domingo, 30 de noviembre de 2008

Garantías para una muerte digna

Luis-Fernando Valdés

El Senado de nuestro País aprobó en días recientes una modificación a Ley de Salud Pública e hizo una adición sobre “cuidados paliativo” para los enfermos terminales. Esta iniciativa de los legisladores permitirá una muerte digna a los agonizantes. Pero también servirá para aclarar puntos en el debate sobre el tema de la eutanasia.
En cuanto al contenido de esta ley, hay una gran semejanza con lo que propone la bioética. En el proyecto de ley se distinguía entre cuidados curativos y cuidados paliativos (www.senado.gob.mx). Los primeros tienen como finalidad devolver la salud; los segundos hacen referencia a los tratamientos que debe recibir un enfermo cuando su enfermedad ya no es curable y desembocará en la muerte. La nueva ley introduce los “cuidados paliativos”, que antes no estaban contemplados, como un derecho de los mexicanos, y el sistema de Salud debe proporcionarlos. Esto contribuirá a que muchas personas puedan vivir dignamente la última fase de su vida.
Esta nueva norma ayudará para que no se prolongue innecesariamente la agonía del paciente. Esta prolongación de la vida y del sufrimiento, en bioética, es llamada “ensañamiento terapéutico”. Su nombre es bastante descriptivo, pues más que devolver la salud, sólo prolonga el sufrimiento del moribundo y de sus familiares y amigo. Desde la moral nunca se ha recomendado esa práctica, y ahora la Ley mexicana garantizará que no se aplique (art. 166 bis 18).
Otro aspecto de la Ley de cuidados paliativos es que permitirá que se ayude al enfermo terminal a morir en su propia casa, con los auxilios médicos pertinentes. De modo que no será necesario esperar la muerte en el hospital. Además, la nueva disposición garantiza que el paciente puede recibir auxilio espiritual, según sus personales creencias, de modo que nadie del personal sanitario podrá negar el acceso a un ministro religioso o espiritual.
Una situación dura, que a veces sucede, es que se le dejan de proporcionar cuidados básicos a los enfermos terminales. Desde ahora es un delito dejar de proporcionar este tipo de cuidados (art. 166 bis 19 y 20). Es de sentido humano y de sentido común, que todo enfermo terminal debe recibir cuidados de higiene, alimentación, hidratación y ventilación, lo cual queda garantizado con esta nueva norma.
Y un punto que debe ser destacado, y que da mucha orientación para el debate entre bioética y legislación, es que la nueva Ley distingue claramente entre “ensañamiento terapéutico” y “eutanasia”. El primero se debe prohibir, pues es inútil para la salud del enfermo terminal; la segunda también se debe prohibir pues es un homicidio. Nos alegramos que en su literalidad el artículo 166 Bis 21 establezca que “queda prohibida la práctica de la eutanasia, entendida como homicidio por piedad así como el suicidio asistido conforme lo señala el Código Penal Federal, bajo el amparo de esta ley. En tal caso se estará a lo que señalan las disposiciones penales aplicables”.
Esta Ley de cuidados paliativos muestra como la bioética y la legislación pueden ir de la mano. Que lo principal no es establecer una ideología, mediante la aprobación de leyes, sino ayudar al ser humano a vivir con dignidad su agonía, y llegar así a una muerte digna, rodeado de sus seres queridos, ayudado a sufrir físicamente lo mínimo, y asistido espiritualmente. Enhorabuena a los Senadores, y a todos nosotros, los ciudadanos mexicanos.
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domingo, 23 de noviembre de 2008

“Matrimonio gay”, derrotado en elecciones de EUA

Luis-Fernando Valdés

El día en que los estadounidenses eligieron presidente a Barack Obama (4.XI.2008), también se pronunciaron sobre 153 propuestas sometidas a votación en 36 estados. De esas propuestas, se aprobaron las tres que prohíben el matrimonio homosexual, en California, Florida y Arizona. ¿Deberíamos sorprendernos de que el electorado del Estado californiano, donde el movimiento gay tiene un bastión fuerte, haya votado a favor del matrimonio entre un varón y una mujer?
No nos llama la atención que California haya tutelado jurídicamente el matrimonio heterosexual, porque ha librado un larga batalla para protegerlo. Los californianos ya lo habían aprobado en otro referéndum celebrado hace ocho años, que reformó el Código de Familia; en 2005, el Parlamento estatal quiso anular el cambio, pero el gobernador puso el veto; luego el Tribunal Supremo del Estado declaró inconstitucional la prohibición decidida en el plebiscito. La reciente votación deroga esta sentencia, pues se trata de una enmienda constitucional que define el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, y se presentó para restablecer la decisión popular que fue revocada por sentencia judicial.
Con esto se puede apreciar que la heterosexualidad del matrimonio es algo más que una cuestión ideológica. Los ciudadanos de a pie saben que sin esa cualidad (la heterosexualidad) no hay verdadero matrimonio. Y, a pesar de todo el despliegue propagandístico, que invita a considerar el matrimonio homosexual como una vía para asegurar la libertad de los individuos, la mayoría sigue firme en lo mismo.
Hablar de este tema resulta complicado. En primer lugar, porque los promotores de la ideología de género han conseguido que se considere una agresión estar en desacuerdo con el “matrimonio gay”. Su línea argumentativa va por el lado del respeto a la libertad, de modo que quien opine en contrario sería un intolerante. Se quiere hacer ver que todo es una cuestión de discriminación, de ampliación de derechos, de estar a la altura de los tiempos que corren, de extrapolación de juicios éticos al campo político de un Estado no confesional, etc. Pero todos sabemos que “disentir” y “no estar de acuerdo” no son equivalentes a “ser intolerantes”. No aprobar el matrimonio homosexual no significa que rechacemos a los homosexuales; sólo quiere decir que afirmamos que el matrimonio no es eso.
En segundo lugar, es muy difícil argumentar a favor del matrimonio como la unión de un varón y una mujer, porque lo evidente no se puede demostrar. ¿Cómo demuestro que el sol es luminoso? De igual manera, el matrimonio heterosexual es así de evidente. Pero, de todos modos, sí es posible dar razones sobre él.
La premisa clave está en el tema de la “igualdad”. El Estado puede y debe promover la igualdad y la libertad, pero su poder legislativo está limitado por estructuras biológicas, psicológicas, antropológicas y sociales que no tienen una fecha de caducidad como la de las medicinas. La aprobación de una ley de la igualdad no anula ni modifica todas esas estructuras que nos hacen diferentes, pues sigue siendo necesaria la complementariedad sexual para procrear.
Además, afirmar que no existe absolutamente ninguna diferencia, ni siquiera mínima, entre la unión matrimonial natural y la unión homosexual, querría decir que no existiría diferencia entre ambas en ningún orden: biológico, antropológico, jurídico, social, ético, etc. Y esto es tan falso como injusto.
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domingo, 16 de noviembre de 2008

Diálogo histórico entre cristianos y musulmanes

Luis-Fernando Valdés

Nos ha tocado ser testigos de la Historia. Hemos leído durante la Preparatoria los conflictos entre cristianos y musulmanes, que ocurrieron hace siglos: las invasiones árabes al norte de África, las Cruzadas… Pero hace pocos días, ha sucedido un hecho que ha marcado un hito en la relación pacífica entre estas dos grandes religiones monoteístas. Desde ahora, la cordialidad entre ambas promete ser profunda y duradera.
Se trata de la primera reunión del Foro católico-musulmán, que recientemente se ha celebrado en Roma, los días 4 al 6 de este mes. El tema fue: “Amor a Dios, amor al prójimo". Los 24 participantes y cinco consejeros de cada religión discutieron en estos días sobre dos grandes temas: "Fundamentos Teológicos y Espirituales" y "Dignidad Humana y Respeto Mutuo". Al final, este Foro emitió una histórica Declaración común, que ha acercado las posiciones, respetando las diferencias doctrinales.
Es importante exponer los antecedentes, pues en ellos se pone de manifiesto el deseo de diálogo por ambas partes. El 12 de septiembre de 2006, Benedicto XVI pronunció un discurso académico en la Universidad de Ratisbona (Alemania), sobre la relación entre la fe y la razón. En esa intervención el Papa hizo una referencia al Islam, que causó disgusto en el mundo musulmán. El Romano Pontífice pidió disculpas y matizó su posición.
En respuesta –y esto es muy positivo–, justo un mes después (13.X.2006), 38 personalidades y académicos islámicos del todo el mundo se reunieron para formular una respuesta al Papa “en el espíritu de un abierto intercambio intelectual y de mutuo entendimiento” (www.acommonword.com). El resultado de esta reunión fue una carta abierta (justo un año después: 13.X.2007), dirigida al Obispo de Roma, firmada por 138 personalidades en la que se expone el pensamiento musulmán sobre los temas tocados en Ratisbona.
En la presentación en la red, estos importantes personajes islámicos manifestaban su esperanza de que este documento fuera una “base teológica lo más sólida posible”. Pues a pesar de las diferencias, ambas religiones “comparten no sólo el mismo Origen divino y la misma herencia de Abraham, sino también los mismo dos más grandes mandamientos”.
En su respuesta, Benedicto XVI invitó a representantes islámicos a reunirse con él en Roma y a mantener un encuentro de trabajo. Además, el Pontífice manifestó que “quedó particularmente impresionado por la atención prestada en la carta al doble mandamiento que invita a amar a Dios y al prójimo”. Y esta reunión es la que se acaba de celebrar, en días pasados.
Fruto de esas jornadas de estudio y diálogo fue la Declaración final, que consta de 15 puntos (www.vatican.va). Entre otros aspectos, ambas religiones manifiestan su acuerdo en que “la dignidad humana deriva del hecho de que cada persona ha sido creada por un Dios que ama”, y que, por tanto, “la persona requiere el respeto de su dignidad original y su vocación humana” (n. 3).
Es emocionante leer: “creemos que católicos y musulmanes estamos llamados a ser instrumentos de amor y armonía entre creyentes, y para la humanidad en general, renunciando a cualquier tipo de opresión, violencia agresiva y terrorismo, sobre todo cuando se llevan a cabo en nombre de la religión, y manteniendo el principio de justicia para todos” (n. 11).
Realmente, estamos ante un evento de grandes dimensiones históricas. Más grande que las Cruzadas, me atrevo a decir, porque la Paz es más grande que la Guerra; el Amor, más fuerte que el Odio, y la Fe en el mismo Dios, más sólida que todas las diferencias.
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domingo, 9 de noviembre de 2008

Televisión dispara embarazos precoces

Luis-Fernando Valdés

El sueño de la humanidad de no tener límites parece que vuelve a desmoronarse. Hemos apostado a una programación televisiva libre de limitaciones, pero un estudio científico reciente indica que las series con contenido sexual conllevan el aumento de embarazos precoces. ¿No será que en realidad los límites son parte de la condición humana?
Este gran anhelo del hombre moderno parte de una premisa equivocada: el ser humano siempre se porta bien, en todo lo que hace. Por esa razón, nada de lo que haga el hombre puede ser malo. Y, menos aún, cuando se deja guiar por sus instintos. Esta filosofía ha influido mucho en lo que se refiere al contenido de los programas de tv para los adolescentes. Hay series como “Friends” o “Sex and the city” y una buena cantidad películas que manejan temas eróticos o sexuales en todas sus diversas gamas. En principio, nada se les debía objetar, dado que partimos que no sería necesario poner límites.
Sin embargo, “Pediatrics”, la revista oficial de la Academia Americana de Pediatría, recientemente ha publicado un interesante artículo, en el que muestra que ver programas o películas con cierto contenido sexual como besos apasionados, contacto íntimo, relaciones sexuales implícitas o explícitas, flirteo amoroso, entre otros, aumenta el número de embarazos entre adolescentes en Estados Unidos (pediatrics.aappublications.org).
El resultado del estudio es impresionante: el 90 por ciento de los adolescentes que ven frecuentemente programas con este tipo de contenido tienen doble riesgo de experimentar un embarazo (doble, porque tanto el varón como la mujer están expuestos al mismo contenido televisivo) durante los tres años siguientes. Mientras que el 10 por ciento restante, cuya elección televisiva implicaba menos contenido sexual, reduce a la mitad este riesgo. Concretamente, el 25 por ciento de aquellos que seleccionaban programas con cierto trasfondo sexual vivieron un embarazo, frente al 12 por ciento de quienes veían con menos frecuencia dichos programas.
Es un hecho que el contenido de los programas de tv influye en la conducta de los jóvenes. Y también podemos decir que no todas las conductas son iguales, pues a unas las consideramos buenas y a otras no. Y para afirmar lo anterior, en muchos casos, nos basamos en las consecuencias de esas acciones. Si hay efectos no deseados, ¿no será que hay acciones que no debieron realizarse? Entonces, ¿serán lícitos los programas que provocan tales acciones que no debieron realizarse?
Por eso, el contenido de las series de tv, de las telenovelas y de las películas es sujeto de una consideración ética. Pero es importante entender bien la función de esta disciplina filosófica. La Ética busca ayudar al hombre a que realice las acciones libres que realmente lo hagan crecer como persona, y lo encaminen a la felicidad más plena. En la práctica, la Ética proporciona elementos para que el ser humano –ante una alternativa– elija la “acción más excelente”, la que verdaderamente lo perfecciona.
Por eso, cuando decimos que los programas de entretenimiento deben ser éticos, estamos afirmando que su contenido debe despertar en cada espectador deseos de acciones mejores, debe suscitar ideales grandes, debe generar anhelos de una sociedad mejor. Cuando la tv sobrepasa los límites éticos, no nos hace más humanos, ni mejores personas. No queremos una programación moralizante, ñoña, sino unos contenidos que nos inviten a ser virtuosos, a practicar las acciones más excelentes.
Correo: lfvaldes@gmail.com
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domingo, 2 de noviembre de 2008

Una muerte muy mexicana

Luis-Fernando Valdés

Conmemoramos hoy el “día de muertos”, fecha del calendario nacional que tiene su origen en la celebración litúrgica católica de “todos los fieles difuntos”. Bromear sobre la muerte es una característica de nuestra identidad nacional, pero muchas veces la recitación de “calaveras” o contar chistes de velorio no son sino un velo para no reflexionar sobre nuestro destino personal: todos habremos de morir.
Convivimos con la muerte. Con mayor frecuencia de lo que quisiéramos, alguno de nuestros seres queridos deja este mundo. A diario, escuchamos o vemos por televisión el “parte de guerra” de la batalla del Gobierno Federal contra el narcotráfico. Y hasta en los video-juegos de los niños, por no mencionar los “cómics”, nos encontramos con asesinatos.
La muerte se ha convertido en un tema trivial. Quizá es tanto el bombardeo de los medios de entretenimiento sobre este tema, que al hablar de la muerte de terceros, que no son familiares nuestros, solemos decir que “ya le tocaba”, o que “ni modo”. Peor aún es la amarga realidad de que –para algunos– quitar la vida a otro, representa el camino habitual de las venganzas: “se lo merecía”, suelen decir.
Sin embargo, aunque convivamos con ella, y nos refiramos a ella con indiferencia, la muerte nunca deja de suscitar en cada uno de nosotros un sacudida interior. Cuando la vemos cercana a nosotros, en un accidente o en una enfermedad, nunca decimos fríamente y con indiferencia “ya me toca”. Más bien, las preguntas que nos hacemos son: “¿por qué me voy a morir?”, “¿qué sentido tiene que yo muera?”.
El día de los fieles difuntos, y las visitas que hoy hacemos a los panteones, nos deberían llevar a pensar en nuestra propia muerte. Es una conmemoración que nos hace preguntarnos si creemos o no en una vida después de esta vida, en un encuentro con Dios, en el juicio que Dios hará de nuestras obras. La respuesta fácil, pero que no resuelve el drama interior, consiste en negar la existencia de estas realidades sobrenaturales. Pero, al borde de la muerte, prácticamente todos acaban por reconocer que debe haber “algo”, pues la nada no resuelve el drama de dejar de vivir.
Ayuda mucho imaginar nuestra propia muerte. Piense por un momento que es un invitado más a ¡su propio funeral! Vea a su cónyuge junto al ataúd, y contemple las lágrimas de sus hijos y nietos. ¿Qué pensarán? ¿Fue Usted un buen esposo o esposa? ¿sus hijos están contentos con el legado moral que les dejó? Mire la capilla ardiente, fíjese en el Crucifijo frente al féretro: ¿qué cuentas le dará Usted al Creador? Y la gran pregunta: al morir ¿Usted se habrá salvado o se habrá condenado?
Si supiéramos la fecha de nuestro deceso, seguramente empezaríamos a vivir de otro modo: desde cuidar nuestra salud, atender mejor a nuestra familia, hasta reconciliarnos con Dios. ¿Por qué no aprovechar hoy para mirarnos despacio, para preguntarnos: qué he hecho con mi vida? En verdad no es fácil hacer este ejercicio personal, porque suele dar miedo enfrentarse a uno mismo, y admitir que no hemos hecho bien algunas cosas, que nos hemos equivocado.
Mientras deposite flores ante la tumba de un ser querido, plantéese estos interrogantes vitales. Basta ya de altares de muerto y de chistes de panteón que impiden que la muerte nos interpele. Bromear sobre la muerte es parte de la idiosincrasia mexicana, pero muchas veces suele ser un modo de evadirla. Ojalá que la muerte nos ayude a pensar en el premio o el castigo eternos, y esto nos ayude a rectificar nuestras vidas.
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