publicidad racista, hasta la acogida internacional de las personas o grupos sociales que sufren por la discriminación. Pero una solución verdaderamente práctica es fomentar una educación integral, que incluya valores éticos y espirituales que refuercen a grupos vulnerables, pues todos ellos siguen siendo consideradas inferiores en algunas sociedades, y se les impide la plena participación en la vida social.
Se requiere pues una importante obra de educación, que exalte la dignidad de la persona y tutele sus derechos fundamentales. Y, en esto, el mensaje cristiano tiene mucho que aportar, pues afirma que sólo el reconocimiento de la dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, puede constituir una referencia segura para este empeño de fomentar la igualdad y el respeto. Cuando se acepta este origen común, se puede hablar de un destino común de la humanidad, que puede suscitar en cada persona y grupo social un fuerte sentido de solidaridad y de responsabilidad.
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domingo, 19 de abril de 2009

Intolerancia laica

Luis-Fernando Valdés

Se cumplen hoy cuatro años de la “fumata bianca”, que anunciaba la elección de Joseph Ratzinger como Sucesor de San Pedro. Hace tres días (16 de abril) fue el 82 cumpleaños del Pontífice. Pero en la víspera (15 de abril) se encontró con una tremenda sorpresa: el Parlamento belga pedía que fuera condenada la declaración del Papa sobre el preservativo como medio para combatir el Sida. ¡Ahora Benedicto XVI es el “hereje civil”!
Primero recordemos que cuando el Santo Padre se dirigía a Camerún, el pasado 17 de marzo, declaró, en la conferencia de prensa abordo el avión, que la solución a la pandemia del Sida había que buscarla en dos direcciones: por una parte la humanización de la sexualidad y por otra, en la amistad y la disponibilidad auténticas hacia las personas afectadas, pero no en la distribución del preservativo. Rápidamente varias cancillerías europeas manifestaron su desacuerdo.
Y hace unos días el embajador del Reino de Bélgica ante el Vaticano le comunicó a la Santa Sede la resolución en la que el Parlamento de su país pide al gobierno belga que “condene las declaraciones inaceptables del Papa con motivo de su viaje a África y que eleve una protesta oficial ante la Santa Sede”.
La Secretaría de Estado del Vaticano con fecha del 18 de abril comunicó su protesta, en la que “deplora que una asamblea parlamentaria haya considerado oportuno criticar al Santo Padre basándose en un fragmento de entrevista desgajado y aislado del contexto”. Ahí se afirma también que se trata de un “claro intento de intimidación”, que tiene por finalidad “disuadir al Papa de expresarse sobre algunos temas, cuya relevancia moral es obvia”.
Es curioso: el Congreso de un país le pide el Ejecutivo de esa nación que proteste oficialmente la actuación de otro Estado (el Vaticano), por unas declaraciones de tipo moral. Ahora los políticos les censuran a los líderes religiosos sus indicaciones morales. ¿Es correcto que la política se reserva la última opinión en el ámbito ético?
El uso preservativo ha sido adoptado como una política de salud pública. Pero esta decisión de algunos gobiernos no elimina el aspecto moral del condón. Y tampoco puede convertirlo en un tema “incuestionable”, sobre el que nadie puede opinar de otra manera. Sin embargo, el profiláctico se ha convertido en un “dogma civil”; el Parlamento belga se ha erigido como el nuevo “Defensor de la fe civil”, y el reo de esta Inquisición laica es el Papa, por opinar en contrario.
Se trata de la “nueva intolerancia”: el acuerdo tácito de negarles el derecho de expresión a algunas personas e instituciones (especialmente a la Iglesia), a las que se les condena por pensar diferente a lo indicado por las políticas públicas. Esta versión de intolerancia justifica las reacciones violentas hacia todo aquel que no esté de acuerdo con los “dogmas civiles”, como aborto, eutanasia, promiscuidad sexualidad, feminismo radical…
Los “dogmas laicos” son un problema muy serio. Esconden siempre una gran intolerancia, que puede usar incluso la violencia hacia los que no los aceptan. Recordemos que en la Alemania nazi el dogma de “superioridad de la raza aria” justificó el Holocausto, que ha sido el uno de los más deplorables crímenes jamás cometidos.
Conclusión: hace falta serenidad tanto afectiva como mental para analizar los grandes problemas éticos de la humanidad, para encontrar soluciones adecuadas y para no entrar en el juego de la “intolerancia laica”.
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domingo, 12 de abril de 2009

El ocaso de la violencia

Luis-Fernando Valdés

Termina la Semana Santa, que para muchos fue ocasión de vivir las tradiciones populares: se estima que hubo dos millones de espectadores en el Vía Crucis de Iztapalapa. ¿La Pasión de Jesús de Nazaret es una mera tradición cultural? ¿Valdrá la pena preguntarse si ese evento, acaecido hace dos mil años, tiene algo que ver con nuestra propia vida?
En el centro del Cristianismo está la Cruz de Jesús. Para los creyentes, el Crucificado es enviado a Dios, para que tomando nuestra propia naturaleza humana, pagara con su vida el castigo que merecían los pecados de cada persona. Así Jesús obtuvo para todos el perdón de sus culpas, y les compartió su naturaleza divina: con la muerte del Hijo de Dios, los humanos se hacen también hijos de Dios.
Estas verdades de fe se han mostrado, a lo largo de los siglos, como un motor que ha impulsado la vida de millones de fieles, y como una luz para entender los grandes problemas que asolan la Tierra, y que exigen respuestas que no tenemos: la muerte, el dolor, la traición, el sufrimiento de los inocentes…
Hoy mismo tenemos muchas preguntas sobre el mal y la violencia: el narcotráfico, muchos casos de mujeres y niños maltratados en sus propios hogares… Y es frecuente escuchar una queja profunda: “si Dios existe, ¿por qué permite que los inocentes sufran, que lo malos impongan su ley?”
El Cristianismo dice tener la respuesta al mal, en la Pasión de su Señor. Sin embargo, lo primero que se contempla en el drama del Calvario es el “silencio de Dios”. Jesús es injustamente condenado, sufre vejaciones físicas y psicológicas, y después de una extenuante tortura, agoniza durante tres horas clavado en la Cruz. ¿Se puede encontrar ahí una respuesta a la violencia?
Si continuamos profundizando en los textos bíblicos, el Proceso contra Jesús nos suscita más interrogantes: ¿Por qué es posible condenar a Dios? ¿Por qué Dios se deja avasallar por el orgullo y la prepotencia de la humana arrogancia? ¿Por qué Dios se calla?
Se trata de un “silencio elocuente”: ahora hablan los gestos del Dios hecho hombre. La mansedumbre de Dios es la respuesta a la violencia del hombre. Ese silencio, que soporta el sufrimiento injustamente infligido, es la purificación de nuestro deseo de venganza. El mal ya no se combate con el mal, se vence con el perdón. Lo único que puede detener la escalada de la violencia es cortar firmemente con la venganza.
Mientras Jesús pendía del Madero, sus perseguidores le conminaban a bajar de la Cruz, para demostrar que Dios no lo había abandonado. Era una fuerte prueba: si eres Dios, sálvate de este sufrimiento. ¿Por qué no se bajó Cristo de la Cruz, respondiendo así esta provocación? No se soltó de ese Leño, porque así habría consagrado la fuerza como la dueña del mundo, mientras que el amor y el perdón son la única fuerza que puede cambiar a la humanidad.
Antes de la Pasión, el hombre estaba sujeto al mal. Imperaba el más fuerte, o el más injusto, o el más violento. El inocente moría con deseos de justicia, y sus ofensores morían sin castigo. Desde el Crucificado, aunque sigue existiendo el mal, el inocente sabe que sus padecimientos serán recompensados y que su agresor será condenado. Ya no le hace falta la venganza para combatir el mal. Para buscar la justicia en este mundo, no es necesario ser injusto ni agresivo. El callar de Dios ha roto la espiral: la violencia ya no tiene la última palabra. La tiene el perdón.
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domingo, 5 de abril de 2009

“Bebé medicina”

Luis-Fernando Valdés

Andrés, un niño español de 7 años, sufría de una severa anemia congénita. Su vida estaba en peligro. El pasado 13 de marzo, los médicos que lo atienden informaron que el pequeño Andrés ha logrado superar su enfermedad, gracias al trasplante de sangre del cordón umbilical de su hermano Javier, nacido el 14 de octubre del año pasado. Desde ahora, este niño ya no tendrá que recibir transfusiones de sangre para poder sobrevivir. Hasta aquí todo suena bien, pero ¿hay algo malo en un “bebé medicina”?
Aunque nos alegramos mucho por Andrés, no podemos dejar de lado los aspectos éticos de esta proeza científica. El proyecto inició en España, en 2006 con la aprobación de la Ley de Reproducción Asistida, que preveía la posibilidad de seleccionar embriones que pudieran curar enfermedades congénitas de sus hermanos. En el caso de este pequeño, el padecimiento hereditario era “beta talasemia”, que es una mala síntesis en la sangre, causada por un problema en el cromosoma 11; quienes la padecen no viven mucho tiempo.
La llamada “selección embrionaria” consiste en conseguir una importante cantidad de embriones mediante fecundación artificial; luego se analizan genéticamente, y se descartan tanto los que tienen el mismo padecimiento como los que no son compatibles con el hermano, aunque estén libres del gen dañino.
Al nacer el bebé, sus células madre se le transplantan a su hermano mayor. El organismo del niño más grande sustituye sus células dañadas con las nuevas, que tienen la carga genética sana. De este modo, queda curado totalmente, y en el caso de Andrés, quedó garantizada su vida por largos años.
El problema ético no reside en el modo de curación mediante células madre, tomadas de un hermano. La gravedad moral radica en que se generan nuevas vidas humanas mediante la fecundación “in vitro”, y en que la mayoría de ellas serán eliminadas –eufemismo, en vez de decir “serán asesinadas”–, o serán guardadas en un congelador.
El nacimiento de este “infante medicina” no esconde el hecho dramático de la eliminación de los embriones enfermos y eventualmente aquellos que, estando sanos, no eran compatibles genéticamente. No se puede negar que el nacimiento de una persona humana ha venido acompañado de la destrucción de otras, sus propios hermanos, a los que se les ha privado del derecho fundamental a la vida, por no ser útiles desde la perspectiva técnica.
Para ilustrar la malicia moral de este procedimiento, pensemos en un caso hipotético: un grupo de 15 niños raptados para utilizar sus órganos. De ellos, sólo uno tendría condiciones para ser donador del cliente que pagó por uno de sus riñones, y entonces sus captores deciden matar a los otros 14. Es exactamente lo mismo, pues tanto un embrión como un menor de edad, ambos ya son seres humanos.
Además, en el planteamiento del “hermano medicamento” se comete una grave injusticia respecto a ese mismo niño, porque el criterio para dejarlo nacer consistió en que era el más útil para una posible curación. Se ha atropellado su derecho a ser amado como un fin en sí mismo y a no ser tratado como medio instrumental de utilidad técnica.
La dignidad del ser humano exige que los niños no sean “producidos” por interés, sino “procreados” por amor. Ciertamente, hay que curar a los enfermos, pero sin eliminar nunca para ello a nadie. Por eso, los planteamientos emotivos encaminados a justificar estas prácticas inhumanas son inaceptables.
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