domingo, 28 de diciembre de 2008

Dignidad humana y biociencia: ¿incompatibles?

Luis-Fernando Valdés

Terminamos el 2008 con muchos sinsabores y descalabros. Los más evidentes son el narcotráfico y la recesión económica. Pero este año fue también muy duro para el respeto a la dignidad humana, en el momento del inicio de la vida: la Suprema Corte estableció que nuestra Constitución política no defiende la vida desde la concepción; Ricky Martin obtuvo unos gemelos por “maternidad subrogada”, sólo por citar dos casos. ¿Hay alguna esperanza de que los avances de la ciencia sean compatibles con el respeto del origen de la vida humana?
Una clave para el respeto a la vida humana está en el sujeto que hace ciencia, pues es él quien debe tomar decisiones éticas. En la persona del investigador biomédico deben hacerse compatibles dos factores: uno científico y otro ético. En ocasiones, estos científicos poseen una gran preparación técnica, pero no siempre tienen un apoyo bioético claro o bien fundamentado. Por eso, es una gran noticia que la Santa Sede, a través de la Congregación de la Doctrina de la Fe, acaba de promulgar una Instrucción titulada “Dignitas personae”, fechada el 8 de septiembre de 2008, con la finalidad de dar respuesta a los interrogantes que han suscitado las nuevas perspectivas terapéuticas sobre la fertilidad asistida, las células madre, la clonación y la utilización de embriones para la investigación.
Este documento “se dirige a los fieles cristianos y a todos los que buscan la verdad” (n. 3). Cuando la Iglesia propone principios y valoraciones morales para la investigación biomédica sobre la vida humana, “se vale de la razón y de la fe” (ibid.). Por eso, esta Instrucción expone unos principios éticos, fruto de una profunda reflexión sobre las técnicas científicas y sus resultados, basada en la antropología cristiana (cfr. n. 2).
El texto pontificio se basa sobre dos principios fundamentales. El primero consiste en que “el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción” (n. 4). Y el segundo explica que el origen de la vida humana “tiene su auténtico contexto en el matrimonio y la familia, donde es generada por medio de un acto que expresa el amor recíproco entre el hombre y la mujer” (n. 6).
Lejos de oponerse a que matrimonios con problemas de fecundidad reciban tratamientos adecuados, la Instrucción alienta a que se empleen todas las técnicas lícitas, que son las que respetan tanto “el derecho a la vida y a la integridad física de cada ser humano”, como “la unidad del matrimonio, que implica el respeto recíproco del derecho de los cónyuges a convertirse en padre y madre solamente el uno a través del otro” (n. 12).
La Santa Sede confirma el juicio ético negativo sobre la fecundación “in vitro” pues el número de embriones sacrificados es altísimo (el 80% en los centros más importantes, según dice la nota 27). Y lo mismo sobre la clonación humana, que es “intrínsecamente ilícita” ya que “se propone dar origen a un nuevo ser humano sin conexión con el acto de recíproca donación entre dos cónyuges y, más radicalmente, sin ningún vínculo con la sexualidad” (n. 28).
“Dignitas personae” viene a consolidar los esfuerzos de muchos especialistas en bioética que, desde la ciencia, la biología, el derecho, la filosofía y la teología, buscan un diálogo para defender la vida humana desde su concepción. 2009 será un año prometedor, si continuamos buscando nuevas formas de exponer la armonía entre la ciencia y la vida humana, que sólo puede dar la razón iluminada por la fe.
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domingo, 21 de diciembre de 2008

El auténtico regalo de Navidad

Luis-Fernando Valdés

La recesión económica por la que atravesamos, lejos de perjudicar la fiesta de la Navidad, más bien la ha favorecido. Lo anterior suena curioso: si ya no hay dinero para regalos, para fiestas y para viajes ¿cómo que es que no le ha afectado? Al contrario, esta forzada austeridad nos ayuda a superar la visión consumista de las celebraciones decembrinas, para contemplar su auténtico significado. Pero, ¿cuál es el verdadero sentido de la Natividad del Señor?
El 25 de diciembre festejamos el natalicio de Jesús de Nazaret. La fe de los creyentes cristianos afirma que Jesús es el Cristo (el Mesías o Ungido) anunciado en el Antiguo Testamento, que es Hijo de Dios, que se hizo ser humano para salvar al mundo de sus pecados. Celebramos que Dios se ha hecho hombre como nosotros, para enseñarnos el camino hacia Dios. La alegría de la Navidad consiste en que se cumple la profecía de Isaías (7, 14; Marcos 1, 23): un mujer virgen concebiría un hijo, que sería el Emmanuel, o sea, Dios-con-nosotros. Santa María trajo al mundo el gozo de la cercanía de Dios.
Este júbilo espiritual se ha traducido, desde hace siglos, en grandes celebraciones: oficios litúrgicos solemnes, con música e incienso; una reunión familiar, con una comida especial y ofrecimiento de regalos. Pero, con la creciente descristianización de los últimos dos siglos, la fiesta navideña se ha vaciado de sentido religioso, para quedar sólo como una fecha para una reunión familiar y para dar regalos, y también quizá para viajar aprovechando las vacaciones. Se ha perdido el Dios-con-nosotros.
Esta pérdida de sentido religioso no sólo afecta a la celebración misma (celebrar el nacimiento de Jesús, pero sin hacer referencia a Él; es tan absurdo como organizar una fiesta de cumpleaños y no invitar al festejado). También perturba la vida cotidiana de las personas, que han mentalizado a recibir regalos navideños, pero ya no reparan en la cercanía de Dios. Por eso, cuando se dirigen al Señor, esperan conseguir regalos y favores, pero si no los consiguen se apaga su fe en Él.
Una Navidad con austeridad nos ayudará a preguntarnos a qué vino Jesús al mundo. Al observar su Vida en los Santos Evangelios, notamos inmediatamente que Jesús no vino a darnos riquezas, pues nació en un lugar miserable (Lucas 2, 7). Tampoco trajo poderío militar, pues tuvo que huir de Herodes que mando matar a todos los niños de esa comarca, pensando que así eliminaría al recién nacido Rey de Israel (Mateo 2, 13-18). Aunque años después curó a muchos enfermos, tampoco vino a ofrecernos la salud, pues Él mismo sufrió la tortura y la muerte de Cruz (Mateo 27, 32-55).
Entonces –escribe el Papa Benedicto XVI– “¿qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído? La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios” (Jesús de Nazaret, p. 69).
Éste es el auténtico regalo de Navidad: comprender que celebramos la cercanía de Dios. Jesús Nazaret es Dios-con-nosotros porque es Dios viviendo el drama de la existencia humana: la alegría y el dolor, el amor y la traición, la carencia de bienes materiales… Sabemos que Jesús es Dios-con-nosotros, no porque nos llené de dinero o de salud, sino porque ha vivido lo mismo que ahora experimentamos nosotros y le ha dado un sentido sobrenatural, divino, a nuestra abundancia y a nuestra carencia, a nuestra salud y a nuestra enfermedad. Ahora tenemos a Dios en nuestras vidas y, por eso, con o sin regalos, podemos decir ¡Feliz Navidad!
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domingo, 14 de diciembre de 2008

60 años de Derechos Humanos

Luis-Fernando Valdés

El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de la ONU promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se trata un documento validez universal, que en 30 puntos condensa los mínimos éticos para que una persona viva y se desarrolle conforme a su dignidad. Vale la pena recordar su historia y su contenido, para reimpulsar su defensa.
El antecedente directo, que dio lugar a esta Declaración, fue el Holocausto, que significó una praxis sistemática de exclusión y de exterminio, por parte del Estado Alemán, de 1933 a 1945. Esta política del llamado Tercer Reich derivó en una matanza que se calcula en seis millones de judíos, tres millones de prisioneros rusos, casi dos millones de polacos y 250 gitanos.
Se dice con facilidad el número de víctimas, pero la frialdad de los datos no refleja el grado de crueldad que hubo en los campos de exterminio, donde millones de personas fueron reducidas a vivir en condiciones infrahumanas; esos números tampoco manifiestan la pesadilla que sufrieron los deportados, que trasladados en vagones de ganado, eran luego seleccionados a su llegada: los más débiles eran asesinados sobre la marcha, otros eran tratados como esclavos y otros más utilizados para experimentación científica.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, para dar una respuesta firme a los horrores vividos durante el nazismo, la comunidad internacional comenzó a construir mecanismos jurídicos, políticos e institucionales para evitar que estos cruentos hechos se repitieran en un futuro. Como afirma José Luis Soberanes, Presidente de la CNDH, “a partir de 1948 podemos afirmar que nació una convicción profunda por que ‘nunca más’ la humanidad haya de permanecer ajena ante la vulneración de los derechos humanos de las personas que tenemos cerca y las que no lo están tanto, bajo el principio de corresponsabilidad colectiva de protección de los derechos humanos”.
La Declaración de los Derechos Humanos a penas tiene 60 años, pero su contenido es milenario. Este gran ideal de los derechos de cada ser humano no fue creado por los racionalistas franceses, ni descubierto por los colonialistas americanos. Se encuentra presente en los grandes códigos de conducta y en la máximas llenas de sabiduría de los pueblos más antiguos. El punto central de esta Declaración es la preocupación por los derechos inherentes a todo ser humano, y encuentra su fundamento en la naturaleza humana, tal como es presentada por la Biblia: “Y creó Dios al hombre a su imagen; varón y mujer los creó” (Génesis 1, 27). Además, en el Decálogo y en las Bienaventuranzas encontramos los fundamentos morales de la conducta humana, que garantizan la justicia, el respeto, la libertad, la paz y el perdón.
Sin embargo, a pesar de este gran esfuerzo, aún falta mucho por lograr. A finales del siglo XX, ni la experiencia del Exterminio, ni la promulgación de la Declaración de los Derechos Humanos fueron suficientes para que impedir nuevos genocidios: en Ruanda y en los Balcanes rebrotó el odio racial y el atropello de la libertad religiosa.
Y a niveles quizá poco perceptibles, cada día, en nuestro País se pisotean los derechos humanos de individuos concretos: los niños a los que se le impide nacer (art. 3), y la falta de libertad religiosa, que permite manifestar las propias creencias “individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” (art. 18). Nos falta implantar una cultura de los Derechos Humanos, para que “nunca más” se vuelvan a atropellar.
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domingo, 7 de diciembre de 2008

Úteros de alquiler

Luis-Fernando Valdés

Primero, Ricky Martin nos sorprendió en septiembre pasado, al anunciar que era “padre de unos hermosos gemelos”, nacidos por el método de “subrogación gestacional”. Y ahora, en la Asamblea Legislativa del DF, el PRD propuso la creación de la ley de maternidad subrogada, para regular la renta de úteros. ¿Es humano –y, por tanto, ético– que una mujer “rente” su cuerpo para procrear al hijo de otros?
A nombre de la libertad, algunos sostienen que puede hacer todo, incluso aquellas cosas que la naturaleza impide realizar. Y, en el caso del deseo de paternidad y maternidad, nada debería frustrar esta inclinación, ni siquiera la esterilidad de uno de los progenitores. Esto ha dado pie a la implementación de ciertas técnicas de reproducción asistida, que violentan la naturaleza humana, como la fecundación “in vitro” (engendrar a un bebé en un matraz de laboratorio y no en el lecho conyugal). Pero ahora, con la “subrogración gestacional” la situación va más lejos. Incluso un varón puede engendrar –o mandar engendrar in vitro– sin necesidad de una pareja. Basta con que una mujer “alquile” su útero.
Quien decide seguir este procedimiento seguramente desea darle lo mejor a ese niño, pero el cariño no suple la ausencia objetiva de uno de los progenitores. Además, en la procreación artificial en solitario, un adulto es quien decide que su hijo no necesita una madre o un padre. Pero, ¿qué pensaríamos de un progenitor que decidiera que su hijo no necesita amigos, porque ya está él para darle apoyo, cariño y compañía?
Otra vuelta de tuerca: ahora se intenta que esta situación se vuelva una práctica legal. Leticia Quezada, diputada local del PRD y promotora de la ley, explicó que iniciativa plantea que la maternidad subrogada sea una “práctica médica” mediante la cual una mujer geste o lleve en su vientre el producto de la concepción de otra. O sea, ¿ya no se trata de una actividad clandestina, sino un “procedimiento médico”? Entonces, ¿por decreto de ley, utilizar un útero ajeno es parte de las terapias médicas?
Esta iniciativa legislativa parecería muy humana, pues parte de que existe este tipo de préstamo, y busca establecer que haya control y así se eviten abusos. Por eso, prevé mecanismos para que las interesadas en subrogar su vientre gocen de buena salud: prueba antidoping, restricción sólo a dos ocasiones. Además, establece que no se cobre por este tipo de servicio de gestación.
Pero no es una ley verdaderamente humana. Lo sería sólo si subrogar el propio útero fuera un modo natural de tener un bebé, pues estaría protegiendo una situación propia de la naturaleza humana. No es propio de una ley reconocer desórdenes “de facto” con el fin de establecer supuestas garantías. Más bien una norma verdadera busca que los ciudadanos se comporten conforme a la naturaleza humana. En este caso, se debería proponer una ley que prohibiera esta práctica, pues va contra el modo humano de engendrar.
El resultado de la renta de úteros es que los niños han perdido un derecho que antes no se discutía: el derecho a tener un padre y una madre. La “Declaración de los Derechos del Niño” de la ONU (1959), n. 6, establece que el niño “siempre que sea posible, deberá crecer al amparo y bajo la responsabilidad de sus padres y (...) salvo circunstancias excepcionales, no deberá separarse al niño de corta edad de su madre”. De aprobarse la nueva ley, se normalizará que haya “huérfanos de encargo” para satisfacer las ansias de maternidad o paternidad de un adulto. ¿Es esto humano? Sin duda no.
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