domingo, 22 de octubre de 2006

Costo humano del muro fronterizo

Luis-Fernando Valdés

El pasado jueves 26 de octubre, el Presidente Bush firmó una ley que aprueba la construcción de un muro en la frontera sur de Estados Unidos. Pero, la historia enseña que todo muro tiene su costo, tanto económico como humano. Al final de la Primera Guerra Mundial, Francia construyó un sistema defensivo a lo largo de su frontera con Alemania, conocido como la «Línea Maginot». Su precio monetario fue muy alto, y no sirvió para detener la invasión nazi de la Segunda Guerra Mundial. Otro muro, el de Berlín (1945-1989) dividió un país en dos, dejó miembros de una misma familia en dos lados distintos. ¿Cuál será el costo del muro fronterizo de Estados Unidos?
Los especialistas señalaron que el posible costo de este muro supere los 7 mil millones de dólares. Se trata de una cifra extraordinaria, que muchos países menos desarrollados desearían para financiar programas sociales y de ayuda humanitaria. Sin embargo, este precio no es lo más importante, porque lo esencial en el asunto de la migración son las personas.
De igual manera, aunque cada país tiene derecho a decidir sobre el control de sus fronteras, así como cada familia tiene derecho a construir una barda para proteger su vivienda, el problema de la migración tampoco se puede enfocar como si fuera una cuestión de delincuencia.
Por lo tanto, el punto central de la migración no es únicamente el factor económico y ni solamente una cuestión de la seguridad de una nación. El núcleo de la cuestión migratoria es que se trata de seres humanos que se desplazan de un país pobre a un país rico, no como invasores bárbaros, que se deben detener o eliminar, sino como indigentes que buscan mejores oportunidades, y que se deben ayudar.
Una de la voces a favor de los migrantes, considerados como seres humanos, ha sido la de la Iglesia. En uno de sus documentos, esta Institución afirma que «los inmigrantes deben ser recibidos en cuanto personas y ayudados, junto con sus familias, a integrarse en la vida social» (Compendio de Doctrina Social, 298). ¿No parece más bien que el muro se erigirá como un ícono de que esos desplazados no serán recibidos como necesitados, sino como enemigos?
La Iglesia insiste en que «la regulación de los flujos migratorios según criterios de equidad y de equilibrio es una de las condiciones indispensables para conseguir que la inserción [de los migrantes, en el nuevo país] ser realice con las garantías que exige la dignidad de la persona humana». La equidad mencionada se refiere a dar oportunidad a los que no la han tenido en su lugar de origen. ¿Ésta equidad, en algún momento, ha sido puesta a debate, como un aspecto capital de la migración?
Por otra parte, las soluciones propuestas deben ver al migrante como un ser con dignidad. Es muy elocuente la declaración del presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, Mons. William Skylstad, quien afirma que los obispos de ese país se oponen a esta legislación «porque creemos que puede conducir a la muerte de inmigrantes que intenten ingresar a Estados Unidos y a un incremento de los casos de violencia relacionada al contrabando».
Mientras la persona humana no sea el centro del debate legislativo sobre migración, las soluciones siempre serán insatisfactorias. La solución a esta crisis migratoria debe incluir el «factor humano» como punto de negociación. En el fondo, la aprobación del muro delata una carencia muy grande: el ser humano ya tiene valor por sí mismo, sino sólo por su relación con la economía o la seguridad nacional.

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domingo, 15 de octubre de 2006

Enseñanza religiosa en Harvard

Luis-Fernando Valdés

Un comité de la Universidad de Harvard, famosa por ir a la vanguardia educativa y por tener ganadores del Premio Nobel entre sus profesores, realizó recientemente una investigación sobre los planes de estudios de los primeros cursos de las carreras de esta institución. Llama fuertemente la atención que la conclusión de este trabajo fue la recomendación de crear una asignatura obligatoria de religión. ¿No será esto un desafío a nuestro concepto mexicano de educación laica?
Primero veamos el motivo que aduce esta Universidad norteamericana. El informe de aquel comité señala que la educación liberal que se imparte en Harvard, a la que califica de «profundamente secular», no prepara adecuadamente a los alumnos para la vida fuera de la universidad. Se trata pues, de una razón de eficacia pedagógica, no de una cuestión ideológica. Los investigadores se han dado cuenta de que una parte importante de la vida real es la religión, y que sus alumnos no tenían herramientas para tratarla adecuadamente. Si observamos detenidamente, veremos que esta asignatura responde a un problema actual de cualquier sociedad occidental, con independencia de la ideología política. Entonces, no impartir a los alumnos de la asignatura de religión, ¿no será más bien una discriminación, la privación de una herramienta?
Ahora analicemos el motivo de esta decisión de Harvard. El objetivo de la asignatura es colocar a los estudiantes y profesores en el centro de los debates religiosos contemporáneos. La asignatura, que podría titularse «Razón y Fe», contendrá materias de política internacional, diálogo entre religión y ciencia, y religión como creencia personal. Según Louis Menand, profesor de Harvard y codirector del comité, «hace treinta años, cuando se revisó por última vez el plan de estudios, la gente nos habría dicho que la religión no era algo que debiera conocer todo el mundo. Hoy, muy pocos discutirían que es extremadamente importante en la vida moderna» (The Wall Street Journal, 5-09-2006).
Precisamente en estas semanas hemos sido testigos de cuánta gente ignora esos debates religiosos de hoy. En los pasados domingos hemos comentado los malentendidos que produjo, en el mundo musulmán, una interpretación superficial de un discurso del Papa Benedicto XVI, pronunciado durante su reciente viaje a Alemania. ¿No se habría evitado este conflicto si las personas tuvieran más cultura religiosa?
Una reflexión más. Todos tenemos miedo del fundamentalismo religioso, a todos nos atemoriza una «guerra santa». Pero, ¿cuál será la causa real del fundamentalismo? ¿el tener cultura sobre el tema de religión? ¿o ignorar qué es la religión? Nos persigue un fantasma: el prejuicio de que la religión genera división, malentendidos y violencia. Sin embargo, sólo cuando se tiene una buena base de conocimiento sobre la religión, se puede entrar en diálogo con las diversas religiones y acordar puntos comunes. Y ésta es la experiencia de la comisión de ecumenismo de la Santa Sede, que ha logrado acuerdos doctrinales comunes con otras Iglesias o comunidades eclesiales, precisamente en los puntos que hace unos siglos causaron serios enfrentamientos.
La educación en México debe cambiar de enfoque. Enseñar religión no constituiría una derrota para el Estado laico, ni representaría una victoria para la Iglesia. Sería un paso adelante para construir una verdadera sociedad tolerante, que conozca y estime las riquezas de este aspecto esencial de la vida del hombre. ¿Hasta cuando las ideologías y los prejuicios dejarán de impedir el progreso de una educación, que permita la sana convivencia?

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viernes, 6 de octubre de 2006

La familia ¿en cambio o en crisis?

Luis-Fernando Valdés

Hoy se clausura el Segundo Congreso sobre la Familia en nuesta Ciudad. Este evento nos da la oportunidad de reflexionar sobre la «crisis» de la familia. La sociedad mexicana está experimentando cambios fuertes en su modo de entender la estructura familiar. Mientras que algunas de esas variaciones sólo muestran que esta importante institución natural es una realidad histórica que evoluciona sanamente, hay otras que reflejan una verdadera crisis. ¿Cómo distinguir unos cambios de otros?
Para poder discernir cuáles transformaciones son buenas y cuáles constituyen un problema real, es necesario distinguir tres ámbitos. El primero está conformado por los cambios concretos que surgen de las nuevas condiciones sociales y culturales, que afectan a la familia como institución y a los diversos miembros que la integran. Hace medio siglo no todos los miembros de la familia tenía la posibilidad de cursar la Preparatoria. Tampoco era común que trabajaran tanto el padre como la madre. Esta evolución es inevitable y ordinariamente no tiene por qué ensombrecer la institución familiar; al contrario, es un factor de enriquecimiento. Pensemos cuánto se ha avanzado en el tema de la comunicación intrafamiliar, gracias a que todos los que la componen tienen un grado de educación más elevado que en épocas pasadas. Y, como es lógico, estos cambios educativos y laborarles modifican, en cierto modo, los roles familiares, respecto a los de la época de nuestros abuelos. Pero este tipo de variación no representa una crisis.
El segundo ámbito está formado por aquellas transformaciones que afectan la manera concreta de vivir de la familia. Hay nuevos modos de vida familiar que ayudan a que marido y mujer, padres e hijos, cumplan con su misión. Por ejemplo, es muy positivo la relación de igualdad entre los cónyuges, que ha dejado atrás los patriarcados o matriarcados. Ahora es frecuente que tanto el esposo como la esposa cuiden a los niños, y ambos colaboren con las tareas domésticas. También es una ganancia la confianza en el trato mutuo entre padres e hijos, que se refleja en el uso del «tú», por parte de los hijos, para dirigirse a sus padres.
Sin embargo, hay nuevos modos concretos de vivir que cuestionan la misma institución familiar. Esto sucede cuando se niega que el matrimonio sea el origen de la familia; por ejemplo, cuando se habla de la «pareja» para referirse a una unión provisional, cuando se defiende el divorcio, cuando se desprecia la procreación como misión esencial de los esposos, o cuando se niega el derecho de los padres a educar a sus hijos.
El tercer grupo de factores, que han llevado a un cambio en el concepto de familia, es el que afectan las formas concretas de entender y explicar lo que es y lo que debe ser la familia. Y éste es el punto que sí constituye la verdadera crisis. Se trata de teorías que sostienen que la familia no es una institución natural, y que no responde a un plan de Dios. Así, algunos autores niegan todo fundamento natural y estable de la familia, y la definen como una mera «institución cultural», que debe ir al ritmo de los cambios de la historia. Otros pensadores sostienen que la familia es producida por causas sociales.
Hoy día nos hace falta una sabiduría que nos permita entender los cambios de la familia, que llevan a los cónyuges y a los hijos a una mejor convivencia, a amarse más. Necesitamos una sapiencia profunda que nos ayude a comprender que la familia no es un producto cultural ni social, sino que responde al designio originario del Creador.

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domingo, 1 de octubre de 2006

Dialogan musulmanes con el Papa

Luis-Fernando Valdés

En un encuentro histórico, Benedicto XVI se reunió, el pasado 25 de junio, con diplomáticos de países de mayoría islámica. Esto líderes musulmanes acogieron favorablemente las palabras del Papa. Este encuentro tuvo un eco favorable en la prensa internacional, aunque la noticia no tuvo el mismo impacto en nuestro País. Les ofrezco un resumen del mensaje del Santo Padre y el eco de sus palabras en algunos medios de Estados Unidos e Italia.
El Romano Pontífice aludió brevemente al inicidente que dio lugar a los malentendidos, y de inmediato expresó «toda la estima y el profundo respeto que albergo por los creyentes musulmanes», y recordó que «desde el inicio de mi pontificado he manifestado mi deseo de seguir estableciendo puentes de amistad con los seguidores de todas las religiones, expresando particularmente mi aprecio por el crecimiento del diálogo entre musulmanes y cristianos». El Santo Padre subrayó que «el diálogo interreligioso e intercultural entre cristianos y musulmanes no puede reducirse a una opción temporal», porque «es una necesidad vital, de la cual depende en gran parte nuestro futuro». Reiteró que se requiere de este diálogo «para construir juntos el mundo de paz y fraternidad que anhelan ardientemente todos los hombres de buena voluntad».
Benedicto XVI insistió en que «cristianos y musulmanes deben aprender a trabajar juntos, como ya sucede en diversas experiencias comunes, para evitar toda forma de intolerancia y oponerse a toda manifestación de violencia». Y expuso que deben ser las propias autoridades religiosas y los políticos quienes deben guiarles y animarles, tanto a unos como a otros, para a actuar así. Y concluyó: «Queridos amigos, estoy profundamente convencido de que, en la situación en que se encuentra hoy el mundo, los cristianos y los musulmanes tienen el deber de comprometerse para afrontar juntos los numerosos desafíos que se plantean a la humanidad, especialmente en lo que concierne a la defensa y la promoción de la dignidad del ser humano».
Las reacciones favorables no se hicieron esperar. Justo al terminar la ceremonia, Mohamed Nour Dachan, presidente de la Unión de las comunidades y organizaciones islámicas en Italia, regaló a Benedicto XVI una biografía de Mahoma y un mensaje en el que recordaba que, en ningún momento, los musulmanes italianos utilizaron la violencia para mostrar su desacuerdo con la Conferencia dictada en Ratisbona. Por su parte, el embajador de Irak ante la Santa Sede, Albert Yelda afirmó que este discurso «era lo que nos esperábamos. El Papa ha insistido en su profundo respeto por todos los musulmanes del mundo. Ahora ha llegado el momento de construir puentes».
No faltaron tampoco reacciones contrarias, como las de algunos clérigos iraníes que deseaban una retractación palabra por palabra. Sin embargo, el conocido vaticanista, George Weigel, escribió en el periódico «USA Today», que lejos de provocar un enfrentamiento, las palabras del Papa «han puesto sobre la mesa las cuestiones que tienen que ser debatidas, racionalmente, para evitar precisamente una confrontación: ¿Cómo imaginamos a Dios? y ¿cómo nuestras ideas sobre Dios forman el modo como vivimos?».
Y en el conocido diario italiano «L’Avvenire», Mimmo Muolo reflexionaba sobre el significado de que el Papa haya saludado pausadamente a cada uno de los 22 asistentes a la reunión. Y concluía ese hecho expresaba que en esta relación «no hay marcha atrás. Lo dicen también los gestos. No sólo las palabras».

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