domingo, 26 de marzo de 2006

Sabiduría para salvar familias

Luis-Fernando Valdés

Nuestra época ha avanzado mucho en el tema de la familia. Tenemos valores muy buenos, que quizá antes no se apreciaban tanto, como el papel activo del padre en la educación de los hijos, y la participación de la madre en la economía familiar. Sin embargo, también hay algunas sombras, que ponen en peligro la existencia de la familias.
Los riesgos a los que se enfrentan las familias de hoy tienen su origen en algunas teorías y fenómenos culturales. Por eso, las posibles soluciones no sólo deben ser de carácter práctico, sino también de índole intelectual.
En efecto, notamos que ciertos valores fundamentales se han degradado, cuando vemos una equivocada independencia de los cónyuges entre sí, cuando observamos ambigüedades en la autoridad de los padres y en la autonomía de los hijos, cuando cada vez más matrimonios cercanos a nosotros pasan por procesos de divorcio, cuando tener hijos ya no es un motivo de gozo, sino una “dificultad” o un “obstáculo”.
En el fondo de estos problemas prácticos de la vida diaria de las familias, hay una base teórica. Aunque las teorías parecen ser muy “abstractas” y despegadas de la realidad, los planteamientos filosóficos terminan por dirigir la vida cotidiana, sin que la gente se dé mucha cuenta.
Así, por ejemplo, en las dificultades de independencia de los esposos, y en las faltas de respeto de los hijos hacia los padres, muchas veces hay una “idea” no del todo verdadera sobre la libertad, que se concibe no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el hombre y la familia, sino como una fuerza de autoafirmación egoísta.
Ya se puede ver que las ideas influyen más de lo que parece en la vida práctica. Por este motivo, la solución para salvar a las familias de los riesgos actuales es doble. Por una parte, debe ser práctica y concreta, porque el amor que funda un hogar siempre se manifiesta en los detalles.
Pero, por otra, necesariamente ha de ser “teórica”. Y es que las teorías son el punto de referencia al que acudimos cuando nos desorientados, son el modelo al que miramos cuando debemos tomar una decisión. Se requiere de un concepto de familia que sea verdadero, que sea utilizado como brújula cuando los cónyuges tienen diferencias, cuando los hijos se sienten incomprendidos por sus padre, pues sólo así no naufragarán las familias.
Juan Pablo II, ante situación, propuso la construcción de un auténtico «humanismo familiar» (Familiaris consortio, n. 7). Por humanismo se debe entender no sólo una construcción conceptual, sino la armonía entre la experiencia vivida y el desarrollo teórico acerca de la familia.
El recordado Papa señalaba que, en la elaboración de este «nuevo humanismo», es necesario que todos cobremos conciencia de la primacía de los valores morales, que no son distintos de los valores de la persona humana en cuanto tal, con independencia de sus creencia religiosas. Se trata de volver a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales, que permitan la promoción de la persona humana en toda su verdad, en su libertad y dignidad.
Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos conocimientos científicos y los nuevos avances técnicos de la humanidad. El destino futuro de la familia corre peligro sino se forman hombres y mujeres más instruidos en esta sabiduría.

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domingo, 19 de marzo de 2006

El mito de la libertad absoluta

Luis-Fernando Valdés

Hay una bandera que engloba a todo el mundo occidental. Por ella, todos las personas estamos dispuestos a dar la vida... o al menos, a protestar con fuerza contra los que intenten impedir su ejercicio. Más aún, defender la libertad y proclamarla nos hace sentir que somos verdaderos ciudadanos.
Pero sucede, con más frecuencia de la que debería, que no todos saben exactamente en qué consiste esa libertad tan amada. Peor aún, la palabra «libertad» es una fuente de equívocos, de modo que aunque todos la empleamos, no siempre nos referimos a lo mismo.
Los invito a analizar una de esas confusiones. Un sentido muy básico de la libertad es la llamada «libertad de coacción», que es la condición de una persona que no tiene impedimentos externos para actuar. No tienen esta libertad los esclavos, los prisioneros y aquellos a los que una ley o la fuerza de otros les impide expresarse o hacer lo que querrían.
Los griegos anteriores a Aristóteles definían la libertad en contraposición a lo que la limitaba. Y así se formulaba una noción de libertad fundamentalmente política: es libre el ciudadano que no es ni esclavo ni prisionero de guerra.
La libertad de coacción es una primera fase, que se debe complementar con la libertad de elección, y con la libertad como perfección moral. Sin embargo, se ha generalizado la creencia de que la libertad se reduce sólo a ese primer sentido. Y entonces algunos piensan que, para ser verdaderamente libres, deben romper toda atadura no sólo exterior, sino también interior (o sea, afectiva, emocional, de dedicación de tiempo). En la práctica, buscan no tener vínculos definitivos ni con las personas, ni con las instituciones, ni con algo que implique un compromiso estable.
Pero creer que la libertad consiste en esa “desvinculación” de todo, en no tener límites, es poco razonable, porque en realidad la nuestra no es una libertad absoluta. Hay muchas circunstancias tanto personales como externas a nosotros, que nos limitan. Cuando vinimos al mundo, éste ya llevaba hecho mucho tiempo, y ya tenía sus leyes. Nuestro planeta ya estaba lleno de cosas y de personas, y nosotros sólo hemos venido a ocupar unn lugar entre ellas. Por eso, no tenemos una libertad absoluta, sino que está fuertemente condicionada por todo lo que estaba antes que nosotros, como las leyes de la naturaleza, la cultura en la que nacimos y la lengua que hablamos .
Antes que nada estamos limitados por nuestra propia naturaleza humana. Somos hombres, y no aves. No podemos volar aunque agitemos los brazos. Esta realidad de que tenemos una naturaleza que nos condiciona nuestro modo de ser, es muy importante a la hora de plantearnos lo que queremos hacer con nuestra libertad. No podemos vivir como si no fueramos hombres: personas que necesitan comer y dormir; personas que tienen tiempo y energías limitadas; personas que se enferman, envejecen y se mueren.
Estas limitaciones no son una tragedia. En realidad, son los trazos que definen nuestro perfil como personas. “Si no los tuviéramos seríamos seres amorfos, sin contornos. Hay que admitirlos como admitimos los rasgos de nuestra cara” (J.L. Lorda). Por eso, los compromisos que limitan la libertad no nos hacen daño, sino que nos dan verdadera personalidad y forman el marco de nuestra felicidad.
Es un mito pensar en una libertad sin condiciones. No hay hombre que nos las tenga, ni se puede vivir sin asumirlas. Pero estos límites son las reglas del juego, y hacen que la vida sea emocionante. Este juego es, la mayor parte de las veces, un gustoso deber y es bonito vivirlo así. Gracias a esas reglas, tenemos patria, ciudad, padres, hermanos y amigos.

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domingo, 12 de marzo de 2006

Una universidad católica en Querétaro

Luis-Fernando Valdés

El pasado miércoles 8 de marzo fue oficialmente inaugurado el plantel Querétaro de la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA). Se trata de la apertura de una universidad católica en nuestra ciudad. Este suceso tiene un significado que merece una reflexión.
En primer lugar este acontecimiento, quizá para algunos, parecería como una provocación. En la ceremonia inaugural estaban presentes autoridades civiles, académicas, militares y eclesiásticas. Es la señal de los nuevos tiempos de nuestro país, en los que la Iglesia puede convivir y colaborar con las diversas instituciones. Parece que ya quedaron atrás los años de oposición del Estado a la Iglesia en materia de educación superior.
A más de un lector espabilado le habrá llamado la atención la frase «universidad católica». Parecería una contradicción. Por una parte, «universidad» hace referencia a la ciencia, a la racionalidad. Por otra, hoy día «religión» suena lo no racional, a lo meramente emotivo, a lo que está solamente en la conciencia de cada quién.
Sin embargo, la erección de esta nueva universidad viene a significar justo lo contrario. Es el símbolo de que el cristianismo busca siempre la armonía con la razón. Por eso, la universidad católica busca "unificar existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad" (Juan Pablo II, Const. Ex corde ecclesiae).
Explicaba Juan Pablo II que una institución de este tipo realiza en sí misma la síntesis entre la fe y la razón en fidelidad a su doble identidad: universidad y católica. No se trata de dos conceptos extraños, ni mucho menos incompatibles, como si sólo forzadamente pudieran darse juntos.
Y este gran Papa añadía que basta mirar a la historia para apercibirse de que la Universidad, tal y como la conocemos hoy, ha nacido «ex corde Ecclesiae», del corazón de la Iglesia. En efecto, la existencia de la universidad católica debe su origen último al ejercicio de la misión de enseñar que la Iglesia ha recibido de Cristo mismo: vayan y hagan discípulos, enseñando a guardar cuanto yo les he mandado (Cf. Mt 28, 19-20).
La universidad católica desarrolla su misión en una tensión armónica entre dos polos que podrían parecer antitéticos: la búsqueda del saber —universidad— y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad —católica—. Como universidad se vincula a la comunidad internacional del saber, el gremio de hombres y mujeres de todo el mundo que han hecho del saber su profesión de vida. Como católica, en cambio, muestra su explícita vinculación a la Iglesia, local y universal, sin avergonzarse del Evangelio ni renegar su origen ante la comunidad universitaria.
Estas dos vocaciones, aunque podrían parecer difícilmente conciliables, nunca pueden oponerse como antitéticas. Más aún: su relación no puede ser extrínseca, como si la fe viniera a ser simplemente un complemento que viene a añadirse desde fuera a una realidad que ya está completa en sí misma, y que podría perfectamente prescindir de la fe. No: si Jesucristo es la plenitud de la revelación, si es verdad, como afirma el Concilio Vaticano II, que «Cristo nuestro Señor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et Spes, 22), entonces el modelo auténtico de lo humano, en todas sus dimensiones, se halla en la fe. La visión que ofrece la fe será siempre la culminación del saber, el conocimiento superior que desborda, mas no anula, el conocimiento humano.

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domingo, 5 de marzo de 2006

Sepultados en la injusticia

Luis-Fernando Valdés

Desde aquel no tan lejano 19 de febrero pasado, cuando escuchamos la noticia de los 65 mineros atrapados en Pasta de Conchos, todos los mexicanos experimentamos un sentimiento de solidaridad, y seguramente muchos elevamos una plegaria a Dios, desde lo profundo el corazón.
Y, aunque mantuvimos la esperanza de que esos hermanos nuestros salieran vivos de las entrañas de la tierra, una vez que fueron declarados muertos, nuestro interior sufrió un duro choque. Hemos sido testigos de una injusticia y de una dura negligencia que acabó con la vida de estos mineros. Tenemos sentimientos de dolor, pero también de protesta, de deseos de denunciar el mal.
Queretano de corazón, nací en Coahuila, en un municipio vecino a San Juan de Sabinas. Conozco de primera mano la vida y las esperanzas de muchas familias que viven —sobreviven, más bien— de la minería. Hoy deseo expresarles mi condolencia, y levantar una voz que grita deseosa de justicia.
La justicia laboral no consiste solamente en una serie de prestaciones, que los patrones les conceden a sus trabajadores. Esta relación de justicia en el trabajo no procede de un «pacto» entre los empresarios y sus empleados.
La justicia laboral surge como una verdadera exigencia de la naturaleza humana. Todo trabajador es, ante todo, un ser humano, creado a imagen de Dios. Y por eso goza de una dignidad inalienable.
Por eso, con independencia de su raza, de su educación y preparación técnica, de sus creencias, los trabajadores tienen derecho «a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral» (Juan Pablo II, Laborem exercens, 19).
Sin embargo, la pobreza y la falta de oportunidades han obligado a nuestros mineros a aceptar trabajos que tienen muy bajas condiciones de seguridad, a pesar de los altos riesgos que se corren dentro de ese tipo de minas.
La injusticia principal que han sufrido estos mineros consiste en que se les ha puesto en una disyuntiva: o morir de hambre o arriesgar sus vidas en las galerías de las minas. Es totalmente injusto que un patrón ofrezca un trabajo riesgoso, aprovechándose de la necesidad de una persona de conseguir un empleo.
Es una grave falta contra la justicia ofrecer una baja remuneración, y luego afirmar: «el minero aceptó el trabajo porque quiso». En realidad, más que quererlo o no quererlo, estos obreros de las minas se vieron obligados por la falta de oportunidades de empleo. Y los patrones se aprovecharon de su indigencia.
Recordemos que el «simple acuerdo» entre el trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no basta para calificar de «justo» el sueldo acordado, porque el salario «no debe ser en manera alguna insuficiente» para el sustento del trabajador (Cfr. León XIII, Rerum novarum).
Pero ante todo, quien comete una injusticia hacia sus trabajadores, se hará reo del juicio de Dios. Dice la Biblia: «Mirad, el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Santiago 5, 4).

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