domingo, 28 de mayo de 2006

Ley de migración: ¿victoria?

Luis-Fernando Valdés

En esta semana se dio un paso en el Congreso de Estados Unidos para legalizar a varios millones de inmigrantes indocumentados. Esta noticia se ha celebrado como una victoria. Pero la anhelada solución aún está lejos. Por una parte, falta la aprobación definitiva; y, por otra, hace examinar si realmente se llegó al fondo de este delicado tema.
Aunque es muy loable que se hayan dado avances importantes, contrasta mucho que la frontera del vecino País se esté militarizando. Esta decisión hace parecer a los migrantes como enemigos, como personas peligrosas. Y éste es precisamente el fondo del problema de la migración ilegal: ¿los espaldas mojadas son o no personas? ¿tienen o no igual dignidad que los demás habitantes del planeta?
Probablemente, mientras no se tenga como punto de partida claro que los migrantes son seres humanos, y que tienen la misma dignidad que los demás, las leyes que se aprueben siempre serán soluciones pragmáticas para problemas urgentes. Es decir, que esas leyes tendrán como referencia resolver un conflicto actual, pero no buscarán tutelar desde el principio la dignidad de los migrantes. En otras palabras, esas normas nunca estarán diseñadas para ayudar a los migrantes, sino serán establecidas para contrarrestar los efectos colaterales del flujo ilegal de personas.
Un migrante nunca puede ser considerado un mero «efecto colateral». Las personas que cruzan de un país a otro son el reflejo del desequilibrio entre los países ricos y las naciones pobres. Esta situación favorece que miles y miles de personas salgan de su tierra natal para buscar mejores condiciones de vida.
La migración puede ser un recurso más que favorecerá al país receptor. Sin embargo, ¿por qué se suele considerar más bien como un obstáculo? En algunos casos, la migración es considerada como un peligro para el «estado de bienestar». Es decir, en algunos países desarrollados, gracias a decenios de crecimiento económico, se ha alcanzado un alto nivel de educación, salud, jubilación, etc, pagados por el Estado. Al llegar nuevas personas que no han aportado dinero para este sistema, se plantea el dilema de si el Estado les debe ayudar o no.
Pero lejos de ser una carga para el País que los recibe, los inmigrantes responden a un requerimiento del ámbito laboral. Hay ocupaciones que sin la presencia de migrantes se quedarían sin quien las ejercitara, porque hay sectores del mundo del trabajo en los que la mano de obra local es insuficiente, y también hay empleos que los trabajadores locales no están dispuestos a ejercitar. Por eso, los migrantes son una fuerza de trabajo, y por lo tanto un apoyo para la economía de las naciones que los reciben. De ahí que, considerarlos como un peligro para eso países no tenga tanto fundamento.
Existe el riesgo de considerar a los migrantes sólo como «fuerza de trabajo», porque sería tratarlos como mera maquinaria, que se usa mientras sirve, y que se desecha cuando ya no funciona como se esperaba. Y de ahí surge el problema de las legislaciones migratorias: muchas veces buscan regular este «recurso» laboral, en vez de procurar ayuda a los migrantes, en cuanto que son seres humanos. Los migrantes deben ser recibidos como personas, y tienen que ser ayudados, junto con sus familias, a integrarse en la vida social. Mientras este aspecto tan esencial al ser humano no sea tenido en cuenta, las leyes migratorias no pasaran de ser un parche para un problema acusiante, pero nunca serán la auténtica solución.

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domingo, 21 de mayo de 2006

Código secreto

Luis-Fernando Valdés

Todo empezó en la página 10. Como nota inicial a su novela más famosa, Dan Brown escribe: «Todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales que aparecen en esta novela son veraces» (Ed. Umbriel, 2003, p. 10). Sin esta aclaración, el Código Da Vinci hubiera pasado a la historia como un libro policiaco más. Pero al afirmar que su contenido es verdadero, Brown nos quiere decir que sólo él conoce al verdadero Jesucristo. Y resulta que Jesús no es el Dios verdadero hecho hombre como lo presenta la Iglesia, sino un mero hombre sin doctrinas propias. Por eso, Brown despertó la polémica y su libro alcanzó una ventas millonarias.
Ante el reciente estreno de la versión cinematográfica de esta novela, me gustaría comentar con ustedes el fenómeno cultural que subyace en el contenido del CDV. Partamos de que Jesús de Nazaret es el punto de referencia de la moral de la cultura occidental. Este Rabbí se presenta en Palestina afirmando que él mismo es el Hijo de Dios, y que por ser Dios nos enseña un modo de vida. Y este nueva manera de pensar y de vivir es la que conocemos como Cristianismo. Y se trata de un camino exigente, que pasa necesariamente por la Cruz.
A lo largo de la historia, nunca han faltado hombres y mujeres que han conseguido encarnar fielmente ese modo de vida. Estas personas son llamados «santos» por los creyentes en Cristo, y son tenidos como la confirmación de que sí es posible vivir como Jesucristo enseñó. Pero durante estos 21 siglos de Cristianismo tampoco han faltado jamás quienes han buscado quedarse sólo con una parte de las enseñanzas de Jesús, para hacer más cómoda la vida cristiana.
En efecto, durantes estos dos mil años no han faltado predicadores y escritores que anuncian a un Jesús distinto del original. Presentan a un Cristo, según la mentalidad de sus épocas. Un ejemplo reciente, es el llamado «Evangelio de Judás» que ofrece una visión de Jesús, según la mentalidad de los gnósticos del siglo III.
Nuestra época también tiene unas características propias. Los filósofos suelen decir que nos encontramos en la «posmodernidad». Nuestros tiempos se caracterizan por un escepticismo, que insiste en que no se puede conocer la verdad, y por una cultura que enfatiza la vida sin esfuerzo, porque niega que exista algo por lo que valga la pena luchar.
La novela de Brown (y la película) presenta a un Jesucristo según los estándares de nuestra cultura «light». Hoy pocos quiere enfrentar el dolor, renunciar sí mismos por amor, dominar sus impulsos y encauzar con firmeza sus instintos. En cambio, aceptan con agrado estas nuevas versiones de la vida de Jesucristo. Prefieren usar como punto de referencia moral no al Cristo que muere en el Madero, y que pide que cada uno tome su Cruz, sino —como explica Ignacio Ruiz Velasco— a un Jesús sensual, sentimentalón, con unos propósitos meramente humanos, sin divinidad ni mandamientos ni obligaciones, o sea, un Jesucristo fácil, hecho al propio gusto, a lo políticamente correcto en una sociedad relativista.
El Código Da Vinci pretende mostrar el «verdadero» punto de referencia moral, que según Brown, ya no es Jesús de Nazaret, sino un feminismo acorde con el movimiento New Age. En realidad, nos está enseñando un nuevo evangelio, nos está cambiando de Dios, nos está invitando a una nueva moral. Éste es el verdadero código secreto del CDV.

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domingo, 14 de mayo de 2006

Iniciativa y participación pública

Luis-Fernando Valdés

La vida pública de nuestro País está viviendo momentos importantes. Como es lógico, el debate público se centra en la elecciones, pero esto nos debe llevar a pasar por alto la reflexión sobre el papel de cada ciudadano en la vida pública. La participación en la vida de un pueblo no se limita a votar o a ser elegido, sino que conlleva un rol activo en los diversos ámbitos de la interacción humana.
Hay algunos malentendidos respecto a la participación en la vida política de una nación. Es frecuente el error de identificar el Estado con la sociedad. La sociedad la componemos todos los ciudadanos de un país; nos toca colaborar en la diversas relaciones humanas: familiares, educativas, económicas, recreativas, religiosas, políticas. En cambio, el Estado es sólo el órgano rector de la sociedad; le corresponde regular y ordenar esas relaciones humanas, pero no le toca desempeñar a él solo la vida social.
Ciertamente, es responsabilidad del Estado regular que los diversos ámbitos de actuación de los ciudadanos se desarrollen con orden y armonía. Y lo hace mediante leyes y normativas. Sin esta regulación, la vida pública sería un caos. Imagínese usted qué pasaría si no hubiera una Secretaría de educación: cada escuela enseñaría temas tan distintos que, al final, habría ciudadanos muy preparados y otros prácticamente ignorantes.
Pero este papel de regulación tiene que ser ordenado, es decir, se debe atener a unos ámbitos muy bien delimitados, porque si el Estado ejerciera un control tan grande sobre la sociedad, terminaría ahogándola. No se puede gobernar una sociedad como si sus miembros fueran tontos o como si fueran ladrones, necesitados siempre de vigilancia y represión.
Los países, donde se da un exceso de intervención estatal, se suelen sustentar en la desconfianza. Parten de la suposición de que los que gobiernan son mejores y más honrados que los demás. Y, apoyados en ese prejuicio, ejercen un duro control sobre los demás. Pero, en principio, quienes gobiernan son ciudadanos como los demás: tan inteligentes, tan preocupados por el bien común y tan honrados como los demás. Por eso, hay que suponer que los ciudadanos de a pie, al menos, tienen un nivel de honradez semejante al que poseen los que gobiernan. Y por tanto, no merecen ni más vigilancia ni menos libertad que los que gobiernan.
La desconfianza lleva al control desmedido, y este tipo de control ahoga la iniciativa de los ciudadanos. La falta de iniciativa termina por detener el progreso de una nación. Pero el daño va más lejos aún, pues esta postura acaba minando a todo un país, porque favorece la arbitrariedad y la tiranía. El problema final de todo estado basado en la desconfianza es saber quién controla a los controladores.
La vida pública no debe quedarse a esperar a que un organo regulador le indique qué debe hacer. La cultura y el arte nos dan ejemplo de libertad: no se desarrollan por mandato, sino por la iniciativa de los que cultivan estas disciplinas. De igual manera, los ciudadanos no deben esperar una indicación oficial para desarrollar los ámbitos específicamente humanos, como la familia y la educación.
El Estado no es lo mismo que el País. Una nación es algo más que su gobierno. Cuando un país se limita a ser únicamente lo que su gobierno le indica, se queda pequeño. La grandeza de una nación son sus ciudadanos, que poseen iniciativa y capacidad para levantar a su patria. Si pensamos que el gobierno debe hacerlo todo, y renunciamos a nuestro esfuerzo e iniciativa, habremos condenado a nuestro País a al subdesarrollo social.

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domingo, 7 de mayo de 2006

Las lecciones de Atenco

Luis-Fernando Valdés

Con gran tristeza estuvimos observando los enfrentamientos callejeros ocurridos en Atenco, Edo. Mex, hace unos pocos días. Siempre es duro ver a un ser humano agredido por otro. Cada herido tiene dignidad sin importar si es policia o manifestante. Pero este espectáculo tan desolador nos lleva a una reflexión sobre el Estado de derecho y la cultura, al margen de toda ideología política, y enfocando sólo desde la Doctrina social sin ningún afán partidista.
Para entender qué es un Estado de derecho hay que tener en cuenta dos elementos. El primero es la “ley”, que es una ordenación racional de la conducta humana para poder alcanzar la realización o perfección de la persona. La ley tiene valor para todos los ciudadanos, y no sólo para los que estén de acuerdo en seguirla.
El segundo elemento es precisamente la voluntad de cada persona. Cada ciudadano puede tener sus ideas propias, pero no puede hacer todo lo que le dé la gana. Tiene un límite, que consiste en respetar tanto las leyes del país como los derechos de los otros ciudadanos. Los clásicos llaman “Justicia” a la disposición de la voluntad personal de dar a cada uno lo suyo, de respetar lo que le corresponde, ya sea por naturaleza, ya sea por que la ley se lo otorga.
En cambio, si un individuo hiciera cuanto le diera la gana, incluso lo que atropella a ley, estaríamos ante una “voluntad arbitraria”, que se pone por encima de la ley. Se le llama “arbitraria”, porque el individuo según arbitrio personal decide en cada momento qué es lo legal, o sea, escoge qué es lo que sí va a respetar y qué es a lo que no va a hacer caso.
Entonces la ley se relaciona con la voluntad individual de dos manera. La primera es cuando el ciudadano vive la justicia y cumple con lo que la ley establece. Si no está de acuerdo con ella, emplea los conductos establecidos por la misma ley para manifestar su disconformidad. La otra situación surge cuando la “voluntad arbitraria” de un particular no acepta una ley o una disposición gubernamental basada en el derecho, y reacciona en forma violenta para imponer su opinión o para no cumplir con sus obligaciones legales.
A partir de esas dos posibles situaciones, se puede entender que en el “Estado de derecho”, quién debe ser soberana es la ley y no la voluntad arbitraria de los hombre. De hecho, el principio central de un Estado de derecho es la división de poderes, para que entre todos ellos (ejecutivo, legislativo y judicial) mantengan el poder en su justo límite, sin caer en la arbitrariedad de unos cuantos.
En el origen de esa arbitrariedad se encuentra el “relativismo”, o sea, esa postura que afirma que no existe la verdad, sino que cada quien se construye la suya. Sin la verdad como guía, la voluntad va a ciegas: se convierte en arbitraria, se pone por encima de toda norma, de toda razón. En ocasiones, algunos conflictos violentos podrían ser el resultado del daño real que hace el relativismo en una sociedad.
Atenco se convierte en una llamada de atención para todos los mexicanos, no sólo para los políticos. Para los ciudadanos de a pie, es una exhortación urgente para darle un giro a nuestra concepción de la cultura. Nuestra cultura ha renunciado a buscar la verdad, y nos ha dejado a merced de “voluntades arbitrarias”. Probablemente sea muy difícil construir un Estado de derecho, mientras no haya un compromiso de buscar la verdad que oriente las voluntades hacia el bien común.

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